La muerte es algo simple

El viento agitaba las ramas del árbol de mandarina que estaba en el patio de la casa de Sofía, en una de cuyas ramas ella se mecía al vaivén de la brisa marina que arrastraba las historias que ella le hubiese gustado protagonizar. Llevaba bastante tiempo ahí, sin pensar en nada más que en cómo era acariciada por los dedos invisibles del viento y la sal marina, al mismo tiempo que los rayos del sol trataban de darle un poco de color a su piel pálida.

Se recordó de pequeña, con su grupo de amigos, plantando exactamente ese mismo árbol, encima del cadáver de su perro que había fallecido de viejo pocos días antes de ella cumplir los nueve años. Parecían tan pequeños, sin embargo, comprendían el dolor del luto y la muerte y ninguno necesito más consuelo que el ver crecer y dar frutos a aquel árbol que fue su primera creación.

-¿Sofía?

 

Sofía está en la cola del supermercado, delante de ella hay un tipo que la observa sin disimulo, se siente incómoda. Le pregunta que quiere. El hombre cohibido, dice cualquier cosa. Ella deja de prestarle atención en el momento mismo en que abre la boca.

“Solo no me mires por favor”, piensa mirando a otro lado y cubriéndose con los brazos. No le gusta que la observen.

La cajera la mira, el niño que empaqueta las cosas se ríe, Sofía sale de la cola del supermercado al ver que ha llamado la atención de más gente de la que desea y coloca sus víveres a un lado. Necesita salir ahí. Tiene un ataque de pánico.

Tropieza y eso hace que más gente la vea. Se siente estúpida. Agacha la mirada, camina rápidamente, necesita salir de tanta luz. No escucha la bocina que grita acusadoramente, ni siente el golpe de su cráneo contra la acera. Solo cae pesadamente, como mierda, haciendo un ruido extraño con el aire que sale de su estómago al sentir la dureza de la avenida. Es un chillido de cerdo en el matadero. Sonríe.

Y abandona su humanidad.

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A veces siento que no existo

-A veces siento que no existo- Flor se despierta al oírse hablar entre sueños, los ojos vacíos de Sofía le devuelven la mirada desde el sillón frente al televisor, sonríe sin ganas

-A veces siento que no es a ti a quien toco- La verdad es que Sofía está saturada con la personalidad de Flor, le agota la espontaneidad de ella, la falta de control sobre sus impulsos y sobre le molesta el desapego material. En un principio pensó que era una persona falsa, incapaz de mostrarse tal cual era realmente, pero con la sucesión de los días se dio cuenta de que era un rostro que no necesitaba maquillaje. Cómo un animal.

– ¿piensas en otra persona cuando me tocas? – Preguntó por preguntar mientras se levantaba de la cama y estiraba su cuerpo con agilidad, le dio un beso en la cabeza a Sofía a quien el cabello le olía delicioso por la crema de peinar que usaba y se dirigió a la pequeña cafetera conectada al lado del teléfono.

-No porque yo quiera, es porque nunca estás cuando hacemos el amor- En realidad quería ser hiriente, por un momento deseó ver una reacción humana en Flor

 – ¿Cómo sabes que no soy yo si no me conoces? – “¿Quién podría conocer a quién?” se preguntó a si misma dando un sorbo a su taza de café humeante,

-Te conozco. Lo único que no conozco de ti, son tus razones para ser quien eres- Fue entonces cuando Flor se dio cuenta de que Sofía se estaba despidiendo, ¿Qué hacía tan temprano sentada en el sillón? Y el café, nunca lo calentaba para ella.

– ¿qué es lo que recordaras siempre de mí?

 -Tu olor a tragedia…y ¿tu? ¿Qué recordaras de mí?”.

-Tu nombre- contestó flor sentándose a su lado.

Permanecieron en silencio un rato, viendo el cielo despertarse. Ninguna tenía nada que decir, nada de lo que pudieran decir era importante, así que se limitaron a despedirse en silencio hasta que Flor aburrida por la serenidad de sus energías se fue a dar una ducha.

El agua fría terminó de despertarla, dejó que refrescara su piel y se estremeció cuando le llegó el turno a la espalda. Era algo que le gustaba hacer, dejarse sorprender por la calidez de su dorso. Hizo espuma con la pequeña pastilla de jabón entre sus dedos y con movimientos rápidos limpió su cuerpo.

