Por última vez, un simple final.

Basura a la deriva (Entrada anterior)

Viernes

Me pregunto qué hora será.

Camino por las calles desiertas de los alrededores de la plaza principal. La luna está simplemente hermosa, aunque hace un poco de frío que me llega incluso más allá de los músculos.

Durante la semana he estado un poco ida, quizá estoy susceptible, o tal vez me vaya a enfermar.

Los días pasan sin prisa y aunque he estado invernando en mi cueva he aprovechado ese tiempo para pensar en mi.

Pronto será la semana de carnaval y es algo que no disfruto, las calles empiezan a heder a cerveza derramada, orines, y sexo, las personas creen que es divertido arrojar agua, tinta y espuma sintética a los transeúntes y algunas calles simplemente permanecen cerradas.

No es que sea especial, es sólo una tradición que no disfruto de ninguna manera.

Sin embargo, a pesar del calor del medio y el frío de la luna llena, hoy te vi. Estabas feliz por un nuevo proyecto para el que la filarmónica municipal de contrató. Serás el encargado de ambientar la escenografía y por ello mismo me llamaste. Quieres que sea tu asistente.

Sé que es tu manera de sacarme de este abismo al que yo sola me he metido por decisión propia y eso me hace muy feliz a mí también. Así que decidí contarte lo que me pasa.

Tal vez retome las clases en la universidad, después de todo, no puedo ser tan terca. Me pregunto, porque realmente tengo la duda, si no fuiste tú el detonante. Verte agradecido con lo que haces, es bello.

Mañana mi hermana irá a limpiar, y llevará a su minino a aplicarse algunas vacunas. Supongo que la acompañaré.

Camino despacio y siento las ganas absolutas de quitarme los zapatos. A pesar de la suciedad de las calles, lo hago y cierro los ojos extendiendo mis brazos.

Quiero gritar.

Algo que se había roto en mi empieza a sanar.

—Mar-ga-ri-ta—Una voz conocida saluda a mis espaldas.

Es él.

—Hola—No puedo evitar que mis ojos brillen en ese momento y noto que se sorprende un poco.

—Estás descalza—señala lo obvio—Estás drogada—Se equivoca.

Sonrío y lo abrazo.

—No lo estoy, disculpa lo de la otra noche. Tuve visita inesperada.

—Tengo un regalo para ti.

—¿Escuchaste lo que dije? Lo siento.

—Podríamos ir a tu casa ahora mismo…

—Disculpa, no es necesario. Es bueno recordar porque ya no estamos juntos.

—¿A qué te refieres? Fuiste tú la que me llamó la otra noche.

—Cometí un error. Disculpa.

—Disculpa—Repite y en su voz hay un dejo de odio.

Por primera vez en mucho tiempo, me asusto.

—Se me hace tarde. ¿Tomamos un café mañana?

—Dije que tengo un obsequio para ti.

Por alguna razón mis manos tiemblan y siento un cosquilleo que parte desde mi nariz hasta mis ojos.

—Debo irme, ¿nos vemos mañana en el café de siempre?

—Margarita—La pausa que hace me hiela la sangre—¿Me quieres o no me quieres?

—Te quiero—Musito con la voz un poco ronca.

—¿Quién era el hombre con el que estabas hace rato?

—Un amigo —Bajo la mirada y me calzo torpemente.

—Un amigo…

—Ya me voy, quedamos para mañana, disculpa. Que tengas buenas noch…

Pero antes de que me de la vuelta siento como sus dedos poderosos aferran mi brazo y me atrae hacia él. Muerde mis labios y los jala antes de soltarlos.

Trato de gritar, pero una de sus manos sostiene mi cabeza y antes de que reaccione me ha empujado contra el suelo. Caigo pasmada.

No puedo reaccionar.

Me arrastra del cabello por media calle, me sube a su auto que ha dejado en una esquina y nos vamos.

He desperdiciado la vida.

Hoy te vi por última vez.

Fin.

Basura a la deriva

—Eso dije.

