Una historia para Halloween (I)

La mañana estaba helada cuando Julio Estrada salió de casa aquel primer viernes del mes de enero. Era su primer día de trabajo y estaba ciertamente emocionado a tal punto que parecía un chiquillo antes de ir a un paseo prometido varios veranos atrás, no había podido conciliar el sueño adecuadamente.

Abrió el paraguas negro antes de salir de casa porque, aunque no estuviera lloviendo, el cielo dejaba caer un sutil rocío que perforaba la neblina espesa que comenzaba a formarse en el ambiente.

Una vez en el autobús se puso las gafas recetadas y repaso la lista de tareas que su nuevo jefe le había encomendado el mismo día de la contratación. Era un hombre corpulento con voz de trueno y patillas largas al que no le gustaba perder el tiempo. Por eso Julio encajaba muy bien en el perfil laboral de aquel profesor de la universidad y afamado científico al que sus más recientes descubrimientos le habían dado fama de indispensable para la sociedad.

Al bajarse de la movilidad se percató de que llevaba media hora de adelanto, pero aun así siguió caminando a grandes zancadas y prefirió utilizar las escaleras en lugar del ascensor del renovado edificio.

—Buenos días, Carla—Saludó con un leve gesto amable a la recepcionista quien le dio el pase que usaría desde ese día en adelante para ingresar al laboratorio del profesor.

—Vaya, llega usted justo a tiempo—Observó el científico con impaciencia—Sígame, he de mostrarle algo.

Julio se apresuró a dejar sus pertenencias sobre uno de los muebles donde solía descansar su jefe y lo siguió inmediatamente.

—Estuvo hablando el día de la entrevista con mi secretaria sobre lo necesario que es para mí su absoluta discreción en cuanto a mi trabajo. Hay en el medio muchas personas que están dispuestos a robar información sobre ella. No quiero ningún tipo de incidente al respecto, pero le advierto que ha de ser vigilado constantemente. No por mí, sino por mis enemigos. Es por ello necesario que no lleve trabajo a casa, que no hable con nadie de lo referente a mi o mi laboratorio y en especial, que evite los sitios de reunión social.

—Sí, señor.

—Perfecto. Su trabajo acá es muy simple, entiendo que estudió farmacología y que, además, pese a su corta edad tiene un master en química.

—Sí, señor.

—Muy bien. No necesito que haga usted nada. No se sorprenda Sr. Estrada, la verdad es que todo lo que usted sabe yo también lo sé. O sea que su apoyo es meramente representativo. Tómelo como un trabajo afortunado. Si bien me acompañará todo el tiempo y estará al pendiente de mi trabajo como requisito de la universidad, no será usted otra cosa que un ente.

El laboratorio tenía la misma frialdad de su dueño, era de gran tamaño y olía a una mezcla entre amoniaco y formol.

La baldosa estaba reluciente en algunos rincones, pero manchada, quemada y derretida en la mayor parte, la iluminación era casi cegadora, ya que el doctor parecía dedicar su tiempo libre a la lectura, pues había varios ejemplares desperdigados en todas partes.

—Por favor utilice la bata que está en aquel rincón. No olvide utilizar guantes antes de tocar cualquier cosa y tenga mucho cuidado con los líquidos de aquel estante. Las cosas como están en este momento tienen un perfecto orden establecido por mí. No intente de ninguna manera mover u organizar nada, a menos que yo se lo pida. Por ello mismo, va a estar todo el tiempo detrás de mí. De ese modo podré vigilarlo correctamente. ¿Está claro?

Aunque el rostro de Julio permanecía impenetrable, en ese momento se estaba preguntando en que consistiría su trabajo, aparte de seguir al profesor. Decidió no preguntar, ya que su nuevo y extraño jefe ya le había dado la espalda y le aplicaba de manera intravenosa un líquido transparente a un ratón blanco que no dejaba de retorcerse inquieto entre sus dedos.

Julio se apresuró a ponerse la bata blanca, y guardó un par de guantes en sus bolsillos en caso de necesitarlos.

Durante horas y horas permaneció detrás del doctor que de vez en cuando salía corriendo a consultar uno de sus libros o se quedaba perdido frente al microscopio observando con paciencia la evolución de varias muestras que sacaba cada quince minutos del roedor, al tiempo que escribía casi frenético en su portátil. Estaba claramente emocionado por lo que veía.

El reloj marcaba las seis y treinta de la tarde cuando la secretaria, Carla, entre llevando consigo una bandeja con panes y té que sirvió para ambos y se retiró acto seguido.

—Por favor, coma—Indicó el científico haciendo un gesto con la mano—Hoy puede irse temprano si lo desea. A partir de mañana puede llegar a la misma hora de hoy, pero le pediré que avise a sus familiares que se quedará a dormir en su trabajo. No explique nada, pues es de cuestión confidencial el asunto que le desvelaré mañana. Finalmente he superado los obstáculos y su presencia me es formidablemente oportuna.

(continúa el viernes)

Anuncios

Lucía Pérez

Cómo cuando arrancas un capullo que alcanza a florecer

O pisoteas los sueños de un pequeño infante,

Cómo cuando está apunto de amanecer y decides irte a dormir en ese instante.

 

Conservarás en tus retratos la maravillosa luz de los dieciséis,

Donde sonreías sin anticipar las horas tortuosas del prematuro final,

“¡Que paren el mundo, que me quiero bajar!”

 

Cómo la voz que se lleva el viento,

Y cual ave sin alas,

Lucía Pérez,

Te pierdes en la historia como una víctima más.

Se pierde tu sonrisa en el infinito,

Se pierde, se pierde….

Ella, Lucía.

Lucía tenía 16 años cuando fue seducida, drogada, violada y empalada. Si, empalada.

¿En que clase de enfermo mundo estamos donde una noticia así aparece en el telediario y no conmueve al mundo cómo los ataques a París? ¿Tal vez porque ella era sólo una?

¿Te puedes imaginar que te reduzcan a nada, te sometan a vejaciones que no deberían ni siquiera existir y que además de eso, introduzcan un palo por tu ano a modo de diversión y “placer”?

Ella, esta chica de 16 años.

Ahora sólo es un cadáver, un cuerpo más. Sin vida, sin sueños, sin aspiraciones, sin nada.

¿No era hermosa su sonrisa?