Lourdes

El veintisiete de octubre de mil novecientos sesenta y uno, poco después del mediodía, a la hora de la siesta cuando el calor se hacía insufrible y los gatos se asomaban en los tejados espantándose la modorra para aprovechar las cocinas vacías, Lourdes Mamani con las piernas abiertas, pujaba  sobre la cama de sábanas blancas manchadas de sangre y sudor, cerúlea por el esfuerzo de las contracciones, escuchaba el primer lloriqueo de su décimo hijo mientras se debatía entre la vida y la muerte por la pérdida de sangre producto del cuchillo de carnicero que trató de entrar por su entrepierna, tres horas antes.

La criatura amarillenta, de cuatro libras y media, berreaba entre sus brazos incapaces de llevársela al pecho para alimentarlo porque estaba segura de que algo se le había desgarrado por dentro y no tenía fuerzas ni para limpiarse los gruesos goterones de lágrimas amargas que recorrian sus mejillas, mirando disgustada el fruto maldito de su vientre.

Era una mujer fuerte de piernas gruesas y caderas anchas, de manos suaves y ceño resentido, que acababa de cumplir treinta años y se sentía tan gastada como una anciana centenaria. Pensó en el futuro del pequeño ser en sus brazos y sintió que una mano de dedos como el granito le apretaba el corazón, retiró al recién nacido de su lado y lo entregó a la enfermera que se lo devolvió con firmeza porque no entendía como una madre podría despreciar a su propio hijo, pero ella había cerrado los ojos y resoplaba con los labios temblorosos.

Lourdes había nacido en Sapanani, en una pequeña casa de adobe y bosta, perdida dentro de un bosque de eucalipto. Solía pastorear las ovejas de sus padres y recordaba con tristeza el viento frio de la montaña tacándoles los cachetes sonrosados con sus afilados dedos, era tan pequeña que se perdía entre las cabezas lanudas de sus animales con los cuales, hacia sus necesidades sin pudor, donde le atacaba la urgencia, con un pequeño cayado que servía para espantar alimañas ponzoñosas y regañar a los corderos traviesos que se escapaban de su límite.

Recordaba vagamente a su familia, tenía una abuela que esquilaba lana para tejer y andaba siempre con un bultito de coca en la comisura de los labios, era muy arrugada y encorvada, de vez en cuando solía desaparecer todo el fin de semana, para ser encontrada los martes en las chicherías vecinas.

De sus padres casi no se acordaba, rara vez los evocaba por añoranza, prefería evitar el último recuerdo en que ambos la habían llevado a la ciudad en un camión de construcción que solían utilizar como transporte. Era la primera vez que ella dejaba las altas montañas cochabambinas y estaba maravillada con la algarabía de la ciudad, le impresionaron las casas altas que tocaban el cielo, los automóviles que proliferaban en todas las direcciones, resonando agudamente cuando se amontonaban.

No podía creer que las niñas estuvieran vestidas de pantalón, y que algunas mujeres llevaran el cabello corto, sin trenzar y a veces más claro que el suyo. Era la locura y ella, que iba sujeta de la mano de su padre, señalaba a su hermanito que aun colgaba en el aguayo de su madre cada cosa nueva que descubría abriendo mucho los ojos y emitiendo pequeños grititos de impresión.

La sorpresa más grande fue cuando entraron a una de aquellas casas y una señora de cabello corto y amarillo, las recibió sonriente, les dio té y pan sin dejar de alabar la belleza de Lourdes a quien le agradó en seguida y se dejó conducir a otra habitación donde un bebe calvo y regordete dormía sonriendo. La mujer que le había pedido que la llamara tía, le preguntó si quería cuidar un rato a su guagua mientras ella y sus padres hablaban y durante un rato estuvo admirando los juguetes del pequeño. Pronto se aburrió de verlo dormir y cansada de esperar, salió de la habitación sin encontrar rastro de su familia.

La nueva tía, estaba en la cocina preparando un biberón de leche en polvo para su hijo y Lourdes con la mirada desenfocada y voz trémula preguntó por sus papás, años más tarde lo describiría como un golpe de realidad que la dejó sin aire durante días, y sin sacar ninguna lagrima escuchó como la tía, que ahora prefería que le llamase Señora, le explicaba que ahora ese era su hogar y que si se portaba bien y cuidaba al bebé, ella le daría bonitos vestidos y la llevaría a una escuela para que aprendiera las cosas básicas. Tenía, entonces ocho años recién cumplidos y usaba una hermosa pollera azul marino de gamuza y una blusa blanca con encaje en los bordes, su cabello era tan largo y espeso que las dos trenzas que colgaban a cada lado de su cabeza, parecían a punto de reventar.

Poco después la señora llevó a Lourdes consigo a otra ciudad más grande que la anterior y que la hacía sentir perdida por su falta de montañas y el calor que le obligaba a usar pantalones delgados y bañarse con frecuencia.

Lourdes estaba asustada como nunca, pero no lo demostró ni cuando al cumplir once años el esposo de la señora le levantó la falda del pijama, metió su serpiente en sus partes íntimas y la hizo delirar de fiebre y dolor por dos días, ni cuando en Rio de Janeiro, el niño que empezaba a dar sus primeros pasos se perdió en la multitud de veraneantes y horas después un policía del lugar lo encontró llorando en la playa.

Se adaptó fácil a su nueva vida, aunque odiaba ir al colegio donde los profesores le gritaban y amenazaban a punta de reglazos para que se aprendiera las tablas de multiplicar y, a multiplicar, pero ella sabía que su destino era como el de muchas otras como ella, casarse y tener hijos, ser una buena esposa y madre, y no veía la hora en que Jacobo, el bebé de la señora creciera para poder marcharse y enamorarse del príncipe de las películas que solía ver en sus ratos libres.

Junto con Lourdes, servía en la casa María, una negra yungueña que se encargaba de la cocina y la limpieza de la casa, a la que nunca dejaba entrar ni una mota de mugre. María era grande y generosa, la trataba como si fuera hija suya y los julios de heladas y agostos de ventiscas solía acunarla en sus brazos, acariciándole el pelo que le había cortado por la infestación de piojos enormes que no morían ni con kerosén.

Quedó embarazada a los quince años y sin mirarla a los ojos le confesó a su patrona que el hijo era de su esposo que todas las noches reptaba a su habitación, la doña enfurecida por el descaro y la difamación, arremetió contra Lourdes a bofetadas y la llevó donde su médico personal para que le realizara un aborto.

Mucho tiempo después Lourdes estaría convencida de que ese bebé no nacido había estado ahí para salvarla de la servidumbre, pero por aquel entonces lo vio como una abominación cuando se encontró en la calle con sus escasas pertenencias buscando sin resultado trabajo y a punto de prostituirse, asediada por el hambre, el cansancio y la necesidad.

Pero no era ese su destino, y una tarde de invierno se subió al auto bus que le llevaría la fatalidad disfrazada de conductor, con una sonrisa blanca y olor a tierra húmeda. Pedro la enamoró con coqueteos burdos que ella en su desesperación entrevió como galanteos de príncipe y tres meses más tarde esperaba su segundo hijo, del que Pedro dudaría hasta el momento del nacimiento cuando no cabía duda del parecido con el padre, quien a regañadientes le quitó el título de concubina a Lourdes y sin más trámites la llevó a vivir a un pequeño apartamento donde ella criaba gallinas y cerdos para la venta, medio por el cual solventaría por mucho tiempo los gastos de ambos, pues si Pedro no estaba sin trabajo o suspendido de la línea de autobuses, estaba endeudado hasta las pestañas en las cantinas o billares.

La primera golpiza fue cuando ella le advirtió que debían ahorrar porque se hallaba otra vez en cinta y estaba convencida de que se trataba de gemelos, Pedro asustado por la capacidad reproductiva de su mujer la lanzó contra la pared sin consideración y le sacó a patadas dos moluscos sanguinolentos mientras ella se retorcía de dolor y a gritos pedía clemencia; cuando dos vecinas intentaron ayudarla, ella les pidió con voz altanera que no se atrevieran a meterse en sus asuntos porque nada más eran problemas de pareja, pero para nadie fue un secreto los aullidos nocturnos, los ojos morados, los brazos enyesados, los otros seis bebes abortados, las ambulancias en su puerta, su mirada podrida, su cuerpo maltrecho, sus hijos mal alimentados, las borracheras semanales de él y sus apariciones violentas que eran cada vez más frecuentes, y las personas empezaron a cambiarse de vereda cuando ellos pasaban, mientras los vecinos cotilleaban de los intentos infructíferos del defensor del pueblo para ayudarle con la crianza de los nacidos vivos.

