La lluvia roja

«La lluvia roja es un buen presagio» pensó observando a través de la ventana rectangular los gruesos goterones de lluvia que caían sobre sus claveles lunares. La reina Agnus era una mujer mayor que disfrutaba con deleite de las cosas cotidianas, en una época había sido lo suficientemente bella para provocar las más sangrientas batallas entre los reinos rivales de sus pretendientes, sin embargo, ahora era una pequeña anciana que gobernaba apaciblemente su reino, en la Isla Drarön.
La pequeña isla de mil trescientos habitantes era una de las más prósperas que había en la nación pues se hallaba en el centro del mar de fuego, donde numerosos volcanes entraban en erupción constantemente, razón por la cual la fecundidad de sus tierras era mayor que en el sistema de islas vecinas que se dedicaban al turismo, pero no producían materia prima.
La reina no tenia en ese momento la mente puesta en ese tipo de fertilidad, pronto cumpliría mil lunas y debía escoger a su sucesor. Tarea que le resultaba agobiante, ya que por naturaleza era desconfiada: De pequeña se había prometido no tener hijos para no dejar en malas manos aquella hermosa isla… aunque tal decisión era contraproducente.
Se había resistido a los gentiles galanteos de quienes la pretendieron y empezaba a lamentar su terquedad, pues era primordial que nadie estuviese más de un milenio en el trono, ya que era sabido lo perjudicial en que se convertía el poder.
La lista legal de sucesión era amplia, entre ellos destacaba un joven capitán que por sus maneras poco ortodoxas de dirigir sus tropas había llamado la atención del concejo, quienes sedientos de sangre pretendían ampliar los dominios del pequeño reino.
Como era el heredero directo, Agnus había sopesado las consecuencias de nombrarlo gobernante, pero tras varios días de cavilación ininterrumpidas prefirió evitar pensar en ello, el Capitán Cecil tan solo sería un monigote, puesto que su interés estaba más en las armas que en la evolución pacifica, no podían permitirse el lujo de exterminarse entre ellos cuando las guerras anteriores había reducido a la población del planeta considerablemente.
Las campanillas de la puerta principal anunciaron la llegada de una de sus citas del día e hizo un gesto al guardia, que hasta entonces se había camuflado con la decoración, para que abriera la puerta mientras ella se acomodaba el velo dorado que cubría su rostro sagrado.
Dalila, hija tercera de Cecil, entró ataviada con su traje de guerrera y después de una breve reverencia se disculpó por la ausencia de su padre, quien no sabía nada de la vista.
—La pedí en su nombre, Sabia Reina, pues de esa manera usted la concedería sin demora— Explicó Dalila a manera de disculpa, sin atreverse a mirar el velo de la reina.
—¿Y a razón de que tanta urgencia? — preguntó Agnus complacida ante la visión de aquella niña de ojos anaranjados que se sonrojó antes de responder:
—Ayer antes del cuarto atardecer de la zona oeste, desobedeciendo las ordenes de mi compañía, me aproximé a la feria universal— Los dos círculos naranjas escudriñaron ahora la reacción cubierta de la reina, ante esa confesión, pero no percibió ni el más mínimo parpadeo.
—Continua.
—Como sabrá, en la feria se encuentran personas de muchos otros planetas de éste y otros sistemas solares que ofrecen al público conferencias sobre sus avances, descubrimientos, curiosidades, historias y pensamientos. Yo fui por las historias que me encantan porque hablan de seres y costumbres diferentes a la nuestra y que nos ven a nosotros como seres extraordinarios…o al menos de la misma manera en que nosotros les vemos a ellos. Pero es la segunda vez que me escapó para escuchar los relatos y confundí las carpas de Historia con las de Pensamiento e ideología, no me di cuenta hasta después de un cuarto de hora, porque el orador empezó hablando sobre nuestros antepasados y cómo vivían en armonía. Decía que antes de que los Trianos llegaran con sus deidades, comercio y repartición de bienes, nosotros, es decir los Marcianos de sangre pura vivíamos sin pobreza y realizábamos grandes avances para nuestra evolución espiritual y material, pero su sistema corrompió el nuestro con la llamada moral y los pecados que enfurecían a los tres dioses. Cuando nosotros adoptamos su doctrina, ellos tomaron el poder y aunque formalmente no estén en la monarquía, dirigen la vida de quienes no tienen la economía suficiente para vivir, por eso, solo ellos han progresado.
La anciana escuchó en silencio el relato de la chiquilla que parecía más curiosa que apenada por haber estado en una feria donde tenía prohibido aventurarse pues aparte de expositores, se hallaban ahí seres de todas las castas dispuestos a robarte hasta la melanina del cabello.
— ¿Cómo era el conferenciante? — Preguntó poco después sin saber que decirle a Dalila quien no se esperaba la pregunta y cavilo unos segundos su respuesta.
—Como todos nosotros, quizá un poco más bajo, y su cabello no tenía la misma fosforescencia verde de la nuestra, pero su piel tenía la misma palidez violeta y vestía como un estudiante. Aunque sus manos delataban su condición de obrero. El punto es, Majestad, que su soliloquio me pareció interesante y no solo a mí, sino a otros muchos jóvenes que, aunque no hemos pasado las penurias que soportan otros, no estamos de acuerdo que comerciantes extranjeros se apropien de lo que pertenece a los que han visto formarse nuestra nación, Marte es grande y pienso que ellos deberían regresar a su país, y vivir de sus tierras con su esfuerzo, en lugar de comerciar el nuestro.
La reina suspiró cansinamente, se retiró el velo del rostro y observó a Dalila directo a los ojos. Reconocía en ella, un espíritu que alguna vez había guiado a Agnus a cometer algunas imprudencias que desentonaban con el protocolo establecido. Sin embargo, sonrió acercándose a la joven que retrocedió un paso, sorprendida por el inusual gesto.
—Mi querida Dalila, tus pensamientos son atrevidos y peligrosos— Explicó Agnus deteniendo el gesto amigable— Pero es importante que conserves el interés de aprender, la curiosidad y sobre todo el fuego de las convicciones. No olvides que nuestra isla, tan solo es una pequeñísima proporción de tierra en nuestro basto planeta. Todos nosotros hacemos funcionar el eje que rige nuestra sociedad. Todo por el bien común. Por nuestra unidad.