Me siento un poco abrumada, dejo la máscara y el pincel a un lado y recuesto la cabeza encima de la mesa. Casi puedo oír a mamá diciéndome que vivo con una actitud de pereza crónica. «¿Podrías aparentar ser un poco más activa cuando no estés sola, por favor?»

Ser activa… ¿Cómo lo logran? ¿De dónde sacan tanta energía para hacer tantas cosas en un día?

Suspiro.

—Es una persona amable. Creo que le pasa algo conmigo. De repente me hace compañía sin que hayamos programado algo, me llama cuando tiene tiempo.

—Crees que le pasa algo. ¿No cree que siente cosas por ti?

—Cariño, yo también siento cierta fascinación por este personaje entrometido en mis días. ¿Alguna vez te pregunto sobre las personas que conoces? —De hecho, Marcos es de los que te cuentan cada detalle de lo que les pasa sin que tú le preguntes.

—No creo que seas ingenua—Ahora está irritado y yo satisfecha —Creo que te gusta hacer creer a los demás que eres estúpida. ¿Por qué no haces algo por tu vida? ¿Por qué vives con esa mirada de depresión que pretende cargar con todo el peso del mundo? Y luego simplemente dices: Soy una persona banal, no me importa nada. Lamento confundirte. Es como si no tuvieras aspiraciones, y eso es patético y triste.

¿Planeas quedarte con esa misma actitud para cuando cumplas cuarenta o sesenta años? O sólo te dejaras llevar por el oleaje…

Y este es Marcos en su personalidad superada. Te engancha en sus conversaciones que parecen de cierta forma banales y divertidas, pero luego te toma del cuello y te hace una llave de judo en la conciencia. Te despluma lentamente, deshace los pocos vestigios de tu autoestima, te enfrenta a ti misma a la persona que realmente eres y que generalmente no presentas a nadie y luego se aleja sonriendo, diciendo alguna vulgaridad que pretende hacer que olvides sus ponzoñosas palabras.

Cuando por fin me voy a casa, arrastro los pies porque estoy concentrada aún en las cosas que no puedo comprender.

 

 

 

 

Curiosidad

No hay remedio (Entrada anterior)

—Buenos días perra—Marcos extiende una taza de café hacia mí y se sienta a mi lado. Llevo una semana madrugando para ayudarle en su trabajo y tengo los ojos en las entrañas—¿Es que no duermes por las noches?

Con mirada inquisitiva repara mi ropa arrugada, mi rostro sin maquillaje, mis uñas comidas, mi piel pálida y el temblor en mis manos.

—¿Estás bien? —Su voz adquiere un tono serio y neutro que me da a entender que está en modo mejor amigo, se sienta a mi lado y me abraza sin decir nada más. Al cabo de un rato la proximidad me incomoda y lo aparto con delicadeza, sé que solo está preocupado.

—Estoy bien—Afirmo acomodándome y dándole un pequeño sorbo a la energizante bebida que empieza a enfriarse—Tal vez he pescado un resfriado—Miento apoyando el codo en la mesa y la mano en el mentón.

 

Realmente estoy bien, el insomnio es producto de la luna.

Cuando está en su fase de luna llena, el satélite me impide conciliar el sueño, así que para no pelear con la almohada ocupo las horas de la noche para realizar cualquier actividad. No me molesta en absoluto, por la noche hay más silencio, es más fresco y agradable.

El problema es cuando me comprometo a hacer cosas durante el día y no me da tiempo de descansar.

 

—¿Lo has vuelto a ver? —Marcos no me cree, obviamente. Y de alguna manera tiende a relacionar los problemas de los demás con temas pasionales. Es como cuando descubrió las marcas en mi cuerpo.

 

—Últimamente va a cenar con frecuencia en el apartamento—Tomo una de las máscaras de yeso que llevamos haciendo toda la semana. Esta me gusta más que todas, no tiene ninguna expresión.