El día siguiente después del último parto, Lourdes llegó a su casa por medios propios, llevando en los brazos a su hijo, caminando con cuidado para no lastimarse los puntos de las heridas y entró en la casucha de alquiler donde el techo goteaba y los niños mocosos y afiebrados la recibieron famélicos y con la noticia de que su padre se había ido y los había dejado desde el día anterior solos en casa; con un suspiro de resignación, colocó una olla arrugada en la pequeña cocina de gas y se sentó a alimentar a la nueva criatura que aún no tenía nombre, mientras observaba a sus tres hijos mayores jugar con la tierra del piso de la cocina llena de cagantina de pollo.

A la luz de la única vela que tenía, preparó té de canela para compartir entre los tres infantes, añadió cuatro cucharadas soperas de azucar por cabeza para camuflar el amargo sabor del cianuro para ratas y sirvió una taza colmada por cada uno. Para ella, doble dosis, la cruda amargura final envuelta en un vaso de agua sucia.

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Naomi y el reo

La primera vez que vio a Naomi, Él se dio cuenta que nunca la olvidaría. La flacucha y pecosa mujer lo miró directo a los ojos al tiempo que mostraba una delicada sonrisa en sus sonrosados labios. Naomi era bella.

Él estaba herido, apenas había podido huir de un enfrentamiento armado. El ejército nacional encontró la manera de emboscarlo en lo más profundo de la selva y el horror se desató. Él, que solo era un médico, no cargaba nunca armas y fue uno de los primeros en caer herido. Sin embargo la herida de bala no fue mortal porque el proyectil se había incrustado en su clavícula. Solo tuvo el ánimo suficiente para tirarse rió abajo y asirse a un tronco que flotaba a la deriva.

Escuchó un cuchicheo cerca de su oído y abrió los ojos desorbitados. Una mujer joven de larga cabellera azabache le sonreía con las manos estiradas sobre la herida sin tocarla. “solo es una oración. Para que dejes de sangrar. Estamos lejos del pueblo, pero en nuestro equipo viene una médica. ¿Entiende lo que le digo?” ella sonreía como si el hecho de ayudar a alguien fuera suficiente motivo para estar feliz. “Mi nombre es Naomi. Soy misionera.” Él trató de hablar confundido, en algún momento de la noche o día anterior creyó morir y ahora se encontraba en medio de la nada, con una mujer sanándolo. “Florecita” susurró Él tratando de sonreír en medio de su confusión.

Naomi. Aun años después, el único recuerdo que mantenía aun puro y a detalle era a Naomi. El pelo de Naomi. Los labios de Naomi. La mirada de Naomi. La dulzura de Naomi.

El camino parecía no llegar a ningún lugar, no llevaba trece kilómetros recorridos cuando sus piernas flaquearon vencidas, derrumbándose en la pedregosa carretera; al borde de una roca plana y recalentada por el asfixiante sol del mediodía. Florecita ya no estaba acostumbrado a recorrer grandes distancias y sentía el esfuerzo descomunal de sus pulmones en búsqueda de oxigeno mientras goterones de sudor serpenteaban sobre sus facciones. Inhalo entrecortadas bocanadas de aire para recomponerse y una vez más, volvió al camino. Pero no terminó de dar el tercer paso cuando el cuerpo como modo de protesta lo obligo a abrir desmesuradamente la boca para expulsar su propia bilis.

El sabor acre en su lengua pastosa produjo nuevas arcadas que solo botaron una saliva espesa que se dejó resbalar por la barbilla y luego limpio con el reverso de la camisa. Una vez más, se planteó la idea de regresar a su celda de castigo.

Durante sus años de encierro aprendió a controlar los impulsos de su cuerpo, adquirió un matiz sombrío en su rostro de adolescente perdido y adopto la expresión huidiza de los roedores, como si no se encontrará en paz dentro de su propio cuerpo. El doctor de ideas firmes y convicciones claras había desaparecido para siempre y en cambio solo se encontraba el despojo de un pasado clandestino. Era un grano de arena del desierto, perdido en una tormenta lejos de su hogar.

Se reconfortó recordando la neblina de la mañana que cubría los cafetales, las hojas verdes que escondían los pequeños y jugosos frutos rojos; la tierra humedecida por el roció matutino y la campanilla invitándoles al hogar para descansar y alimentarse. Extrañó al niño que fue. Pensó con tristeza en el árbol de chicharras sonando en la lejanía, en el resplandor sensual de la luna iluminando los caminos y trochas, y que él lograba ver desde el filo de la montaña donde vivía, dibujando figuras libidinosas y abstractas en las formas cotidianas de sus días.

Creció viendo a su padre trabajar la tierra, consentir sus plantas y animales, cosechar el fruto de su esfuerzo y rebuscarse la manera de mantener con estudios y bien alimentado a sus quince hijos. Hubo noches que pasó en vela decidiendo con su mujer que hacer con el siguiente hijo, mandando a los mayores a buscarse la vida en ciudad, de sirvientas, de albañiles, de agricultores, de cocineras. Pero no era suficiente. Y él lo veía como un círculo vicioso del que era imposible salir.

Durante años, se dedicó a sus estudios, se esforzó por estar siempre entre los mejores y cerca de sus educadores, pronto se convirtió en uno de los estudiantes de referencia de la universidad. Florecita terminó por llamar la atención tanto de hospitales privados como de revolucionarios estudiantes inconformes con el sistema.

Dicen que la vida siempre nos da dos caminos a elegir, Florecita tuvo que optar entre ser un campesino aburguesado sin deudas o vivir en la clandestinidad de la revolución que se fraguaba entre cuchicheos por los salones de la universidad, las bohemias cafeterías de la ciudad y el propio corazón descontento de sus condiscípulos. No le fue difícil elegir.

La noche se hizo su amiga, las reuniones en garajes, las palabras claves, los mensajes encriptados, las manifestaciones, las propias opiniones, los discursos. El país entero era una revolución. Una rebelión gestada por la gente joven de la época, doliente de su propia realidad, consciente de las diferencias de las clases sociales, del trabajo campesino, del acaparamiento del producto y la materia prima en las grandes ciudades, el alza de precios, impuestos, valores. No supo en que momento empezó a indignarle, en qué punto exacto percibió las discrepancias de la sociedad y empezó a analizar el sistema instaurado, pero a medida que se sumergía en este mundo clandestino más ganas tenía de levantar la voz para ser escuchado.

Al terminar la universidad había pasado más noches en el calabozo por revoltoso que en el hospital haciendo las prácticas del internado médico. Sus calificaciones eran perfectas pero se le pidió recoger el cartón del diploma en horas de la mañana y no participar de la ceremonia. “compañero, ¡es el miedo de los burgueses a que dejes escuchar tu voz delante de sus borregos recién graduados y listos para el matadero de espíritu que es nuestro sistema!”

Todo está bien

Ayer, los colores empezaron a tornarse difusos.

Ya no soy una niña, y Mercedes tampoco. Estuve observándola desde las rendijas del baúl de madera que se encuentra en la cocina, desde hace años que la observo.  Ya no será nunca más la niña de aquel verano de tormentas eléctricas con la que jugábamos a las escondidas para matar el tiempo.

Ella parece cansada, con el peso del tiempo sobre sus hombros ya rendidos, camina arrastrando los pies mientras suspira y clama a Jesucristo con más frecuencia en la última década.

Puedo, aún, recordarla como la niña inteligente de la familia. La que soñaba con viajar a Europa, casarse con el amor de su vida y no tener hijos hasta tener la vida asegurada; cuando la maestra nos pedía ser responsables insistía en que siguiéramos el ejemplo de Mercedes, pues alguien como ella tenía el éxito asegurado en la vida.

Nuestros padres, por otro lado, no querían que continuáramos con nuestra herencia campesina: Debíamos superarnos, estudiar, esforzarnos, salir de nuestros pequeños mundos y conquistar las grandes ciudades. Mercedes era quien cumplía todas esas expectativas, y por supuesto como ya dije, era nuestro ejemplo a seguir.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, ella ya no es la linda rubia de hoyuelos y sonrisa vivaz que enamoraba al adulto más severo. Mercedes, ahora con tres hijos adultos y tres pequeños mocosos jalándole la pollera durante todo el día, sigue viviendo en la misma vereda, en la misma casa donde se crio, rodeada de las mismas flores que la vieron crecer; sintiéndose encarcela entre camándulas, niños y guisos.