El pueblo

 

 

Comienza la tarde a refrescar y los trabajadores de las fincas a llevar sus pesados costales cargados de los maduros granos de café. Entre risas y chanzas se encuentran frente a la báscula que les indica el peso, mientras el administrador anota en su cuaderno. El olor del agua de panela llega hasta ellos y algunos se apuran a lavarse las manos, hambrientos, y otros acercan sus sucios costales para terminar rápido.

El mes de agosto es frio, pero muy esperado, por el buen clima y las lluvias que ayudan a florecer los cafetales. Durante los meses previos han limpiado, abonado y cuidado de las plagas las plantaciones para poder tener un fruto de buena calidad. Y octubre finalmente ha transformado las blancas florecillas y las ha convertido en substanciosos frutos rojos que serán lavados, pelados, y puestos a secar el sol para finalmente venderlos a mayoristas que a su vez se encargarán de transportarlos a su destino final: fábricas que exportan el delicioso café colombiano.

En cuanto llegan a la casa del alimentador de la finca se sientan famélicos, en butacas de madera frente a una larga mesa que surge de la chambrana y cumple la función de mesa. Cómo es lunes, la cocinera les sirve un humeante sancocho de res acompañado de pequeñas arepas de maíz molido, medio aguacate, una generosa porción de arroz y agua de panela.

—Usted cómo siempre de linda con nosotros, esas manos que se las bendiga Dios—Don Ismael, el más anciano de los peones reunidos, siempre tiene flores para Martha. La cocinera responde con una sonrisa amplia y se sienta a un lado de su marido, que también es el administrador de la finca.

—Don Ismael respete, que a Santiago no le gusta mucho los lambones—Responde con inquina uno de los comensales dando su sonoro sorbo a su dulce bebida.

—Es cómo una hija—Contesta indiferente Don Ismael que hecha trocitos del aguacate dentro del sancocho y aparta la carne sobre el arroz.

—Más le vale Ismael—Se burla Santiago dándole un beso a su mujer permanece callada y observa el reloj, pues espera que sus hijos lleguen pronto de la casa de la vecina donde han ido a hacer las tareas de la escuela.

Cuando ya todos se han ido, la mayor de las niñas lava los platos con rapidez, mientras la otra barre el piso que ha quedado lleno de granos de arroz. La madre aún está afuera hablando con la vecina que las ha traído.

—Mamá imagínese que Lorencita ya tuvo bebé.

—Cómo le parece ¿ah? — Doña Martha acaba de entrar a la cocina—No mija, pobre muchacha, yo sólo espero que ustedes no me salgan con esas sorpresitas. Ahora, por lo menos esperemos que el papá del niño le responda, aunque sea con los pañales.

—Jum, pues dicen que el niño se parece a Alejandro Blandón, que nada que ver con el muchacho que ella dice que es el papá.

—Muchacha sinvergüenza, eso le pasa por culi pronta. Y en cualquier momento le chantan el siguiente hijo.

Mientras las hijas se le siguen contando a su madre las novedades que han recogido en la casa de la vecina, ésta misma camina en la oscuridad a grandes zancadas, pero con firmeza, pues conoce de memoria cada recoveco de la vereda donde ha crecido y de la cual no ha salido por más de un día.