 

—¿Y? cuéntame bien. —Me quita la máscara de las manos y toma el pincel. —Puedes pintar mientras hablas.

 

Pero yo no tengo ganas de hablar. Tengo ganas de irme a casa.

Aun así, obedezco.

 

—No tengo nada que contar Marcos, no seas chismoso. ¿Cuándo te presentas?

 

Marcos hace teatro. Cuando está encima de las tablas, el Marcos cansino y hablador, amanerado y de sonrisa fácil se pierde y deja cabida a los personajes que interpreta.

 

—Si no quieres contar, es porque hay algo que decir. No te sacaré el dedo del …

 

—Está bien. No pasa nada. No tengo sueño últimamente es todo. ¿Por qué eres tan insistente? Tampoco es que mi vida sea algo que te interese—Caigo en cuenta de repente—Pregunta directo “marico”. Date por enterado que mi vida no gira en relación a ningún hombre. A veces me fascino por alguno en particular. Pero…

 

—No te sientas presionada, sólo tengo curiosidad. —Interrumpe mostrándome una de sus sonrisas falsas.

 

—¿Curiosidad?

No hay remedio

Tengo un gato que alimentar

Ya adentro te sonrío con cansancio y te sirvo el té de manzanilla que he preparado, no hay remedio, aunque lo intente no puedo ser mala contigo, pero ¿qué pretendes?

Mi celular suena.

—Estoy abajo ratita ¿abres?

Lo olvidé.

—No puedes subir. Tengo compañía. ¿Lo trajiste?

—¿Por qué me llamas si tienes compañía? Baja.

Cuelgo.

Has terminado tu té y te ofreces a hacer mi cena.

Bajo rápidamente las escaleras porque no me agrada la idea de que te quedes sólo en mi espacio personal.

Me encuentro con él.

No luce muy contento y me entrega el paquete con cactus San Pedro.

—Lo siento, planeaba que lo disfrutáramos juntos, pero se me presentó algo, y deja de decirme mi amor. — Le tiro la puerta en la cara y subo con rapidez, sé que se vengara por esto.

Tengo un gato que alimentar

El circo (Entrada anterior)

Mientras te ríes de las insulsas gracias de los payasos que fingen estar ebrios me asaltan cantidades de preguntas sobre ti. ¿Qué buscabas en mi nevera? Suelto la carcajada al imaginarme preguntándote eso. Eres (o eso creo) de las personas que les gustan las charlas profundas. Lo lamento soy superficial en ese sentido.

Me ves reírme y guiñas el ojo izquierdo, los payasos se han ido no sin antes caer aparatosamente sobre el escenario. Lo más hermoso del circo es el público.

Para el cierre un hombre hipnotiza a varios voluntarios del público y finalmente salimos.

—Muero de hambre—Gimo dando pequeños saltitos—Me voy a casa. Gracias por la invitación.

—¡Espera! Te invito, vamos a algún lugar… o compremos algo y lo preparamos en tu apartamento. Es temprano.

—No hay necesidad, cojo un taxi.

—¿En serio te vas así no más?

—Tengo un gato que alimentar.

Te quedas viendo como me alejo y no me sigues, el vehículo para y me subo. Te veo a través del retrovisor como sigues parado ahí, sin moverte y tengo el arranque de bajarme, pero no lo hago.

Ha empezado a hacer frio, le digo la dirección al chofer y lo llamo. Sé que es una imprudencia por la hora, pero él contesta en seguida.

—Buenas noches mi amor.

—Hola.

—¿Qué haces?

—Te espero en una hora en mi casa.

Cuelgo.

Lo he llamado, a pesar de que me he prometido no hacerlo más. No tiene importancia, pero siento que algo se rompe dentro de mí. Acabo de romper una promesa que me hice a misma. Y eso duele, pues es a mí a quien traiciono. Y a él al que lastimo.

Nuevamente siento el impulso de bajarme y buscarte, pero me reprimo.

Me lo pienso mejor y le pido al taxista que me deje en el supermercado que hay cerca de mi casa, pago y me bajo.