Sus pesadas piernas varicosas deambulan entre la cocina donde aún espero ser encontrada, y los corredores que afanosamente limpia al tiempo que espanta las gallinas y los perros que dormitan buscando la fresca del medio día o escampando de las lluvias esporádicas.

Su vientre caído parece aplaudir sus proezas en la cocina, mientras que con voz de sargento organiza cada día los deberes de sus hijos mayores que aún viven con ella. Mercedes nunca sale de la casa. Ni siquiera para parir.

Estoy segura que aún me busca.

Por eso permanezco a la espera, para no decepcionarla.

Pobre, después de tanto tiempo…

 

Hoy ha llovido todo el día, los niños no han ido a la escuela y salen esporádicamente con la excusa de “revisar” los animales del patio y chapotear en los charcos de barro. Mercedes está aquí en la cocina preparando una colada de plátano. Desde las rendijas de mi baúl, puedo percibir el aroma dulce de la canela

De repente, ella dice: ¡Juguemos a las escondidas!, Danilo cuenta hasta veinte.

Escucho la algarabía en las otras habitaciones donde los niños buscan afanosamente un buen lugar para ocultarse de Danilo que, mirando la pared, musita los números tan rápido como puede.

El baúl se abre y se cierra rápidamente.

Es ella.

Encogida desde su rincón, paralizada por la sorpresa, sus ojos se enfrentan a los míos:

– ¡Un, dos, tres por mí! – Exclamo por fin, aliviada.

Delirio

Fue en un hostal de Perú,
era verano y los turistas iban y venían.
Yo estaba ahí, estancada en aquella ciudad de contrastes y sabores,
temblando de frío, por un invierno personal que traia entre los huesos.
El recorrido de La Paz a Lima, había sido una especie de calvario.
A mi derecha iban dos africanos que alternaban entre su idioma y el inglés. Uno de ellos no pudo evitar notar mi estado y preguntarme ¿Qué pasa mujer?. Pero ni mi voz ni mi rostro tenían ganas de responder.
A mi izquierda, un chileno nervioso comía papas fritas como si no hubiese un mañana.
Y así me quería sentir yo.
Sentir que no hay mañanas, ni despertares, ni recuerdos que olvidar.
Cuando el autobús hizo por fin una parada en un restaurante de carretera, la brisa del mar me saludo juguetona y luche a muerte con mi naturaleza de ave: quise dejar equipaje y seguridad, para huir lejos del destino al que me dirigía; lejos de mi, lejos de ellos, lejos de ella.
Pero mi Libertad racional venció como pocas veces lo logra y retorne al autobús en el momento acordado.
En alguna época de mi vida, quizá cuando era una adolescente “valeverguista” dejar atrás el asfalto mientras escuchaba a Sui Generis o a Bob Dylan, era de esas cosas que me parecían sacadas de películas norteamericanas y por supuesto, me parecía un forma romántica de ver la vida.
Pero ahora mi realidad era otra: No estaba dejando parte de mi atrás, ni estaba llevándome.
Simplemente, el cuerpo vacío que iba allí, entre dos africanos y un argentino, era un cuerpo vacío. Un recipiente usado y arrojado a la deriva del mar y de la resignación.
Estuve dos semanas en el hostal, recuperando la calidez de mi piel, tratando de darle fuerzas a mi cuerpo gastado y cansado. Solo quería dormir.
Podía notar las miradas extrañadas de los empleados del lugar. Supongo que un ave herida jamás había llegado a pedir posada en sus dominios.
Recuerdo que hacia mucho frio, yo había vomitado las sábanas durante la noche anterior y me daba vergüenza decirle al personal del hostal, así que me quede dentro de la habitación todo el dia.
Una asiática se me acercó, supongo que había sido mi compañera de habitación la primera semana, dijo algo en su idioma sonriendo, me dio una rosa roja y se fue.

El reo

La claridad de la mañana encegueció sus ojos acostumbrados a la penumbra de la celda que con el tiempo y la cotidianidad había terminado por llamar hogar, parpadeó repetidamente para adaptarse nuevamente y aspiró a conciencia el aire puro que serpenteó por la puerta abierta y golpeó sus pulmones enmohecidos. Cuando pudo volver a abrir los ojos le pareció que todo era diferente, Los arboles más altos, el pasto más verde, el cielo más azul, el sol más brillante, las voces menos claras…observó con tristeza el nuevo mundo que se alzaba ante él, y atravesó el corredor que lo encaminaba a la libertad que en otros tiempos había ansiado tanto.
Caminó con  torpeza, arrastrando los pies derrotados que  pesaban cientos de años pese a su reciente medio siglo, sin atreverse a levantar la vista del suelo polvoriento, lanzando breves miradas que delataban su vana esperanza de ser esperado por algún rostro sonriente a la salida del penal. Con el sentimiento bovino de ser arrastrado a un destino irrevocable, sin fuerzas para oponerse.
Con dificultad trago la arcada que arremetió repentinamente desde la boca de su estómago y terminó de revolverle las vísceras; permaneció parado sin saber qué hacer, esperando que algo o alguien le indicara el siguiente paso que le convenía dar.  Después de cuarenta y tres minutos se atrevió a levantar el rostro, desafiante, y se dio cuenta que estaba solo, con las manos en los bolsillos e indeciso. Tuvo la imagen fugaz de volver sobre sus pasos y recluirse una vez más en su pequeño mundo, donde no había tanta luz para enceguecerlo y miró con cierto patetismo la puerta de hierro, resguardada por dos policías militares a su entrada y se dio cuenta lo desprotegido que estaría sin ellos.
Tras vacilar nuevamente, dejó escapar un suspiro de mala resignación y emprendió el camino sin rumbo de aquel paraje de perros sarnosos y pestilencia de ciudad grande; por la garganta le subió un escozor sediento y apresuró la marcha por el mismo sendero que lo había traído junto a otros, en calidad de detenidos preventivos, con las esperanzas a flor de piel sin la más ligera sospecha de que pasaría treinta y dos cumpleaños sin memoria del tiempo.
Tendría diecisiete años cuando salió de los cafetales, sin más pertenencias que un machete panzón, rumbo a la ciudad con la idea de conquistar el mundo y regresar airoso a los brazos de la mujer que le había roto el corazón. No había cambiado nada desde entonces, seguía teniendo la misma traza de esqueleto y pellejo con que había partido, la voz seca se le había enronquecido por la falta de uso y su mirada de niño maravillado se  había transformado espejo de su cansancio moral. Se demoró un año más en regresar a su tierra que había abandonado antes de cumplir los doce, con los bolsillos vacíos y los demonios de los suburbios que le abrían de corear hasta el día de su muerte

Aunque a veces trataba de recordar el rostro de su padre, no podía más que evocar las facciones pálidas de labios morados y ojos perdidos del cadáver de su padre. Era  muy pequeño cuando lo vio por última  vez vivo, despidiéndose de él con una palmada en el hombro y recomendándole con la mirada firme que se comportara bien, porque de él, único hijo varón de su numerosa familia, dependían todos. Con la gran carga de la responsabilidad, se subió a la chiva preguntándose a donde iría y como sabría donde bajarse y partió sin mirar atrás, a la plantación de café donde perdería la cordura de su entrepierna.
Solo estuvo un año en la ciudad, pero fue suficiente para perder el rumbo de sus aspiraciones que se desvanecieron ante la frialdad del cemento y el envilecimiento de su gente que lo contagiaron sus prisas, fobias, humillaciones y dependencias.
Lo acusaron del asesinato de su padre, porque nadie recordaba que éste tuviera un hijo y  los campesinos no confiaron en la palabra de un forastero que misteriosamente había sido el primero en hallar el cuerpo. Con la promesa de un juicio que se fue postergando a pesar de los esfuerzos que decía hacer su abogado para que la justicia pusiera fin a la infamia, fue recluido en una celda compartida, en una prisión de supuesta seguridad máxima, donde al entrar había tenido que pagar a otros prisioneros por el derecho de piso y protección. Como los años pasaban y no se presentaba ningún adelanto en su caso puesto que el abogado veraneaba en Punta Cana con su familia, él fue conducido  a una celda de castigo para dar espacio a nuevos reclusos.
En la oscuridad de la celda, infestada de garrapatas, humedad y sombras, fue olvidado por el oficial de turno que trasladaron poco después y recién cuando a punto de morir, empezó a alucinar y a gritar, los otros oficiales entre burlas y empellones lo llevaron a la enfermería del penal, lo curaron y alimentaron y cuando se hubo repuesto, lo regresaron a la celda con la promesa de un próximo juicio y una buena alimentación.
Meses después ante la desesperanza, resignado a su fin, se dedicó a la tarea de criar los caracoles que resbalaban por la minúscula ventana que escasamente dejaba pasar un solitario rayo de sol, domesticó ratones que después lo alimentarían con avena, quesos y pan blanco que robaban de la cocina de los oficiales.
Por la poca ventilación de sus cuatro paredes, el olor de sus excrementos terminó por asediarlo pero los guardias no reaccionaron hasta que las inmundicias empezaron a colarse por las rendijas de la puerta y entonces fue llevado nuevamente a la enfermería donde lo desparasitaron y asearon, renovando una vez más la promesa de la pronta libertad para ser nuevamente recluido en el mismo pabellón de castigo, en la misma celda, con sus ratas royéndole los sueños al dormir.