«Descarada—Piensa para sí bajando por el deshecho que se dirige a su casa de madera, que se ve a lo lejos y donde dos solitarias velas alumbran el corredor—Si no le traigo a las culi-cagadas esas me las deja ahí cómo la otra vez. ¿Acaso yo le mando a mis hijos toda la tarde? Hay algunas madres que no saben para qué es que están.

Cómo si no tuviera suficiente trabajo, cómo si ellas fueran las únicas que tienen oficios y quehaceres en sus casas. Pero dígales algo, y termina una ganándose enemigos gratis.

En cualquier momento un accidente y claro las muchachitas en la casa, cómo si no tuvieran una mamá. No les da vergüenza… descarada»

De amores

La luna está en lo más alto del firmamento y las estrellas junto a ella parecen una señal. Al menos eso sospecha Rebeca, quien sonríe al pensar que su amante pronto llegará. Sacude las sábanas blancas de su cama, enciende una vela en su mesa de noche y luego la apaga porque sabe que él prefiere la luz de la bombilla encendida.

Una vez más se pregunta si está haciendo lo correcto, y una vez más decide no pensar en blanco y negro: es necesario fijarse en los matices de la vida. ¿Qué necesidad hay de dejarse llevar por preocupaciones y remordimientos que no la conducen a nada?

Se mira al espejo y enfrenta su mirada con dulzura, no lleva maquillaje y está desnuda. Le gusta eso. Le gusta ver en su reflejo la celulitis que invade sus piernas, la caída natural de sus senos, la palidez de su rostro, el desorden de su cabello. Le gusta, porque a él parece no importarle.

Su piel se eriza cuando escuchas los pasos secos de Él, que se acerca, que abre la puerta del apartamento, que entra y la busca; que la encuentra y besa su cuello. Que la huele con afán, como el sediento busca el agua, y la sujeta con firmeza atrayendo su desnudez hacia él.

Rebeca siente la humedad entre sus piernas y devuelve los besos con la misma desesperación de su amado. Llevan encontrándose tres meses. Sin importar su historia personal, ambos conectaron la primera vez que se vieron y aunque él era un poco tímido y ella algo huraña, de alguna manera terminaron una noche de abril resoplando sus pasiones.

Él sabe dónde tocarla, cuándo y cómo. Ella piensa que le gustaría tener más agujeros para satisfacerlo y gime de placer en cuanto la penetra, lo mira a los ojos, muerde sus labios para no hacer demasiado ruido y se deja llevar por el vaivén de sus deseos.

Rebeca está llena de complejos como todas las mujeres, teme que en algún momento él vea cada uno de sus defectos y aunque no la conoce, ella no deja de preguntarse qué tan bella es su esposa… o cómo se verá frente al espejo. Con el tiempo se dará cuenta, que quizá él, a su edad no da importancia a esas cosas.

Ella muerde con cariño sus pezones, y él se aparta, pensando en las marcas que pueda dejarle, ella se ríe burlonamente y lo abraza con fuerza apretándole las nalgas. Una vez más ambos se olvidan del fantasma de la esposa ausente. Él se detiene y cierra los ojos, saboreando el instante, la humedad y calidez que alberga su virilidad.

Rebeca aprieta su cuerpo hacia él y le lame la oreja con cariño. Más excitado, aún, arremete otra vez contra sus caderas, mientras besa sus senos.

 «Rebeca» Murmura apretando los dientes y ella sonríe dejando escapar un gemido.

Nunca se han dicho un te quiero, pero para ambos es algo que no debe recalcarse, pues es una obviedad que se demuestra al encontrarse sus miradas.

Él termina dentro de Rebeca y se quedan así durante unos minutos, en completo silencio. Rebeca cierra los ojos una vez más, deseando que el instante sea eterno, pues sabe que él tendrá que irse pronto, que nunca amanecerá junto a ella. Que no le pertenece. Y aún así, siente que solo es de ella. Lo que sucede después, lo que se dicen después, es solo formalidad.

Adioses

Lo único que dijo fue un comentario sobre la inseguridad pública del país. Había muerto el novio de su infancia, esa infancia que compartimos.

Los cuatro.

Temiéndole a la bruja de su madre que se quería llevar a Diana lejos de nosotros. Y ahora que había muerto, el alma de la bruja estaba dentro de ella, fría, vacía.

Mis padres nos dejaban hacer lo que quisiésemos, siempre y cuando estuviéramos bajo la línea de observación de ambos. Solíamos reunirnos con frecuencia en mi casa, después de la escuela e incluso jugábamos en los terrenos del hogar de Ramón.

Ramón era huérfano. Vivía en un orfanato, hoy estamos en su funeral.