Cuando terminó de asear a conciencia cada rincón de sí misma, volvió a entrar en la habitación. Sofía había dejado una nota: “Nunca nadie sabrá quiénes somos porque solo existimos en el recuerdo ajeno.”  “Ha concluido el aprendizaje” se burló Flor sonriendo. “Solo yo comprendo la razón de mi muerte, solo yo entiendo por qué me aparto del mundo y la normalidad no terminará convirtiéndose en aberración para mí. Solo finjo que estoy viva. Que acepto el amor. La verdad es que me repugnan. Los humanos, me repugnan. Son tan…pasionales, vacíos y estúpidos. Yo también soy humana, es lo que más odio. Ser humana y tener que alimentarme. Por eso me alimento de otros. Me trae sin cuidado la puta vida, y sus formalidades. Soy solo un maniquí expuesto a la vitrina. Debo fingir una alegría que no hay dentro de mí y proyectarla en una sonrisa vacía que no expresan mis ojos. Solo así seré parte del circo. Solo así seré aceptable. Normal. Y no quiero eso para mí”

Flor volvió a sonreír, en realidad su amiga no había comprendido nada.

Sofía aun no cumplía diecisiete años cuando conoció a Flor. Se conocieron por casualidad, aunque Flor siempre dijo que las casualidades son parte del destino.

Sofía había bajado del jeep de sus padres al baño de una gasolinera.
Regresaban de unas inolvidables vacaciones de verano que ninguno de sus padres disfruto y que ella misma se esforzaba por amargar más durante el trayecto de regreso.

El calor del asfalto rebotó en su piel cuando abrió la puerta del automóvil, sus pesadas botas estilo militar la llevaron al baño que olía a lejía y jabón líquido de manos. El espejo del lavamanos le devolvió un atisbo de cansancio acumulado en los ojos, se refrescó el rostro con el agua de la llave y volvió a levantar la mirada para encontrarse con el fantasma traslúcido de Flor que le sonreía con sorna detrás de ella.

-Hola

Sofía no pudo evitar el ataque de tos producido por alguna gota de saliva mal ubicada que se atascó en su garganta. Flor también se sorprendió al entrar al baño y encontrarse con la figura gris de Sofía que tomaba agua de la llave y gruñía casi que maniáticamente. Se preguntó por los pensamientos de la chica.

La observó mientras tosía, los ojos negros de Sofía estaban cubiertos por varias mechas de su cabello pulcramente ordenado.

Esperó pacientemente a que Sofía terminara de toser, luego la agarró de la mano y ambas salieron corriendo. Sofía no preguntó a donde, porque realmente no le importaba. Cualquier cosa era mejor. Flor tampoco supo a donde, solo se dejó llevar. Se subieron al primer camión que pasó y se marcharon.

Sofía tenía miedo de sí misma y Flor alcanzó a comprender a aquella chiquilla de mirada opaca que se cubría con ropa ancha para no llamar la atención con su bien proporcionado cuerpo.

– ¿Cómo te llamas? – preguntó Sofía mientras abría la puerta de la habitación de un hotel de carretera.

– Me llamo Flor – contestó ella haciéndole una seña para que entrara.

– ¿Quién eres? – volvió a preguntar Sofía encendiendo un cigarrillo de liar que llevaba en el bolsillo del pantalón.

– Una pregunta bastante ingenua la verdad – respondió Flor botándole el cigarrillo – lo siento, el humo del tabaco me irrita el hígado – se disculpó encendiendo uno de sus eternos cigarrillos verdes.

– ¿Cuál es tu canción favorita? – Insistió Sofía

Flor sonríe, “Los adolescentes son fáciles de impresionar. Cambia la mentalidad de un adolescente y cambiaras el mundo”

– Yo me llamo Sofía – dice ésta observando los objetos a su alrededor.

-Sofía – repitió Flor – El nombre de Dios

Flor besa a Sofía, y a Sofía le agrada el contacto cálido de sus labios.

-¿Quieres comer algo?

-Lo que tú quieras comer.

-Solo carne – Dice Flor – solo como carne

Durante dos semanas y media contagiaron al mundo de su amor enfermizo. Flor le enseño a hacer el amor con amor y Sofía dejó de fumar. El problema de Sofía era ver un problema en cada situación, el problema de Flor era que el mundo le importaba poco, o nada.

Siempre

-Buenas noches Isaías, ¿qué tal?