El camino parecía no llevarle a ningún lugar, aun no había caminado ni cuatro kilómetros pero estaba exhausto, sus piernas flaquearon vencidas y se derrumbó en la carretera pedregosa, sobre una roca plana que le bordeaba. No estaba acostumbrado a moverse grandes distancias y podía sentir el esfuerzo descomunal de sus pulmones que lo hacían sudar como si hubiese corrido  una maratón de cinco horas seguidas. Inhaló entrecortadas bocanadas de aire para darse ánimo y se dispuso a continuar, obligándose a ponerse de pie, pero no dio tres pasos cuando flaqueó de nuevo y vomitó la bilis abriendo desmesuradamente la boca. El sabor acre en su lengua pastosa produjo nuevas arcadas que solo botaron una saliva espesa que dejó resbalar por su barbilla y luego limpió con el reverso de su camiseta. Una vez más se planteó la idea de regresar.
Durante sus años de encierro había aprendido a controlar los impulsos de su cuerpo, adquirió un matiz sombrío en su rostro de adolescente y adoptó la expresión huidiza de las ratas en sus ojos que le daban un aire de no hallarse en paz dentro de su cuerpo.

Se reconfortó recordando la neblina de la mañana que cubría los cafetales, las hojas verdes que escondían las pequeñas semillas rojas, la tierra húmeda, y la campanilla que indicaba la hora del almuerzo; aprendió a querer su trabajo de peón mal pagado y añoraba la tristeza de las noches que apagaban la vida de la finca que solo era iluminaba por el resplandor agónico de la luna. Se había terminado de criar con los otros trabajadores que lo llevaron donde su primera puta y le enseñaron a apostar en el billar, como correspondía a los machos que pasaban sin gesto el aguardiente.
En la cintura llevaba un pequeño machete enfundado que utilizaba para rozar los terrenos en desuso, matar culebras desprevenidas y cortar caña para los caballos de feria que el hijo mayor del patrón domaba y que a fuerza de fuete aprendían trucos de exhibición para ser vendidos a corredores y circos ambulantes. En sus ratos libres cortejaba a las hijas del patrón o visitaba prostíbulos donde lo obligaban a bañarse antes de hacer cualquier cosa. Creció sin gracia, larguirucho, con el rostro apagado e ideas adquiridas de conversaciones ajenas, en los billares en que se gastaba el jornal cada fin de semana.

Cuando su panza exaltada dejo de hervir, se quedó tumbado a la orilla del camino con la intención de dejarse morir en aquel paraje sin nombre y cerró los ojos tratando de volver a su mundo de tinieblas. El sol del medio día le perforo la cabeza que latía incesantemente sobre su lecho de tierra árida y rocas despeñadas. Trato de incorporarse e inmediatamente sintió que su cuerpo volvía a desplomarse sobre sus pies.

Cándida criatura

Pasaron dos horas, antes de que se diera la voz de alarma: un sádico había entrado en casa de una joven pareja y había asesinado a Romina, de diez años quien se encontraba en casa sola. Tanto Daniel como Susi fueron tomados como afortunados pues posiblemente habían salido segundos antes de que llegara el atacante, era la hipótesis de la mayoría. Durante el resto de la semana, los vecinos establecieron turnos para vigilar el vecindario y las escuelas, los forenses realizaban pruebas en sus laboratorios para cerciorarse de que no se trataba de un pedófilo, la casa de los padres de Romi fue invadida por flores y tarjetas dando el pésame, y en sus amigos y compañeros realizaron un mural en su honor. Todos consternados sospechaban de sus propios vecinos y recogían a sus hijos, realzando las prohibiciones y los toques de queda.

Daniel comenzó a orinarse en la cama por primera vez, y tener pesadillas recurrentes, sin darse cuenta comenzó a evitar a Susana y a quedarse solo en casa. Ella por su parte no notó el alejamiento pues se encontraba aun excitada por lo que había pasado, se sentaba sobre el sofá de la sala a recordar con fricción cada puntada de la aguja en sus labios, la puñalada de pecho y el crujido de huesos atravesados, la sangre caliente coagulándose en el piso en parches negros, el olor a hierro, los ojos vidriosos y el momento exacto en el que Romina solo fue tan solo un cuerpo vacío, un títere, un muñeca… se reía sin darse cuenta y permanecía silenciosa en los rincones sintiendo cosquilleos entre las piernas que la hacían sonrojar.

Pero las cosas cambiaron una semana después, cuando se descubrieron huellas en el cuchillo que olvidó sacar de la casa, Susana regresaba de la escuela, caminando pues solo estaba a un par de cuadras de su casa. Pudo ver desde lejos el automóvil de los policías y a ellos esperando que alguien les abriera la puerta, sin saber que sus padres trabajaban la jornada entera y no llegaban hasta muchas el anochecer. Se quedó mirando desde los arbustos hasta que los oficiales se marcharon y corrió hacia las vías del tren con su mente maquinando a mil por hora. No podía huir sin que alguna buena persona la regresase a su hogar, no podía ocultarse donde su único amigo a quien no veía ya y además sería el primer lugar en el que buscarían. “¡Pero si no tengo ni trece años!” se dijo mordisqueándose el labio inferior “¡qué es lo peor que realmente puede pasarme?” pensó en muchas posibilidades, pero luego se dio cuenta que no tenía más escapatoria que aceptar su culpa y aterrizar como los gatos.

Una vez en casa, encendió la televisión y aun con el uniforme de su colegio esperó la llegada de quienes se la llevarían, no había entrado en pánico, pero podía sentir su corazón agitado golpear contra las paredes de su prisión como un pajarito que  al despertarse después de vivir en completa libertad se descubre entre los barrotes de una infame jaula.

Sus padres llegaron a las seis en punto de la fábrica donde trabajaban y no notaron nada extraño en su comportamiento, tal como no lo habían notado días antes. Hora y media después le abrieron la puerta al oficial de policía que insistió en entrar y hablar con “la niña”.

-Hola Susi, soy el oficial Arteaga, quiero hablar contigo

Susana lo miró en silencio durante algunos minutos evaluando a su interlocutor antes de decidirse a hablar;  el hombre era canoso y gordo, de piel tostada por el sol, cabello engominado y pequeña estatura, arrastraba las palabras al hablar y le guiñaba el ojo derecho como diciéndolo que era su amigo.

-oficial- se limitó a decir, sonriendo despreocupadamente.

-¿Cuántos años tienes pequeña?

-cumple diez en octubre oficial- interrumpió Adela, la madre de Susi.

-¿de verdad?- los ojos del oficial se entrecerraron cansinos- creí que serias mayor, en la escuela te va muy bien ¿eh? Tus profesores dicen que eres muy inteligente, ¿Qué dices tú?

-señor, no entiendo por qué viene usted a interrogar a mi hija como si se tratase de una criminal, es tan solo una niña y ha tenido suficiente con la muerte de su mejor amiga.

Susi observaba la discusión con displicencia, se preguntaba dónde estaba el hombre de la iglesia en aquellos momentos y sonreía al oficial que se veía cada vez más avergonzado de tener que decirles a sus padres que ella era sospechosa del asesinato. Por último lanzó un suspiro, carraspeó y dijo:

-¿pero supongo que usted vendrá a decirme que se equivocaron y no es Romi la que está muerta, no? Ella dijo que jugaríamos en la piscina de su tía, en el verano. No puedo esperar tanto, pero soy paciente. ¿Cree usted que tengan flotadores en su casa? Yo aún no sé nadar.

Susana se preguntó si el silencio tendría algún sabor y se imaginó que lo saboreaba mientras los adultos se lanzaban miradas incomodas, su madre enrojeció y fulminó al agente Arteaga con la mirada.