El viento agitaba las ramas del árbol de mandarina que estaba en el patio de la casa hogar, en una de cuyas ramas me mecía, al vaivén de la brisa que arrastraba las historias que me hubiese gustado protagonizar. Llevaba bastante tiempo ahí, sin pensar en nada más que en cómo era acariciada por los dedos invisibles del viento y la sal marina, al mismo tiempo que los rayos del sol trataban de darle un poco de color a mi pálida piel.

Habíamos plantando aquel árbol, encima del cadáver de nuestra mascota, un pastor alemán que había fallecido de viejo pocos días antes de cumplir mis nueve años. Parecíamos tan pequeños, sin embargo, comprendíamos el dolor del luto y la muerte; y ninguno necesito más consuelo que el ver crecer y dar frutos a aquel árbol que fue nuestra primera creación.

Soy muy pequeña, tengo seis años aproximadamente. Es víspera de navidad y visitamos a los otros niños del orfanato. Viven en una institución mágica. Se trata de un palacio, escondido entre las montañas, a pocos kilómetros del mar. Se Puede oír desde las ventanas del comedor el soplo salado del viento.

Yo estoy mirando el mar, al borde un pequeño barranco lleno de vegetación. A mi lado, un árbol que recién he plantado. Un árbol de mandarinas, mi cítrico preferido. Observo en silencio el cielo nocturno que proyecta la osa mayor y la tatúa en mi corazón de niña feliz.

Pepe se sienta a mi lado izquierdo:

—Hola me llamo José, pero me dicen todos Pepe.

—Hola—Respondo sorprendida de compartir palabras con alguien mayor— ¿Vives aquí? ¿Dónde están tus papas?

Él tiene seis años más que yo, pero se ha quedado en una perpetua infancia, piensa como un niño de mi edad. Es que a mi edad se le acabo la infancia.  Yo aún ignoraba cosas como el concepto de realidad.

—No tengo padres, pero tengo dos hermanos. ¿Tú tienes alguno?

—No. Mi madre dice que todos ustedes son mis hermanos.

Pepe me abraza, está acostumbrado a ser el hermano mayor. Ese es otro concepto que jamás comprendí.

Camino lentamente sobre la vereda del cementerio que me conduce a la nueva morada de Ramón. Es una proyección de mi mente, él está a miles de kilómetros, nunca tendré la oportunidad de despedirme formalmente.

Tengo unas ganas intensas de llorar, por aquellos momentos perdidos en la memoria, pero me concentro en los que los años no han querido arrinconar.

Entonces yo solo era una chiquilla pequeña, quemada por el sol, de ojos saltones, adoradora del mango verde con pimienta y cabello revoltoso, que siempre vivía metida en problemas por mi anarquía prematura, con ellos.

 

La chiva

Tengo una sensación de vértigo en el estómago.

Desde la ventanilla de la chiva que me conduce por la serpenteante carretera aun sin pavimentar del pequeño pueblo en el que crecí. Las mismas montañas que tiempo atrás abandone con alivio de fugitiva, ahora me dan la impresión de darme la bienvenida con el verde más chillón de la selva chocoana.

Veinte años atrás, prófuga del destino de esposa y mujer de hogar, partí sin mirar atrás, con la maleta cargada de sueños e ideales, con la intención de no volver hasta lograr cada uno de ellos.

Al mirar al horizonte se alza frente a mí una de las montañas emblemáticas de nuestras leyendas, desde lejos y por efectos del sol y sus rocas, se la ve brillar como si fuera de oro.

Es medio día, cuando la neblina cubre todo a nuestro alrededor sin ningún aviso y todos nos ponemos maquinalmente el abrigo. La chiva se detiene en una posada para que podamos almorzar y estirar las piernas después de dos horas y media de viaje. Yo también bajo, pero no entro a la posada, solo enciendo un cigarrillo y tomo un sorbo de agua mineral que llevo en el bolso de mano. Es como si el tiempo se hubiera detenido y las cosas se negaran a cambiar, incluso el acento que no escucho desde hace dos décadas y que alguna vez tuve, regresa a mi como si nunca lo hubiese perdido.

El olor a café negro y empanada frita embarga el aire selvático y suspiro con nostalgia dándole una calada profunda a mi cigarrillo, un par de mujeres con piernas varicosas me miran con curiosidad cuando regresan a la chiva y yo le sonrió cohibida. No estoy segura de conocerlas.

Cuando termino de fumar, piso el filtro y subo pesadamente al quinto asiento compartido de la chiva que lleva tras de sí una carga de chontaduro crudo que despide un olor característico que me hace revolver aún más el estómago.