Mientras escojo con descuido algunas cosas para mi cena y el desayuno del día siguiente se me salen las lágrimas, me siento derrotada. Esta persona a la que acabo de llamar la quiero mucho, aun cuando me deje hundida cada vez que se va.

Camino lento porque las bolsas pesan y porque no tengo ninguna prisa en llegar, estoy tratando de poner la mente en blanco, pero es imposible, se me acerca un grupo de hombres y uno me toca la nalga.

Me quedo mirándolo unos segundos y sigo mi camino, escucho sus risas detrás de mí. Si no tuviera las manos ocupadas… no importa, sé que lo volveré a encontrar, he memorizado sus facciones.

Ya casi he llegado a la esquina de mi pequeño edificio y ahí estás.

Parado frente a la puerta esperándome. Has tomado un atajo, supongo. Me siento temblar y no sé cómo reaccionar al verte.

El circo

Tu nombre (Entrada anterior)

—Temí que no vinieras—Confiesas frente a mí—Espero que no estés molesta por la fotografía.
—Es la única a blanco y negro. ¿Cómo te llamas?
Pareces sorprendido.
—Te lo dije anoche,
—Si no me lo dices de nuevo tendré que llamarte Mortadelo—Suelto con voz tierna y tú suelta como un cascabel alegre tu risa que hace que tus ojos se achiquen.
—Jaime, me llamo Jaime—Y haces una reverencia algo rebuscada que me sorprende un poco, pero a la que ignoro—¿Por qué tienes esa cara?

Como reflejo para no responder que ya me harte un poco de mirar las benditas fotografías, me doy por enterada de la existencia de las demás personas a nuestro alrededor. La lolita se ha marchado, pero cerca hay otras personas vestidas de negro (como todos) esperando su turno para hablar contigo…o tal vez es lo que me parece a mí.

Pero, aunque intento que dirijas tu atención hacia ellos me preguntas si no me encuentro cómoda.

—Lo siento, intentaré pasarla bien. Es algo que me pasa desde niña, ni siquiera ahora disfruto mucho de los recitales de mi hermana.
—¿Recitales?
—Toca el violín.
Ahora eres tú el que ladea la cabeza como sopesando algo.
—Vamos—Tomas mi brazo y una vez más soy arrastrada, pero esta vez hacia fuera.
—¿Qué haces?
—Es la primera vez que te veo sorprendida por algo—Te ríes soltándome y haces parar un taxi.
—Sube.

Una vez dentro nos quedamos en silencio.
Veo a través de la ventana a los transeúntes que pasean o van a paso rápido camino a sus hogares.
Tengo hambre, no he comido en todo el día.
Las luces amarillas de la ciudad me parecen nostálgicas, me llenan de algo en mi interior, pero de alguna manera no es una tristeza normal, sino más bien un sentimiento de lejanía. Como si viera todo a través de una pantalla, y al mismo tiempo deseara formar parte de la escena.
Me acuerdo que estás a mi lado y te descubro observándome. Sonríes.

—Ya vamos a llegar—Dices con la voz un poco ronca—Cierra los ojos y no hagas trampa.
Detienes al taxista, bajas y abres mi puerta, me ayudas porque tengo los ojos cerrados y luego tú mismo los cubres con tus manos heladas. Hueles a café.

Caminamos un trayecto corto y quitas tus manos esperando ver mi reacción.
—Ah, un circo.
—Se te ve tan animada…—Bromeas y me jalas. Empiezo a pensar que debo tener un cartel pegado en la espalda que dice “Jálame”.

Mientras hacemos fila para ingresar noto que no puedes dejar de lanzarme miradas mal disimuladas

—¿Qué pasa?
—¿Haz perdido tu capacidad de asombro?
No respondo e inmediatamente tengo ganas de huir de ti. Ese es el problema de dejar que las personas invadan tu mundo.
Realmente…ya no me siento cómoda a tu lado. Busco alguna salida para no parecer que te planto, pero antes de que diga nada preguntas:
—¿Quieres una manzana con caramelo?
—No, tengo dulces en una bolsita. Me los regalo mi madre esta tarde.
—Eso explica las bolsas con dulces que vi dentro de tu nevera.