-a eso vino, supongo. A confundir más a mi niña, que no hace más que estar por ahí en los rincones, sin poder hacer más amigos porque espera que Romina regrese, sin entender que la muerte es para siempre. ¿Se puede ser más inconsciente?

-señora, usted no ha entendido nada, pues le diré: encontramos huellas en el cuchillo con que fue asesinada su amiga y adivine de quien eran. Si, de su hija. De su niña. ¿Qué opina usted?

Más silencio.

Susana frunció el ceño. ¿Podría ser más tonta? Tanta lectura al caño, Agatha Christie no le había enseñado, Connan Doyle se sentiría decepcionado, Los Cinco se burlarían de ella. Sus estúpidas huellas en el bendito cuchillo. Se sintió más pequeña de lo que era y abrió la boca sin razonar.

-yo tenía el cuchillo, porque el señor de la iglesia, me dijo que las niñas como ella no merecen respirar el mismo aire que yo.

Cuando fue enviada a la correccional, no sintió miedo, consideraba a sus padres unos pobres ignorantes y ella misma dijo todo lo que tenía que decir sobre lo sucedido, olvidándose de Daniel, quien de todas maneras lo había reprimido.

Adoptó una postura sombría, permitiéndose dormir solo tres horas diarias, se negó a cortarse o peinar el cabello por lo cual le fue rapado, leía varios libros a la vez y hablaba solo para mandar a la mierda de vez en cuando a sus compañeros. Aunque según los tribunales, debía considerarse una enferma mental y recibir tratamiento psiquiátrico fue obligada a pagar servicio comunitario y fue internada en un centro para delincuentes juveniles, de donde saldría a los diecisiete años, por orden del juez.

Susi, que nunca sintió alguna especie de remordimiento se limitaba a ver la vida desde su habitación de malhechora con cara de pocos amigos ¿Quiénes eran esos que parecían tener el derecho de decidir quién podía vivir en una casa de dos plantas, o pasar toda su infancia en las cuatro paredes grises de un reclusorio juvenil?

No había hecho más que mostrar su opinión respecto a cierto tipo de personas que no creía que debían existir por su comportamiento errado para con el mundo.

Y ellos, ¿acaso no mandaban a la silla a los que consideraban inhumanos?, ¿no consideraban la guerra un acto de patriotismo?, ¿no hacían criar perros a los rasos para que luego como prueba de hombría se los comieran?, ¿no juzgaban como antisociales a los que tomaban las armas por un patriotismo menos pagado?

-es la cultura del odio, pero el odio encaminado según sus parámetros.- opinaba el señor de la iglesia que siempre aparecía en sus momentos de lectura.

-¿es la ideología de no seguir al sistema? ¡No me digas! La comida rápida engorda y los pollos tienen hormonas que te hacen homosexual. Pero nadie nos puso un arma en la cabeza.

-propagandas ocultas en los medios masivos de comunicación.

-sí, y Jesucristo en la iglesia y el Dalai Lama un Dios.

No, ella no creía en la voz de aquel hombre que quería palidecerle la vida, pensar por ella.

-…Los demonios entran a tu cuerpo en forma de enfermedad y te corren el alma y el cuerpo. La epilepsia es un ejemplo. Hermanos y hermanas, no dejen que el demonio corroa su espíritu, no dejen que invada su mente y los condene al infierno. Han escuchado, están advertidos, el maligno esta en las cosas más inocentes de nuestro medio. En las falsas religiones, en sus vicios, en muchas leyes nuevas de los gobiernos ignorantes, en nosotros mismos. Por eso dejemos entrar a cristo en nuestros corazones, porque en el habita la verdad, porque el día del juicio final el separa a los justos de los pecadores y aquellos que se dejaron tentar arderán en lo más profundo del infierno, por toda la eternidad, tengamos temor de dios hermanos míos. Huid del maligno y arrodíllense ante su salvador porque dios es equitativo y ama a su rebaño. Bendice, señor nuestros alimentos, las manos que las prepararon. Gracias señor por el pan de cada, por proveer de comida, paz y amor nuestro hogar. Amen.

Las horas de la comida eran su  condena, reunirse en un semi círculo con el resto de los habitantes del edificio y el pastor que cada tanto daba un discurso diferente le hacía acuerdo a las cenas vikingas. Aquella tarde, lanzaba miradas ansiosas a la puerta mientras se imaginaba la llegada de algún esclavo con jarrones de cerveza servida en cráneos. E incluso llego a pensar que te de tanto nombrar al señor diablo, este aparecería creyéndose bienvenido.

Aun no cumplía los trece años y no había recibido ninguna visita, así que comía con calma mientras los demás salvajes terminaban sus sopas de espinaca para dirigirse a la sala donde esperaban ansiosos a sus  padres y familiares.

 

La niña de la celda

Todo había ocurrido pocas horas antes, aun así,  la pequeña Susi no entendía todo lo que pasaba a su alrededor, ¿realmente se había portado tan mal?, pensó en el hombre que veía cada domingo en la iglesia, ¿él era tan malo como ella?

Susi, tenía cinco años la primera vez que lo vio, sentando en la segunda fila de bancos mientras el padre Rosendo, bendecía el agua que las mujeres habían llevado junto con algunas ofrendas y velas para los santos, luego con una rosa el sacerdote paso por mitad de la sala y salpicó con una rosa de plástico, gotas de agua bendita a los fieles que murmuraban oraciones a el hombre de las nubes como solía llamarlo Susi que se lo imaginaba sentado en una de ellas, como Gokú.

El hombre le guiñó el ojo derecho cuando ella se persignó con ayuda de su madre y Susi saltó de su lugar como si algo le hubiera pinchado las nalgas, su madre la reprendió, pero ella corrió en dirección al púlpito donde se hallaba un cristo crucificado y sin poderse contener vomitó sobre sus pies. Después de eso, cada domingo siguiente, el hombre se sentaba junto a ella y sus padres, sin que estos se percataran de nada extraño, sin embargo, Susi podía sentir una extraña mezcla de lavanda y mango que la hacía dormirse durante horas.

Como era pequeña, sus padres dejaron pasar las cosas y no se preocuparon por la extraña somnolencia de Susi, de hecho creyeron que era porque estaba creciendo, pero mientras dormía, Susi tomaba la mano del hombre y viajaba con él. Descubrió así que ella era aún más pequeña de lo que sospechaba y que dentro de las rosas vivían pequeños demonios que al defecar segregan un olor característico que deleitaba a los humanos. Cuando fue al centro de la tierra no encontró evidencia del infierno, y cuando trató de pararse sobre una nube, ésta se deshizo entre sus dedos. Pudo observar todas las personas del mundo en una sola tarde y solo vio que muy pocas tenían algo extraño dentro de sí, a lo que el hombre le dijo en un susurro que eso era a lo que llamaban alma y que no había que salvarla sino escucharla.

Pronto el estar despierta se le antojó aburrido y cuando cumplió siete años, una obligación. Las enseñanzas en su primer año de colegio le parecieron burdas y sin sentido, las visitas al museo una pérdida de tiempo.

Sin embargo, logró adaptarse y camuflarse con su entorno, sonreía cuando quería ser encantadora con los adultos, respondía correctamente en clases, hizo varios amigos y agradecía a sus padres.

Y debido a la proximidad de sus casas solían pasar las tardes junto a Romina y Daniel con quienes salía a jugar por las vías abandonadas del tren. Romina, era una linda niña  de cabellos rubios y labios rosados, proveniente de la Argentina y de descendencia sueca, solía pronunciar la Y de una forma vibrante, y siempre llevaba  una pequeña tiara, pues soñaba con  ser reina de belleza y  coleccionaba Barbie.

Daniel, era un chico alto de aspecto caminar pausado y voz afable, era el único de los tres que sabía ir en bicicleta y siempre estaba riendo. Romina y Susi, habían aprendido a “mangonearlo” a su antojo y con frecuencia se encontraba en la situación de elegir entre las dos amigas que comenzaban a rivalizar por sus diferentes opiniones.

Susi prefería utilizar la imaginación y los recursos que se le presentaban para jugar, mientras que a Romina, se le antojaba más divertido utilizar sus Barbie perfectamente cuidadas y sus casas, autos, Ken, etc.

A  Daniel no le importaba lo uno o  lo otro, el simplemente prefería no corretear tras un balón, ni ensuciarse demasiado así que no veía nada de malo en una u otra opción. Cuando alguna trataba de imponerse, los juegos se volvían aburridos porque a Romina le hacía falta su rival y a Susi le parecía que Daniel era anodino.