Durante el trayecto al siguiente pueblo, escucho las conversaciones de los demás pasajeros que de alguna manera parecen conocerse entre todos, se saludan, se quejan de sus dolencias y problemas, cuentan chismes de los que no están presentes y de vez en cuando alguno que otro me lanza miradas a hurtadillas. De vez en cuando un bebé gimotea cansado de estar en la misma posición y la criatura pasa de mano en mano, llegando incluso hasta donde el chofer que le pasa un caramelo para que se entretenga.

Me pregunto que estaría haciendo yo, si hubiese permanecido junto a los míos ¿tendría hijos? ¿Asistiría cada martes a bendecir el agua en la iglesia y cada domingo a agradecer una semana más de vida? Sonrió mientras me reprendo por ser tan ingenua y seguir soñando con hubieras y tal vez.

Mi  destino son mis pies, me digo bostezando y antes de cerrar la boca me doy cuenta que una mujer negra, alta y muy delgada me observa desde el penúltimo asiento con los ojos entrecerrados. Me toma unos segundo reconocer, su cabello blanco perfectamente recogido en una coleta negra y su piel llena de erupciones protuberantes, al sonreír esta vez, deje que se me marcaran los hoyuelos de las mejillas al recordar a la mítica bruja apodada cuero de sapo que nos bañaba en insultos cuando le gritábamos el sobrenombre y pasábamos corriendo por su casa. Ella asiente en reconocimiento y termina de cerrar los ojos para dar paso a una serie de ronquidos.

Éramos pequeños y no teníamos respeto por nuestros mayores, aunque estos fueran cada día a la casa de mi madre a comprar pan, leche y huevo, tomarse el tintico de la visita y quejarse de nuestras travesuras. En el fondo creo que lo disfrutaban, yo era la menor de tres y me sucedían otras tres, en total siete hermanas y éramos las revoltosas del pueblo.

Nacimos y crecimos en la misma casa que mi madre, mi abuela, mi bisabuela y mi tatarabuelo Fidel, quien la construyó a base de guadua y sudor, por las fotos lo veo como un hombre de sonrisa fácil y muy guapo, de mandíbula cuadrada, dientes perfectos y un brillo especial en sus ojos grises, casi verdosos.

Dicen que un día el tata Fidel, sin avisar a nadie de su familia se levantó de su cama aún más temprano de lo habitual, y emprendió su camino cruzando potreros y arrastrando a su mula vieja rumbo a Risaralda, sin decirle a nadie que era lo que buscaba, paso por Cartago, evadió Pereira hasta que llego a La Virginia, donde compró una india esclava cuatro años menor que él. El nombre la esclava era Angélica, la madre de mi bisabuela y a quien el Tata liberó y reclamó en matrimonio.

Como su familia se oponía a la locura del tata, este simplemente le pidió a Francesco Giovanni, el Italiano que fundo nuestro pueblo que le donara tierras comprometiéndose a pagarlas en cuando pudiera y creo su propia hacienda donde se dedicó a la siembra de caña de azúcar.

Años después el señor Giovanni regreso a su país natal y mi tata se las arregló para mandarle cada centavo del préstamo.

-¿eres familia de las Taborda? – la pregunta del millón me digo a mi misma alzando la mirada a la mujer del asiento delante de mí que no ha resistido la curiosidad y de repente me doy cuenta que toda la chiva, incluyendo en conductor y el vallenato de Jorge Celedón han quedado sumergidos en un repentino silencio.

-Soy hija de Doña Matilde- musito sonrojándome, supongo que se preguntaran ¿acaso eran siete? Yo apenas tenía dieciséis cuando me fui y no espero ser reconocida. Al menos era mi esperanza.

-¡oh! ¡Pero si eres idéntica a ella!- interviene otra persona un poco más al fondo, detrás de uno de los racimos de chontaduro- ¿Virginia, era tu nombre?, no, no espera que me acuerdo, si apenas fue ayer cuando andabas por ahí con tus hermanas dándole guerra a tus padres, con la panza llena de bichos y el pelo rubio por el sol y el agua del rio, si hasta parecían peces…

-Marcia- interrumpe el conductor haciéndome un guiño- su nombre es Marcia ¿no?

Asiento aliviada, en realidad mi nombre es Marciana, no Ana Marcia, ni Marci Ana, Marciana, como un E.T, hay madres que llaman a sus hijas Agustina, Julia, Abril, Maya… y yo nací en marzo. Supongo que le faltaba algo de imaginación o tal vez le sobraba, quien sabe, prefiero no indagar.

-pero claro como no nos dimos cuenta antes, ¿te acuerdas de mí?-pregunta la primera mujer-solíamos lavar ropa en el rio cuando nuestras madres no podían los fines de semana.

-claro- claro que no- caramba, tanto tiempo, como ha cambiado todo.

-siento mucho lo de tu padre, al menos tuvo una muerte normal, ya sabes con las cosas como están, nadie llega a los noventa y tres hoy en día.