Bien-hizo un gesto de cansancio- estoy revisando el informe del mes. Bárbara odia hacerlo, así que me lo delega a mí.

Ambos sonríen. Alex se coloca el uniforme rápidamente y empieza a sacar todo lo que utilizará durante la noche. ¿Se llamaba Flor, Dani, Allison, o Ana? La había visto en una película ¿o realmente la había besado? Entonces recordó la tarde en que ambos caminaban por la circunvalación, el ruido de los camiones que pasaban deprisa no los dejaba escucharse. Iban de la mano porque ella iba ciega. Se había cubierto los ojos diciendo que el reflejo del sol sobre el asfalto le quemaba los párpados, de repente ella brincó sobre sus hombros y Alex la llevó hasta el automóvil, un jeep, que él había comprado para satisfacer los impulsos de escapar que ella llevaba en las venas.

Habían dejado la radio encendida, Nirvana cantaba My girl y ella se quitó el trapo de los ojos bajó de su espalda y se sentó en silencio en el auto. “vamos” ordenó encendiendo otro porro. Alex obedeció. Encendió el jeep y condujo. Sin rumbo, ella en silencio, el parando de vez en cuando para llenar el tanque de gasolina o complacer cualquier petición de ella. Por tres días. Después nada. Se bajó y la volvió a ver una semana después con el cabello negro, vestida de blanco y descalza. “¿soy tu chica?” preguntó saltando ágilmente sobre su dorso, donde la sostuvo. “Siempre” contestó Alex.

Pero ella no quería ser su chica, ni de Alex ni de nadie. Ella un alma libre, jamás había pertenecido más que a ella misma. Incluso su cuerpo llegaba a ser una prisión para sí misma. Llevaba un tatuaje en el dorso: Juan 12, 25.

Aún la esperaba, en los momentos menos predecibles se descubría, pensando en ella, ¿Qué le diría si de repente saltara sobre él, como un gato que se esconde en las penumbras mientras acecha a su presa?

-Estoy buscando una canción-dice de repente sentándose al lado de Isaías. –Una canción que hable de mi. ¿Tú tienes una?

En la barra

“Hey, hombre de negro, regálame un poco de tequila”- pidió Bárbara. Él amplió su sonrisa, le preparó dos shots y ella se sentó en la barra encendiendo un cigarrillo bajo en nicotina. “¿Cómo te trata la vida Alex?” “Pensaba en mujeres” respondió Alex después de una breve pausa. “Lo complicadas que son ellas y al mismo tiempo lo encantadoras que llegan a ser.”
“¿A qué te refieres?” Bárbara miraba directamente a los ojos y Alex se sintió invadido.
“se llama Flor”, dijo el sonriendo con los ojos apagados. “tiene veinticinco años, es de Guatemala. Un fantasma. Es flaca y alta, muy delgada en realidad. Con un abrazo, desaparece en mi pecho y siempre anda tarareando canciones viejas. Le tiene miedo al mundo y por eso lo trata a patadas. Es una muñeca de porcelana, que refugia entre muñecas rusas para camuflarse. Salimos durante un mes. Ella después de hacer el amor, desaparecía en los humos de un porro. Un día simplemente no contesto mis mensajes y cuando trate de hablarle en la calle, frente a su casa, pareció no reconocerme. Tenía los ojos vidriosos y la mirada perdida” Alex habla sobre su tristeza y ella lo escucha en silencio tratando de parecer comprensiva. No le importa en realidad. Así es la vida. Unos nacen fuertes, otros débiles. Unos sobreviven, otros aprenden… otros simplemente no. finalmente, decide decir lo piensa, como siempre.
“¿Sabes Alex?, las mujeres somos en realidad el sexo fuerte, tenemos más tolerancia tanto a dolores físicos, como externos y sentimentales. Lo único en lo que somos débiles son los problemas psíquicos. Las mujeres morimos al romper aguas y damos un parte de nuestra alma a nuestros hijos al nacer. Pero el orden natural de las cosas, nos coloca, a todo el género femenino, un peldaño más abajo que el del masculino porque, nuestro género, es como los gatos: Maligno. Jugamos entre los límites del bien y el mal. Y no tenemos conciencia de esto. Para nosotras es natural, sin darnos cuenta que el otro género no lo percibe de igual modo”.
“¿y la culpa es de quién?” Preguntó Alex sonriendo. Las teorías conspiratorias de Bárbara resultaban un buen pasatiempo en las horas tediosas del bar.
“de absolutamente nadie, no existen los culpables. Juzgar no es necesario cuando se trata de ser realmente humanos. Como mujer acepto que necesito mi contraparte masculina, que me canaliza mis energías destructoras. Una mujer jamás debe tener poder. No distinguimos realmente el bien del mal, lo acomodamos a nuestra situación para salir airosas. Tenemos la conciencia más aguda, pero si llegamos a perderla…” luego sonrió y lo miró tímidamente “por eso Isaías esta siempre conmigo.”
Alex guardó silencio, viéndola pasar sin gesto el tequila, era el tipo de chica que aunque atractiva, nadie deseaba tocar, por miedo a sus demonios… que constituían el coro de ángeles que la guiaban.
“Buenas noches Alex-saludo Isaías sentándose al lado de ella. “Buenas noches Isaías, ¿qué tal? ”
“Bien-hizo un gesto de cansancio- estoy revisando el informe del mes. Bárbara odia hacerlo, así que me lo delega a mí. Ya trajeron la mesa que rompió la semana pasada la chica que bailaba sobre ella” Ambos sonríen.