El domingo en que todo ocurrió, acababan de regresar de la iglesia cuando el cielo soltó repentinamente un fuerte aguacero torrencial que les obligó a buscar refugio en un oxidado vagón de tren, diez minutos después, Susi y Romina, discutían con toda la potencia de su voz sobre cualquier cosa y Daniel las observaba cansinamente desde un  rincón. Cuando pareció que el temporal iba a terminar, Susi salió dando un  portazo seguida de Daniel y minutos después salió Romina en dirección opuesta, rumbo a su casa.

Aquella noche Daniel, se acurrucó en el edredón de su cama y se obligó a dormir.

 

-¿no te parece que a veces es un poco odiosa?- le preguntó Susi cuando se encontraron  a mitad de camino en la tarde, a lo que  él respondió alzándose de hombros- creo que deberíamos darle una lección, enseñarle lo estúpida que es.

Daniel  dudo unos segundos, pero luego se acordó que la discusión había comenzado cuando él se negó a llevarla a casa por la lluvia.

-¿Qué podríamos hacer? ¿Decirle a su mamá?-se burló Daniel deteniéndose

-¿Qué te parece quemar sus muñecas?- respondió Susi antes de que Daniel terminara de decir mamá.

Ambos soltaron una carcajada al imaginarse la cara de Romina al encontrar con el espectáculo de sus hermosas muñecas carbonizadas.

-devolvámonos- instó Susi- sus padres están en mi casa esperándonos, tenemos dos horas antes de que regresen.

-¿crees que ella esté allá?

-eso no importa, mejor aún, tú la distraes y yo tomo las benditas muñecas. Vamos a mostrarle su futuro.

Daniel no pudo evitar estremecerse al escuchar el tono oscuro en que Susi estaba hablando, se le ocurrió más de una vez regresarse a su casa y hacer como si ese plan no hubiese existido pero temía a las represalias de su  amiga.

La casa de Romina era parte de una seria de apartamentos blancos en los que enviaban muchos inmigrantes que después al declarar, dirían que estaban acostumbrados de ver a los tres muchachos juntos y  no había nada sospechoso en su actitud, ya que además minutos antes, una empapada Romina había entrado a su casa y ellos supusieron que venían juntos.

Una vez ingresaron al pequeño hogar argentino, Susi le pidió a Daniel que vigilara la puerta y se dirigió a la habitación de  su amiga, donde esta se encontraba cambiándose la ropa húmeda.

-¿Qué haces aquí?- pregunto Romina cubriéndose el cuerpo con la toalla del cabello y cohibida de repente al ver la mirada belicosa de Susi.

-vine a jugar contigo a las muñecas Mina, ¿querías eso no?

-donde esta Daniel

-abajo, ¿quieres que lo llame?

-¡No!

-¿Qué es eso que tienes ahí?

 

Al recordarlo, Susi siempre se vería como la villana perfecta, fría, calculadora, no se exaltó ni cuando clavo por primera vez la varilla en el abdomen de Romina, quien  profirió una especie de chillido parecido a un cerdo en un matadero. Se escuchó decirle que estaba dispuesta a jugar a las muñecas y reprenderla por manchar el piso.

 

La adrenalina su sangre le ayudó a moverla sin ningún esfuerzo y acostarla en la bañera de sus padres, boca abajo para que se desangrara con más rapidez mientras buscaba en el maquillaje de la madre de Romina, y se encontró con un costurero del que sacó  hilo aguja para cocerle los labios y después de hacerlo, preparó el vestido rosado con tutú  blanco para ponérselo y perfume channel.

Mientras estaba en la bañera le lavó el cabello, lo secó y lo envolvió en un gorro de hule para no mancharlo, cortó un poco más los labios para asegurar la sonrisa que cosió ahora con hilo rosa.

 

Romina, estaba a punto de desmayarse, la oía moverse a su alrededor sin ninguna prisa, y sentía el corazón desbocado cada vez que se acercaba a ella.

 

-¿quieres ser una princesa de cuento Romi?- la voz pausada de Susi le llegaba como una frecuencia de radio mal sintonizada, las náuseas invadieron su cuerpo y sintió su bilis amarga pasando por su garganta, trató de devolverlo pero solo consiguió ahogarse.

 

-Susi, debo irme a casa- escuchó la voz de Daniel llegar desde abajo y el gruñido ambiguo de Susana que aun forcejeaba con las sabanas. La escuchó detenerse, oyó los pasos en las escaleras de madera, sintió la navaja clavarse en el pecho, en el vientre, en las piernas y todo fue como vivirlo desde arriba, con la sensación de haber respirado demasiado rápido. Y luego nada.

 

-oh, Romina, pero si al final resultaste ser una muñeca de plástico barato. Qué lástima- susurró Susi mordisqueando el labio.

 

Daniel entró sin llamar porque estaba acostumbrado a hacerlo, muchos años más tarde seguía teniendo pesadillas con una habitación que chorreaba pintura roja mientras el trataba de limpiarla frenéticamente, sin poder recordar porque se levantaba sudoroso.

 

-vamos -lo apresuró Susi, caminando con rapidez delante de él- se hace tarde, es mejor que no nos vean salir. ¿Estás bien?

 

Aun en su celda, Susi, no podía dejar de sentirse asqueada por la debilidad de su amigo, a quien no volvió a ver más que en los juicios desde lejos. Lo recordó dando tropezones en su bicicleta y pálido. Se preguntaba en ese entonces si en realidad sus cuerpos no habrían intercambiado de almas antes de nacer.

 

-lo importante es que no puedes decir nada Daniel, sino, nos mandan a la silla eléctrica, lo sabes ¿verdad?-sabía que él no respondería así que continuo hablando despreocupada- tal vez tú no hiciste nada, pero eres mi cómplice y eso también es un delito, al menos eso leí. Tenemos que ponernos de acuerdo para que no nos regañen. Diremos que fuimos a su casa porque nos sorprendió la lluvia a mitad de camino, ella llegó primero y dos minutos después nosotros entramos a la casa. Algunos vecinos nos vieron, Daniel ¿me sigues?- se detuvo y lo miró durante unos segundos antes de darse por vencida- tenemos que ser fuertes, fue un accidente ¿está bien? Si nos pillan, decimos que jugábamos, solo eso. Si no nos pillan decimos que cuando salimos ella estaba muy bien. Que solo fuimos a esperar que la lluvia parara, nada más.

 

-¿puedes parar de hablar Susi? Regresemos cuanto antes, no debemos llegar tarde, ¿Dónde está Romi?

(Continúa)

Mantis religiosa

17 de enero ,1981

 

Caminando como caminó durante su lejana juventud, bajo el brillo de vitalidad que el sol reflejaba en sus apagados ojos con la sensación de eternidad a su alrededor, tratando de interferir en los planes suicidas de su alma sin remordimientos. Recordó la primera vez que vio nevar en Cochabamba: pese a la helada y su frágil contextura reconoció los síntomas inexplorados de su adolescencia, al tiempo que su piel palidecía y su estomagó pareció caer en paracaídas mientras su entrepierna se humedecía; creyó perder la decencia y estuvo varias semanas sin atreverse a mirar a sus padres quienes preocupados supusieron mal de altura.

Ella aun no empezaba a desarrollarse, era pequeña, plana, orejona y usaba lentes correctivos para el astigmatismo. Atemorizada por el párroco de la iglesia a la que asistía los domingos y creyéndose ínfimamente pecadora, tratando de ignorar el escozor de su piel sensible al roce externo.

 

31 de julio, 2013

 

 

Sentía un no sé qué, como el pecho partido en dos, mientras se dejaba estrechar en los brazos de cualquier desconocido incauto. Asumía el riesgo desde el mismo instante en que apuraba el aguardiente que quemaba su garganta y con los ojos miopes entrecerrados para parecer segura se dejaba manosear.

No era una chiquilla, pero gustaba de su doble vida; mientras el grasiento de turno rebatía su masculinidad con la torpeza de quien nunca ha hecho el amor, ella cerraba los ojos, o miraba a la pared. Nunca asqueada o avergonzada, se sentía más bien como una gata pronta a atacar y marcharse, chistándolos cuando empezaban a llamarla por el nombre ficticio:

-Diana, Diana-decían entre jadeos- que rica que estas Diana.