Suspiro y doy un sorbo a mi botella de agua mineral, realmente no sé qué responder. Tengo opiniones diferentes sobre la muerte y creo que nadie debería vivir tanto. Le sonrió a todos, deseando poder decir ¡uy, disculpa, tengo algo muy importante que hacer y lo había olvidado! Pero supongo que ese tipo de cosas no son factibles en una chiva donde los siete asientos son compartidos con otras ocho personas.

Sin embargo, antes de que tenga algo que responder para evadir la atención, nos detenemos en el primer pueblo, donde algunos se bajan dando gritos efusivos de despedidas y recibiendo sus mercaderías y remesas que los ayudantes del chofer les pasan desde el techo, incluyendo un rollizo cerdo que lanza chillidos agudos.

Diez minutos después empieza la marcha otra vez, con pasajeros nuevos y algún que otro asiento vacío, me pongo los auriculares y masoquistamente pongo la Canción de las simples cosas de Mercedes Sosa y me finjo dormida.

El camino es aún más tortuoso ahora y vamos dando botes los que estamos en los asientos centrales, uno de los ayudantes se da cuenta que estoy despierta y ágilmente pasa de un asiento a otro hasta que alcanza el mío y me pregunta si quiero subir al techo y antes de que me arrepienta, también me aferro a la baranda y con la mochila al hombro me ayudan a subir.

La brisa en el rostro me relaja y dejo que mi cabello que apenas empieza a tocar los hombros, juguetee con el viento. Cierro los ojos y me siento transportada a mi niñez, es como tener diez años una vez más y estar madrugando para asistir a la primaria, como no pagábamos pasaje, el chofer nos dejaba colgarnos de la parte de atrás de la chiva donde habían acomodado una tabla a modo de asiento.

Finalmente cuando abro los ojos, me encuentro en lo más alto y puedo divisar la totalidad del pequeño pueblo de techos rojos y casas de colores, que recibe el nombre de La Italia en honor a la patria del fundador. Mi corazón late desbocado al sentirme tan cerca de todo y me mordisqueo fuertemente el labio superior. Uno de los ayudantes me pregunta si estoy bien y reconozco en el a uno de los niños que cuando me fui apenas aprendía a caminar. Sonrió nuevamente para hacerle saber que estoy bien y el nota mi nerviosismo y me devuelve la sonrisa, que se me antoja un poco burlona.

Al pasar por el cementerio puedo ver lo mucho que ha crecido y me pregunto cuántos conocidos están ahora sepultados ahí.

Cuando tenía once años, mama decidió que yo sabía lo suficiente y que ya era hora de que aprendiera al igual que mis hermanas mayores, a llevar un hogar. Papá no estaba de acuerdo, pero cedió no muy convencido porque sabía que era mejor no hacer problemas por ello, al fin y al cabo, entre mujeres nos entendíamos y aunque por entonces yo lo califique de machista, poco después me di cuenta que si no tienes más opción para sobrevivir, te casas. La necesidad tiene cara de perro, decía mi abuela.

La abuela. Aun la recuerdo con su olor a fogón de leña y chocolate batido, balanceándose en la mecedora mientras nos contaba cuentos, su cara arrugada cambiaba  con cada voz, cada historia más fantástica que la anterior.

 

 

 

La máscara

El cuerpo me pesa, mi espalda es atraída hacia adelante y mis hombros se sienten a punto de caer.

No logro identificar la razón.

Sólo estoy así.

Hace poco, un año quizá, decidí hacer un encuentro con mi alma…llevaba seis años a la deriva y como respuesta a ello mi cuerpo era un cúmulo de emociones mal gobernadas. De alguna manera ajena a mí, terminé en un refugio evangélico, conviviendo con otras tantas personas que habían llegado con la mente igual de nublada que yo.

No podía dejar de temblar sin que yo misma entendiera el motivo de la desazón. Sabía que estaba a salvo de mi misma, de mi vida desperdiciada (o “disfrutada al máximo”) Pero ahí estaba, levantándome los jueves a las seis de la mañana para orar, limpiando las áreas comunes, fraternizando con chiquillas escandalosas, encargándome de las verduras en la cocina… en fin, siendo alguien común. Haciendo cosas comunes, obligándome a no desencajar. Y de alguna manera había terminado por aceptar la situación. Acaba de cumplir veintitrés años y realmente me sentía agotada.

Mirarme al espejo era ver a otra persona, una mujer de ojos asustados me devolvía la sonrisa aturdida que ensayaba cada mañana después de la ducha, como si mi alma hubiera escapado de mi cuerpo en algún punto del camino. ¿Esto es todo? Me preguntaba cada noche luchando contra el insomnio que me devoraba.