La música alegre que sale de la carpa colorido atrae mi atención. Mi corazón se agita, veo los payasos ir de un lado al otro haciendo los últimos preparativos para el show. Estoy feliz.

Tu nombre

Dulces y chocolates (entrada anterior)

La casa cultural, es un edificio amplio donde suele dársele espacio a los artistas locales. Una vez pasado al sujeto de la recepción, pude darme cuenta de que el evento era una exposición de fotografías. Todas bastantes coloridas, niños jugando con las palomas de alguna plaza, indígenas vendiendo artesanías en la calle, una novia observando el reloj de la catedral, un hombre llorando de cuclillas en cualquier esquina, un perro callejero mirando hacia la nada…pero me aburro con las imágenes estáticas, comprendo que representan instantes capturados desde el punto de vista y desde el mundo del fotógrafo, pero no puedo evitar concentrarme en las personas que se pasean a mi lado.

Recuesto el hombro en uno de los pilares y los observo deambular, de alguna manera parecen estar fascinados con los retratos. Aunque también podría decir que parecen haberse presentado a un desfile de modas con sus pomposos vestidos de noche y sus tacones imposibles.

Dejo caer con suavidad mi cabeza en el pilar y cierro los ojos. Me duele la cabeza.

—Caray, pero si eres tú—abro los ojos y frente a mi encuentro a una lolita de cabello azul y fucsia que se acomoda unas grandes gafas.

—Sí, soy yo—Enderezo mi cuerpo—Lo que sea que eso signifique

—Eres la chica de la fotografía—Se explica ella tomándome del brazo y arrastrándome hasta un pequeño compartimento de la sala de exposiciones—La chica del cementerio—Señala ella una fotografía a blanco y negro, donde efectivamente estoy.

Así que tú eres el artista. Me pregunto dónde estás, empiezo a temer por mi espacio personal en cuanto la lolita vuelve a tomarme del brazo y me jala para mostrarme el resto de tus fotografías, pero con suavidad suelto su mano y me excuso con ir al baño.

Termino sentándome frente a un enorme marco vacío y me quedo allí. Veo como la lolita vuelve acercarse a mí y hago espacio en la banca para que se siente a mi lado. No hay remedio.

—¿Te aburres?

—No mucho, lo siento, soy algo cerrada para el arte en general.

—No pasa nada, ¿Qué te pareció la fotografía?

—Soy yo.

Veo que ella reprime la risa y me doy cuenta de que me he sonrojado.

—No se te da el «arte en general» porque tampoco se te da expresarte ¿no?

Me quedo en silencio un rato.

—¿Quién eres? —pregunto por fin entornando los ojos y ella me devuelve la mirada sorprendida.

—¡Margarita! —Escucho tu voz y te veo caminar sonriendo hacia nosotras.

Me pregunto si hoy es el día de las sonrisas. Bueno, espero que contigo todos los días sean días de las sonrisas puras.

—Estás roja nuevo—Observa la lolita codeándome. Otra vez invade mi espacio personal.

Me levanto a saludarte, y me doy cuenta que no sé cómo te llamas. Frunzo el ceño porque eso vuelve un poco rara la situación y dejo que me saludes de beso en la mejilla, aunque preferiría que sólo me dieses un apretón de manos.

Dulces y chocolates

Charla en el sofá (entrada anterior)

Despierto atolondrada, hay algo tibio en mi estómago: Chuchurrumí está enroscado en mi estómago y para no despertarlo me quedo mirando el techo. Hago lo que puedo, pero después de unos minutos mi cuerpo se impacienta y termino bajándolo al piso, lo que provoca una mirada enfurruñada del animal que se estira sobre sus patas y vuelve a enroscarse en mis pantuflas.