No era cuestión de venderse, sino de ser sucia. Odiaba cuando su marido-florero empezaba a acariciarla y la hacía sentir más de lo que su alma resistía, entonces ya no tenía ninguna gracia, porque terminaba entregando una parte de si, y temblaba atormentada al pensar en lo que diría su santa madre si se enteraba de que disfrutaba fornicar más de lo normal…es decir, sin fines reproductivos.

Lo mejor de los desconocidos era que terminaban lo suficientemente rápido, como para salir corriendo mientras estos entraban al cuarto de baño, y ella podía regresar a tiempo para preparar la cena.

-espérame aquí un momento, guapa, voy a bañarme y te llevo a casa en el taxi-escuchó que la voz rasposa del tal Edgar mientras se apartaba de ella, a lo que ella respondió abriendo los ojos y puso su mejor gesto de perra maldita.

-¿ya?

-sí. Ya. Disculpa estoy cansando.

Escuchó caer el agua de la ducha, y se vistió con prisa, se puso los tacones y se lio el cabello en un moño alto. Eran las 21:54.

03 de agosto, 2013

 

Marcos era un hombre de costumbres fijas: el desayuno a las nueve con todo predispuesto para disfrutarlo, café, zumo de naranja, dos tostadas con margarina y mermelada de frutos rojos, y huevos revueltos con salchicha. Y por supuesto el periódico de mayor circulación para enterarse de que iba la vida aquel día, para como quien dice: “irse por la sombra”. Su mujer era su adoración, siempre dispuesta a complacerle en todo, se levantaba dos horas antes que él y preparaba todo, desde el desayuno hasta corbata del día. Despachaba a los niños a la escuela, con merienda y a la hora convenida lo despertaba abriendo las cortinas.

-El Diario, cariño -dijo ella dándole un beso en la mejilla al verlo aparecerse en el comedor y pasándole el diario al tiempo que él se sentaba.

Marcos frunció el ceño, después de darle un sorbo al café negro, ¿tendría algo que ver con la incautación que habían hecho a su empresa el día anterior? Eso no le preocupaba, ella no entendía esas cosas. Aun así buscó con la mirada algo de interés. Rusia había dado asilo a un agente estadounidense, sátiras al gobierno, legalización de homosexuales y asesinatos.  Pero en primera plana, la noticia del día:

 

Tercer taxista asesinado de la semana

Poco después de la madrugada del sábado 22 de enero, cerca de las vías del tren, comerciantes de la feria Barrio Lindo hallan el cadáver del ciudadano Edgar Mauricio Vega Justiano.

“el difunto seguramente fue atacado por antisociales que lograron su objetivo de robarle-explicó Gómez Gutiérrez el comandante de policía- pese a que fueron encontrados su movilidad y documentos, no descartamos la presencia de pandilleros en la zona”

El cuerpo de la víctima fue advertido debido a la presencia de canes callejeros que merodeaban la basura donde fue encontrado.

“nos acercamos, para espantar a los animales que aullaban, temíamos encontrar un bebe, por el olor desde el primer momento supusimos lo peor”-cuenta Augusta, una  vendedora de ropa infantil, que dice ser quien levanto la tapa del bote de basura-“por las noches hay personas que barren y en la madrugada pasa el camión”-explicó-la inseguridad social, está cada día peor, yo digo: ¿quién quiere que sus hijos salgan solos a la calle?, no se puede vivir así.

Mientras tanto, fuentes cercanas advierten que la autopsia del caso ha sido muy esclarecedora, y que la brutalidad macabra del homicidio señala algunas sectas como responsables, el comandante de la policía promete dar resultados a la brevedad posible y pide calma a la poblac…”

 

Historias de la guerra

Doña Consuelo batió el chocolate interrumpiendo momentáneamente la conversación mientras vertía gradualmente la leche en la chocolatera. Aunque apenas eran las tres de la tarde y el cielo encapotado junto con la humedad del ambiente las había reunido en la cocina para resguardarse del clima en busca del calor.

Mercedes tejía con sus nerviosos dedos de araña un interminable suéter y de vez en cuando echaba breves miradas a su celular que perdía la señal por el clima.  Ramona parecía tener “un día de esos” y observaba atenta los movimientos de “las bichas”; unas lagartijas traslúcidas que cazaban insectos en el techo y que de vez cuando bombardeaban de excremento la estancia. Lucía, detrás de su computadora portátil, trataba de hacer un mapa conceptual, tarea de la universidad, pero su mente parecía divagar difusa en los recovecos de una mala situación reciente.

Doña Consuelo que siempre tenía una opinión sobre cualquier tema o un tema del que opinar, recordó sin venir a cuento:

“Cuando los tiempos de la violencia, no hacen muchos años para olvidar, ni tan pocos para no contar, llegó a una de las fincas vecinas una pareja de casados con varios hijos. El hombre era ya mayor, tendría unos cincuenta y cuatro años o estaría por llegar ellos. Recuerdo que era de un vozarrón fuerte y una mirada arrogante, pero que trataba con cierta dulzura empalagosa a su mujer, poniéndonos los pelos de punta.

Tres de los niños que tenían no eran hijos de ella, los otros cuatro si, todos eran varones, incluso el que venía en camino. Por alguna razón, quizá por chismosa o porque mi madre tenía algo que hacer en el pueblo, un día hablando y hablando con el dueño de la tienda en donde comprobamos la remesa los domingos; mi madre se enteró que no solo era la tercera esposa del recién llegado, sino que las dos anteriores habían desaparecido misteriosamente.

-Ojalá ésta no corra la misma suerte.- Cuenta mi mamá que el tendero suspiró mientras exhalaba una bocanada del humo de su tabaco.”

Doña Consuelo sirvió sin ceremonia las cuatro tazas de chocolate caliente y dividió en porciones iguales un pan que se hallaba en el centro de la mesa. Mercedes sacó de la nevera un pedazo de cuajada que sumergió en su taza y reanudó su labor. Doña Consuelo se sentó en la cabecera de la pequeña mesa rectangular y sorbió ruidosamente la bebida caliente.

Lucia sonrió acomodándose los lentes, Doña Consuelo disfrutaba contar historias de su vida, pero más disfrutaba generar expectativas. La mujer era bajita,  compacta, de hombros anchos y cabeza muy redonda. Aunque no era muy mayor, estaba en una etapa indefinida de la vida y llevaba la experiencia en una mirada cansina, a veces opacada por una risa aguda que soltaba de sopetón haciendo sobresaltar a sus interlocutores. Después de untar una porción del pan en el chocolate y de saborearlo con fruición, continuo:

“Pasado algún tiempo, yo ya tendría mi primer hijo cuando la zona fue ocupada por la guerrilla y su ley era la única ley que se podía respetar. Si alguien se robaba una gallina, o dos borrachos se peleaban en la cantina, o tal persona no podía pagar un adeuda…. ellos intervenían para solucionar o en muchos casos castigar.

La justicia no podía tomarse por manos propias y mucho menos se podía dar parte a la policía o el ejercito nacional. Ellos eran la ley, y pobre del que no respetara esa simple orden. No era cuestión de estar o no estar de acuerdo.

Un día cualquiera el señor éste del que les hablo, llegó donde el comandante y denunció a su mujer por abandono, el hijueputa tenía vara con ellos porque algunos de sus hijos se habían unido a la milicia, no en esa misma zona pero si en la misma guerrilla.

El comandante puso enseguida dos hombres a buscarla y después de unos días, llegaron con la noticia de que el sábado la habían visto bailando con un tipo del pueblo (así, así y asa) y que después habían salido juntos. Nada más.

-Hermano, su mujer se fue con el amante. No hay más que hacer.- determinó el jefe guerrillero alzándose de hombros y lo despachó del campamento.

Las cosas se quedaron así por un tiempo, solo mi madre seguía con la intriga y un día que el mismo comandante bajo a cobrar su respectiva vacuna, entre tinto y tinto le preguntó, mi mamá, por el caso de “aquel vecino con la mujer desaparecida” y el guerrillero entre risas le contó lo que él mismo había mandado averiguar.

-La vieja se fugó con uno más joven, según nos confirmaron en el pueblo.”

Doña Consuelo entrecerró los ojos mirando fijamente al vacío.

“Mi mamá se quedó callada un rato y luego volvió a tocar el tema preguntando como era el mentado amante a lo que el comandante respondió con la descripción que le habían dado sus subalternos, al oírlo mi mamá me mando a llamar y me lo describió nuevamente a mí.

-¡Conoces a alguien con esta descripción?