Con la sucesión de los días la situación anímica no mejoró, pero la máscara que adopté para confraternizar se hizo sólida e incluso la sonrisa forzada parecía atraer a las demás personas… supongo que el carisma también es un estado que se puede representar en la función de nuestras vidas…

El recuerdo

Me siento frente a ella y encaro sus pálidos ojos sin expresión, esboza una media sonrisa que nunca muestra su imperfecta dentadura, inhala una bocanada aire y me dice con un dejo cansino en la voz:

Te mate mil veces

de una y otra manera, me las arreglé para deshacerme de ti, de tu estúpida presencia.

De una y mil formas clave mi odio en ti

golpeé con frenesí mi cuchillo en tu estómago

y cada vez que sentí la hoja fría del acero desgarrar tu piel, traspasar tus entrañas, manchar mi manos con tu sucia sangre…me sentí feliz, me sentí completa.

¿Qué quieres ahora recuerdo inútil? El único problema que veo ahora es volver a deshacerme de tu cadáver, de tu inmundo y puerco cadáver.

Eres mas grande y fuerte que yo, más alto y más pesado; pero…¿Sirve de algo serlo? Mi furia era más grande que tus patéticas ganas de luchar: Te vencí. ¿Crees ahora que no puedo? 

Su voz ronca habla atropelladamente contrastando con sus movimientos lentos, con la danza ausente del humo de su cigarrillo, con su intento de sonrisa. Lame sus labios y pierde el norte de su mirada.

Esta vez no te dejaré morir, no tan fácil, solo te dejaré agonizar en la desazón del mar de mis desamores. Ahora yo seré tu memoria insistente, tu fantasma al pendiente. Mírame, lo que me queda por vivir ya lo hemos vivido juntos. Mis rutinas están aferradas a mis entrañas, mis pensamientos ya no giran vertiginosamente en una dirección. Hagámonos compañía, ya que insistes.

 

Adioses

“Las cosas no han estado bien últimamente. Quizá mi mundo descabellado se ha vuelto de lo más común y eso termina por romperte las ganas de continuar. ¿Y a quién no? Imagina, la primera vez que te vi pensé en que debía mantenerme lo más alejado posible de ti. Por alguna razón tu presencia me repelía. Podía sentir tus intimidantes ojos marrones mirándome desde lejos, aun cuando no estabas presente. Eras como la luna que te sigue mientras caminas.

Esta mañana, pensé que por fin había logrado deshacerme de ti, de tu recuerdo, de mis ganas de vivir cada instante a tu lado, de formar buenos recuerdos contigo, de entrelazar nuestras manos arrugadas esperando el fin de nuestros días. Pero no fue más que un autoengaño.

Apenas el agua comenzó a hervir y eché las dos cucharadas de café en ella, supe que te habías adueñado de los aromas, de los sabores y colores que me rodean cotidianamente; como los dulces con sabor a fresa que siempre te llevaba en mis eternas visitas, o el aleteo de los pájaros que te desesperaban.

Ir cada domingo a visitarte a terminado por convertirse en un ritual que disfruto más las visitas diarias de nuestro noviazgo. He aprendido a oírte en el silencio macabro del cementerio donde descansas ahora, a sentir tus berrinches y rabietas cuando dejo escapar por descuido alguna lágrima y escuchar tu risa en la brisa cuando te comento mis anécdotas.

Mi piel todavía suave y libre de las cicatrices de los años se convierte en mi tortura cuando por alguna razón termino imaginando lo que debes sentir allá abajo, bajo tierra. Tus labios despegados de las encías que antes rosadas sonreían inconscientes al verme, tus ojos sin vida que ya no ven más oscuridad, tu cabello opaco, tu piel violácea y carcomida por la naturaleza, tus dedos que jamás palparan otra cosa que la muerte. Peor aun cuando termino imaginando tu vientre incorrupto, tu sexo virginal y tus pechos florecientes abandonados al olvido, a la inocuidad de lo que significa no ser…”

 

Paseo nocturno

Estaba y no estaba, rumiando la “sabiduría” humana, mientras escuchaba “i don’t love you” de My Chemical Romance; caminando por el paseo de Tajibos, que eran sutilmente decorados por la luz de la luna y las luces amarillas artificiales que le daban un toque sepia al momento. Regresaba de clases pre universitarias, y venía de pésimo humor, había ido a orientarse vocacionalmente, pero se había sentido mediocre en el lugar. Tampoco sentía mucha presión por parte de su familia respecto a su futuro. Lo primordial era que ella saliera pronto de casa e hiciera su vida, como correspondía. Si se casaba, mejor. No debía perder el tiempo probando “los placeres de la vida”. Eso era cosa putas

Pero Margarita no esperaba nada de la vida, le temía al final preciso y buscaba adelantar el momento con premeditación. En su país natal Margarita solía escuchar que entre ancianos se preguntaban frecuentemente cuantos hijos seguían vivos. Al parecer ellos recordaban una juventud de guerra y muerte.

