Divagaciones de la Alimaña

Voz de Marta: no hubo despedidas. Nadie volvería a tocar el tema. Todos podían respirar tranquilos, el linaje podía seguir considerándose respetable.

Entra Camila: podrían llevarme a las profundidades del infierno y ella no se inmutaba. No soy dueña de mi propio destino, ¿pues entonces, qué caso tiene?

Marta: si tengo suerte, moriré de sed en las yermas montañas de mi destino y serian un festín para los cuervos y gallinazos.

Camila: sería útil entonces.

Marta: pero no así funciona.

Camila: el camino es pedregoso y está plagado de alimañas.

Marta: yo soy una…

Camila: abuela asegura que llegaré sana y salva.

Marta: y a eso mismo le temo: llegar

Camila: llegar y descubrir que solo di media vuelta.

Duende: (habla solo, o eso parece)… más que un simple sirviente de la corona al que le cortaran la cabeza por expresar su opinión… (ve a Marta)

Camila: todo fue un accidente

Marta: más que eso, una opinión

Camila: lo recuerdo claramente, la osa mayor brillaba extrañamente, habíamos hecho una fogata y llevábamos varios días de travesía.

Marta: teníamos caballos,  a los que ayude a dar agua, melaza y caña dulce picada. No podían comer el pasto…

Camila: es que no había.

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Alimaña

Marta: Era una hermosa mañana de verano, de hace mucho tiempo… quizá demasiado en la memoria de algunos. Jugaba con la arista brillosa de una antigua reliquia familiar: una pequeña daga con empuñadura de oro que en el centro del mango llevaba una pequeña incrustación de rubí de un escarlata tan intenso, como la sangre que broto perezosa de mi pantorrilla. Sentí las gruesas gotas tibias recorrer mi pierna. Me tendí en el suelo, en la hierba, que aún conservaba el roció de la mañana.

Duende: En los reinos vecinos se hablaba de la tristeza que le había robado el alma a la desdichada princesa de ojos cambiantes. Se hablaba de seres maléficos que con su sola presencia robaban las alegrías. Se enviaron cientos de Magos Reales, de los reinos amigos y nadie soluciona nada, porque nadie comprendía el problema. Los súbditos, empezaron a dudar de la cordura de los mismos reyes al ver a la princesa en situaciones comprometedoras que no iban de acuerdo con el orden establecido. Finalmente, estos decidieron lo propio. Marta, despojada de su título, debía partir, muy lejos, a la Tierra del Fuego Astral, muy al sur, donde pasaría el resto de su vida enterrada junto a La Vergüenza Real. (Desaparece el duende)

Pasos que se acercan, no se mueve nada. Solo se escucha a los arboles susurrando

“si no fuera tan cobarde, tal vez todo tendría sentido… hasta la propia muerte”

Entra una criada, Marta se levanta rápidamente. Ambas salen con paso ligero, no se miran. Antes de salir, marta recoge una orquídea

Voz de Marta: no hubo despedidas. Nadie volvería a tocar el tema. Todos podían respirar tranquilos, el linaje podía seguir considerándose respetable.