Voy a la cocina y saco pan, le unto mermelada de uchuva. Voy a abrir la nevera para sacar un poco de leche, y veo algo diferente en la puerta de ésta. Con marcador negro, en mayúsculas alguien ha garabateado: LO ESENCIAL ES INVISIBLE A LOS OJOS. A.S.E, y más abajo, entre paréntesis: Te espero ésta noche en la casa cultural del centro.

Como aún sigo algo atolondrada me meto bajo el agua fría de la ducha y me quedo así, dejándola caer sobre mí.

Como es sábado, mi hermana ha quedado en venir a limpiar y ver a su pequeña mascota, salgo rápido vestida como puedo para evitar encontrarme con ella. Realmente no me apetece verla.

No importa nunca la hora así que no llevo reloj, pero de un momento a otro me asalta afán por saberla y me reprendo a mí misma al descubrir que la ansiedad es porque de alguna forma quiero verte esta noche.

Al pasar frente a la catedral veo que apenas son las cuatro de la tarde y me meto a uno de los cafés de moda y saco el libro que llevo en la cartera. Pero por más que lo intento y por mucho que lo lea, no logro entender de qué se trata. Pido varios mates en el transcurso de tres horas y salgo a la calle en cuando todo se oscurece.

—¡Princesa! —Grita alguien tomándome el hombro—Hija, por fin, tengo algo que decirte.

—Hola madre—En realidad es una mujer que se ha encariñado conmigo, en sus alucinaciones cree ser una reina a la que han despojado de su reino y a mí. Si, ella cree que es mi madre. Incluso compra dulces y chocolates para dármelos.

—No me llames así en público, hay periodistas en todos lados, pensarán que eres muy informal. —Sonríe ella con cariño y me ofrece una bolsita plástica—No has venido mucho estos días, pensé que te habían vuelto a encerrar en los calabozos. Pórtate bien ¿Quieres? No hagas sufrir a mamá.

Ladeo la cabeza un poco irritada y no puedo evitar pensar en el pasado de aquella mujer. ¿Qué le había pasado para terminar vagando por las calles de la ciudad imaginando reinos e hijas perdidas? Veo la enorme gabardina caqui que siempre lleva puesta, aun en verano y le doy un beso en la mejilla. Huele bien.

—Me gusta que todos sepan que eres mi madre—Es la única persona con la que no me obligo a ser amable—Gracias por los dulces.

Ella se aleja dando pequeños saltitos y a mí me provoca ir a abrazarla, pero prefiero evitar encariñarme más de la cuenta con alguien que puede desaparecer de un momento a otro.

Son las siete y media, camino algo insegura hacia la casa cultural y me quedo en la vereda del frente observando a las personas que entran y salen. Caigo en cuenta, entonces, de la ropa que llevo: unos pequeños shorts que alguna vez fueron mis vaqueros favoritos, una polera negra con el logo de flema una banda punk argentina, mis botas de cuero y una chaqueta verde. El cabello lo llevo en un moño desordenado que amenaza con soltarse en cualquier momento.

No puedo evitar reírme fuerte. Me gusta desentonar y a veces llego a pensar que inconscientemente lo hago apropósito. Cruzo la calle y entro con las manos en los bolsillos.

 

Charla en el sofá

Sober (entrada anterior)

—A que no eres normal—Saludo a Lorna que entra sonriendo con dos botellas de vodka—¿Por qué los han sacado del boliche?

—¡Oh por dior, está todo tan limpio! —Marcos es un afeminado de mierda y de paso chileno, así que siempre tardo un poco en entender lo que dice—Hola cariño, que bien te ves en pijama—Lo escucho saludarme, pero en realidad veo a otras siete personas entrar en el apartamento. No conozco a ninguno. —Nos botaron porque besé al baterista que tocaba esta noche, ni siquiera está tan bueno. Me dejé llevar.—En realidad es agradable esta persona.