Su abuela doña Adela, sonriente como siempre, esbozaba una sonrisa coqueta y decía: “todos, gracias a Dios,” Margarita había heredado esa sonrisa, pero a diferencia de su abuela deseada por valiosos pretendientes, no había conquistado a nadie con ella.

Se sentó en una banca de madera, típica de la ciudad que estaba sembrada de paseos, plazas y plazuelas. No deseaba llegar temprano a su casa, había encontrado trabajo en un boliche, en pleno centro de la ciudad y con el primer sueldo se independizaría, necesitaba salir de los planes paternos y confirmar su existencia. Por supuesto lo había pensado muy bien, e incluso se había asegurado de conseguir un departamento en alquiler junto Marcela, Julio y Vane. Habían tratado de disuadirla, pero era difícil hacerla cambiar de opinión.

-sabía que te encontraría acá… bueno primero pase por el cementerio y tu casa. -Matías se sentó a su lado dándole un pequeño empujoncito y ella sonrió. Le agradaba la presencia de Matías. Le guiño el ojo y ambos se quedaron en silencio. Matías era un tipo agradable, poco a poco había llegado a convertirse en uno de esos amigos que margarita se resistía a perder, puesto que era interesante y sabía callar en el momento adecuado, algo que ella valoraba.

Él era impredecible, y ella trataba de sobrellevar su propia personalidad, así que ambos se abstenían de dar opiniones y llevaban una amistad segura.

Algo que sobresalía en ella era su manía de dar regalos a quienes le agradaban, el más bien era un poco huraño. Pero había terminado por aceptarla.

– ¿estas seguras? Dijo el al final de unos minutos de verla solemnemente concentrada en sus pensamientos

– claro que sí- afirmó ella, solo por llevarle la corriente. Eso le agradaba a él, que ella no se cohibía tan fácil.

– ¿para qué me buscabas? -preguntó de repente Margarita.

– tengo un libro, algo extraño, de poemas. Te va a gustar. –lo saca de su bolso de estudiante- El Yanguruturo.

Ella sonríe, se siente un poco cohibida, pero acepta el obsequio en silencio. Le avergüenza aceptar regalos

-gracias- musita- esta noche empiezo a leerlo.

Él esboza una de esas sonrisas que tanto la irritan a ella, pero fingió no haberla visto y se levanta lentamente.

Ambos caminan en silencio por el paseo de mausoleos que ella se le antoja mágica, llena de historia. De vida.

-¿por qué te gusta leer? – Matías a veces no podía evitar demostrar que Margarita, le intrigaba.

Margarita, suspira. “¿Por qué leo?”

-por curiosidad-su sequedad aclaró a Matías que ella no estaba con muchas ganas de conversar y volvió a sonreír, viendo el brillo fugaz que se asomaba en sus ojos cuando lo hacía.

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Quispe

23 de julio del 2013

06: 45 AM

El detective Quispe observó con un gesto de repugnancia los cuatro cadáveres; el papeleo sería largo, los periodistas empezaban a llegar como gallinazos e intentaron entrevistarlo, Quispe sabía los resultados de semejante atrocidad.

“¿Cómo era posible que algo así sucediera en mi ciudad?” Se preguntó frunciendo el ceño y tapándose la nariz con la manga de su uniforme. Escupió una parte del bolo de coca que hinchaba su mejilla izquierda. Algunos curiosos se habían acercado escandalizados por la escena que se presentaba aterradoramente en pleno mediodía a orillas del río emblema de la ciudad.

“seguramente un extranjero. Brasileño o colombiano. Son de sangre fría” opinó García. Ante ellos se presentaba un altar de piedra, sobre el cual desnuda una mujer con síntomas claros de tortura se hallaba precedida en círculo por cuatro varones mutilados, sin vísceras, desnudos y ya descompuestos. “¿qué hacer?” algún enfermo se había dado un banquete con los restos faltantes. Para Quispe el enfermo podría ser de la misma Conchinchina si le apetecía, la cuestión era hacerlo aparecer. Se repitió “¿qué hacer?”.

La identificación de los cadáveres le resultaba prácticamente imposible puesto que sus rostros y manos eran un amasijo de carne putrefacta y sangre reseca. Solo la mujer conservaba su frescura de no ser por el tajo del que había salido su corazón, se atrevería a decir que dormía plácidamente.

Sin tomar en cuenta también, que no contaba con la instrumentación necesaria para efectuar el procedimiento reglamentario y en caso de tenerlo, seguiría en la misma situación pues solo conocía la teoría recibida a grandes rasgos.

Ordenó el levantamiento de los cuerpos y los mandó a La Morgue. ¿Qué más podría a hacer? no era un maldito CSI