-Sí señora, ese es Jetas el hijo de don Gustavo que lleva ya unos meses en la cama porque el toro lo tumbo en las corridas de San Martín.

Mamá volvió a mirar fijamente a los ojos del comandante

-La mujer está muerta. ¿Donde está enterrada? no lo se, pero está en esa finca. La descripción que me da del dizque amante es la del ahijado de mi marido y a todos nos consta su convalecencia por que no fue hasta hace muy poco tiempo que recobró los recuerdos. No es la primera vez que a ese señor “se le pierde” la mujer. Es la tercera vez. Don Marciano el de los abarrotes me comentó en algún momento, que ya otras dos veces le ha pasado lo mismo y es por ello que tuvo que venirse de su tierra hace ya algunos años. Don Marciano es comerciante, se entera de las cosas, y yo aseguro que esa señora no abandonó jamás esa finca. Vaya, revise, investigue. Ella sigue ahí.

Recuerdo que mamá cada vez que veía al comandante guerrillero le preguntaba por su vecina. Quizá por eso se decidió a buscarla. Puso alguno de sus hombre en la tarea y fue entonces cuando descubrieron que uno de los trabajadores del malparido ese, había hecho un hueco gigante, ancho y profundo donde echaban todos los desperdicios orgánicos”

-¿Estaba allí? preguntó Mercedes apartando de sí la taza vacía.

-Espera.- Doña consuelo continuó: “Una tarde como a mediodía, el pueblo se llenó de guerrilleras. Todas esas mujeres marcharon con sus fusiles hasta la finca del tipo. Haga de cuentas unas doscientas mujeres, el único varón era el comandante.

Lo sacaron de la hamaca donde dormía la siesta y los escoltaron hasta el dichoso hueco que ya tenía  maleza por encima y le ordenaron cavar.

-Así como la metió, la saca.

El marica lloraba que no sabía de qué hablaban

-No se preocupe entonces mi señor, que si no encontramos nada, mejor para usted. Tranquilo.

El hombre cavó hasta que se cansó y enfrentó a las guerreras.

-No más, hijas de puta, no más. ¡Matenme pero yo, ya no cavo más, Matenme! .-

Pero el comandante intervino

-¿Matarlo? ¿Cómo se le ocurre? Matarlo a usted es ensuciarse las manos, usted sáquela para darle cristiana sepultura. Ninguna madre merece desaparecer así. Aquí nadie lo va a matar, usted va a morir de viejo, solo y repudiado.

El tipo cavó y cavó, todo el día. Empezaba a anochecer cuando finalmente sacó los restos de la que había sido su tercera mujer. Nadie le ayudó a sacarlos, nadie le ayudó a llevarlo hasta la casa, nadie le ayudó a organizarlos; nadie le ayudo, pero las guerrilleras estuvieron con él todo el tiempo. Cuando hubo terminado de acomodar el cadáver, lo sacaron, y lo golpearon hasta dejarlo una sola pulpa de carne sanguinolenta, todas y cada una de las guerreras se dieron el gusto de golpearlo. Luego se fueron, y con él se quedó solo una que le sanó las heridas físicas.

Por ahí anda aun. No abandonó nunca el pueblo porque esa fue la orden que le dieron, se remontó en la finca y no volvió a hacer contacto con nadie, excepto uno de sus hijos que de vez en cuando lo visitaba”

Doña consuelo calló. Mercedes abrió la boca para contar una historia parecida o quizá para preguntar algo, pero el grito agudo de Ramona seguido de un plop las hizo levantar de sus sillas: Una de las lagartijas traslúcidas había caído en el centro de la mesa.

 

Noche de baile

Xiomara era simplemente bella. Todos lo sabían y ella se limitaba a sacudir su sedoso cabello que caía en cascada hasta sus caderas. El espejo era su mejor amigo y comprar ropa nueva y de marcas internacionales era su única pasión. Estaba claro que estudiaría diseño de modas. Solo por el diploma, claro; ella no estaba dispuesta a trabajar ningún día de su vida.

Para la noche de su cumpleaños número diecinueve, había elegido un vestido rojo sangre y unos tacones brillantes plateados que hacían juego con su gargantilla y aretes de plata. No quería pasar desapercibida por supuesto.

Ella misma se maquilló, pues no le que gustaba que otros la utilizaran como papel de dibujo y decoró también sus largas y fuertes uñas, dejando que su madre se encargara de los bucles que daban forma a las puntas perfectas de su cabellera. Resultado final: era una princesa divina y todos los hombres la mirarían embelesados, algunos tratarían de invitarle una copa y los más osados expresarían su deseo de bailar con ella. Opero como siempre, Xiomara los despreciaría a todos con una sonrisita de suficiencia. Bailaría con algunas de sus amigas o solo se conformaría a observar despectivamente a su alrededor.

Solo iba a la discoteca para que la vieran cuan bella y difícil era. Toda una diva.

Cuando ella y sus dos compañeras de rumba llegaron al local, Pepe el dueño del club salía por la puerta de atrás con su mastín napolitano y alcanzo a saludarlas con aire casi que aburrido. Llevaba quince años en el negocio, tenía su vivienda allí mismo y el ruido de la música le producían mareos. Después de entregar la caja chica al administrador, le ponía la correa al perro que siempre lo acompañaba a todos lados y se iba fastidiado a saber quién sabe dónde.

Una de las amigas de Xiomara menciono lo estrafalario que era aquel hombre siempre en compañía de aquella bestia, pero cuando entraron a la zona VIP ya habían olvidado a Pepe.

Como de costumbre Xiomara pidió un trago virgen y cruzo las piernas observando con aire ausente a las personas que iban entrando “gente del común” pensó para sí haciendo inconscientemente un mohín con los labios.

A la media noche el local estaba a reventar. Había rechazado a nueve hombres de diferentes edades, estrato y color. Incluyendo un gringo despistado.

Se encontraba sola sentada mirando su celular, cuando una fragancia dulzona y ácida a la vez le hizo levantar la mirada en busca de su origen. De inmediato su mirada se cruzó con unos marrones, casi amarillos ojos que la observaban desde la barra del bar. Xiomara sonrió tímidamente.

Era un hombre bastante guapo. Bien vestido, alto, atlético con dos infantiles hoyuelos en las mejillas y los “bucles de cabello caoba perfectamente recortados le hacían parecer un querubín”.

Xiomara lo supo de inmediato: Era el hombre que esperaba. Él se acercó a ella y le tendió la mano invitándola a bailar, Xiomara tímidamente acepto la suave mano extendida y ambos se fueron a la pista de baile.

El corazón le latía con fuerza a Xiomara, la piel se le erizo cuando él posó su mano la cintura de ella y deseo en silencio no estar soñando. Era la mejor noche de su vida. Podía imaginarse los que tendrían.

Bailaba mirándole a los ojos como si solo los tuviera para ella mientras sus poderosos brazos dirigían la danzan haciéndola girar y revolotear con tanta gracia que podía sentir la mirada de las demás personas. “Eres hermosa” susurró su hombre dibujando en sus labios una sonrisa pícara “Quiero estar para siempre contigo”. Xiomara solo se limitaba a sonreír dejando escapar un profundo suspiro cuando el hombre poso tímidamente, pero con seguridad, un beso en el cuello de ella.

Xiomara temió desmayarse de la emoción “¿cómo te llamas?” pregunta acercándose al oído de él, que se ríe al verla cerrar los ojos para nuevamente suspirar. “¿Te sientes bien?” respondió él también al oído. “Como en las nubes, no quiero despertar” dice ella medio ronca, “No es un sueño” “mejor”.

Por primera vez Xiomara aparta la vista del hombre de su vida, quiere ver la cara de envidia de sus amigas, quiere verse en los espejos que adornan las paredes de la discoteca para reafirmarle a su imaginación lo perfectos que se han de ver juntos.

Pero cuando lo hace, no ve a nadie, se siente resbalar, pero los brazos de él la sostienen y ella mira al suelo que debería estar a sus pies pero que está mucho más abajo.

Lanza un gutural grito agudo y siente su cráneo golpear el suelo: Él la ha soltado. Él se la ha llevado.

Xiomara la bella y virginal. Rechazo a muchos y solo con uno bailo.

Cierran la discoteca, clausuran el local. Multan a Pepe que se alza de hombros, paga la multa y lo re abre.

Xiomara está muerta, sus padres la lloran.

Todos saben y nadie dice que pasó: Xiomara bailaba en el aire con un desconocido, bailaba y reía. Todos gritaban, la llamaban y ella bailaba y bailaba. Hasta que cayó.