—Y ellos son…

—No lo sé—Confiesa Lorna dirigiéndose a la cocina—Grité: ¡Quién está en contra de la homofobia que se venga conmigo! Y me siguieron.

Estoy a punto de replicar algo, pero entonces te veo. Estás ahí con cara de no saber cómo llegaste. Me pregunto si me reconocerás, pero supongo que sólo soy una cara más. Por la pinta de aburrido que tienes, sé que te han arrastrado hasta mi casa.

Mientras me pierdo mirando al chico del cementerio, Lorna y Marcos se han apoderado del apartamento, la música y la cocina. Saben que soy demasiado perezosa para cualquier cosa así que me dejan tirarme en el sofá cama a seguir fumando mi marihuana.

Quería acércame a ti, pero no encontré motivos. Estoy fascinada con tus ojos grandes y marrones.

—¿Cómo se llama tu gato? —Reconozco tu voz antes de darme la vuelta hacia ti.

—No es mi gato. Se llama Chuchurrumí—Sonríes sentándote a mi lado y rechazas la pipa que te ofrezco.

—¿Es tu compañero de apartamento?, lo siento no fumo.

—Te ofrecería algo de beber, pero no me encargo de eso ahora. El gato es de mi hermana.

—Tampoco bebo licor—Sonríes al ver mi mirada irritada—¿Vives con tu hermana?

Me quedo en silencio unos minutos. Si te soy sincera, me debato entre preguntarte que haces sentado en mi sofá a esa hora o preguntar que te importa si vivo con mi hermana.

Si, a veces soy una energúmena.

Pero entonces me topo con tu mirada curiosa tratando de descifrar mi mirada gris.

—Vivo sola.

—Te gusta estar sola—Se supone que es una pregunta, pero entonas a modo de afirmación.

—¿Esto es un interrogatorio? —Me acomodo en el sofá subiendo los pies en el y explico con una sonrisa que no acompañan mis ojos—Me gusta estar sola, pero no es que siempre lo esté.

Sonríes nuevamente y veo tu luz en esa expresión.

—Aquella vez en el cementerio, te veías con la maleta muy llena.

Así que si me recuerdas.

—No entiendo—Nunca llevo maletas. ¿Quién lleva maletas por ahí?

—Olvídalo. Me alegra encontrarme contigo de nuevo. Eres de esas personas.

—¿Cuándo conversas, comprendes que la otra persona también debe ser parte de la conversación? —Imito su voz ronca y su media sonrisa, tal vez estoy un poco lenta, y tú no dejas de sonreír quizá eso me irrite un poco.

El resto de la noche la pasamos juntos, pero en silencio.

Finalmente, la mezcla del vodka y la marihuana me pierden y caigo dormida al poco rato

Sober

La mascota y la hermana (Entrada previa)

De los viernes me gusta la noche, como a todos.

La diferencia es que mis lunes son como mis viernes, ya que no trabajo y vivo de la caridad de mis padres, no me esfuerzo por conseguir cosas y vivo en el que era el apartamento de mi abuela fallecida. Llevo una vida tranquila, a mi modo. Pero este viernes he decido drogarme sola en casa, me siento como la chica de esa canción de Pink, Sober. No quiero ser la chica de la fiesta eterna.

La primera vez que lastimé mi piel, mamá pensó que quería suicidarme así que me dijo: «Si te mueres, te entierro. Punto. No creas que algo cambiará en el mundo»

Esta noche mientras paso con suavidad el cuchillo por mis costillas, comprendo que nunca he querido una salida fácil. Pero sí tengo la necesidad de sentir que vivo. Para eso es el dolor que me infrinjo. No es que tenga que darle explicaciones a nadie, pero de repente me encuentro pensando en eso. ¿Si alguien preguntara que le contestaría? En realidad, no tengo razones, que importa.

El teléfono suena, dudo en contestar pero finalmente lo hago.

—Hola.

—Margara, vamos para tu casa, nos han sacado del boliche…somos varios.

—Traigan Stolichnaya.

Supongo que no necesito salir esta noche.