¿Eres felíz?

“Hoy es veintisiete de agosto del dos mil doce” se dice organizando el bar, “antes de mi cumpleaños debo encontrar esa canción” Había leído en alguna parte, una revista tal vez, sobre una tribu africana que cuando un bebe nacía, se le cantaba una canción que había sido compuesta únicamente para él y que solo sería cantada en su sepultura, al momento de ser enterrado. “¿Por qué nacer en occidente, donde se había perdido la magia de la vida?” El universo está lleno de música para nosotros. Incluso el silencio, era parte del misterio. “¡el silencio es música señores!”. Que nadie lo dude.
Suspiró lacónico, preparó cubalibre para un grupo de excolegiales celebrando el reencuentro. Esperaba tener una noche movida. Caras, historias, gestos, sonrisas, miradas, parejas. Él observa desde su lugar de trabajo. Lo llaman Alex, las chicas le coquetean por tragos gratis y él sonríe guiñando el ojo derecho.
Es un hombre alto, de porte feroz, con más historias nostálgicas que cabello, sufre de repentinos dolores de cabeza y sufre de diabetes. Después de asegurarse de limpiar minuciosamente todo lo que compone el bar, cruza sus brazos y se para en mitad de la barra a esperar que llegue la clientela. Lo saludan con una palmada en el hombro, le preguntan por su hija, y piden una bebida mientras lo escuchan. Formalidad.
Todavía no era medianoche cuando llegó un grupo de universitarios, entre los cuales resaltaba una pequeña mujer con apariencia de niña, vestida de negro. Todos pidieron cerveza. Ella no. Prefería los cocteles. “Un mojito, por favor,” dijo sin sonreír. La mayoría de las mujeres lo hacen, como si les avergonzara o como gloriándose del hecho. Alex trató de perdurar el instante, ella observó atentamente su movimiento mientras él preparaba el trago. Yerbabuena, azúcar y limón, lo aplasta con el mortero, agrega hielo y ron para terminar y le da una pajilla. Ella levanta la mirada y sonríe: ¿es usted feliz? Y él contesta sonriendo: “lo soy”. ¿Lo era? La pequeña mujer se va. Saluda a alguien. A Bárbara.
Volvió a pensar en la canción, necesitaba una que hablara sobre él, que describiera como se sentía todos los días, desde que era niño.
“Hey, hombre de negro, regálame un poco de tequila”- pidió Bárbara. Él amplió su sonrisa, le preparó dos shots y ella se sentó en la barra encendiendo un cigarrillo bajo en nicotina.
“¿Cómo te trata la vida Alex?”
“pensaba en mujeres” respondió el después de una breve pausa. “Lo complicadas que son las mujeres y al mismo tiempo lo encantadoras que llegan a ser.”
“¿A qué te refieres?” Bárbara miraba directamente a los ojos y Alex se sintió invadido.

Alejandro

Alejandro enciende el televisor sin volumen, son las siete de la mañana y acaba de llegar de su trabajo y el frío que invadía la noche se le estaba adhiriendo a los huesos frágiles que había heredado de su madre.

Enciende la estufa y renueva el agua de la tetera para prepararse té y se sienta a escuchar la ciudad que apenas despierta de la noche del jueves. “Hará calor” se anuncia a si mismo observando el termostato que cuelga en su cocina, al lado del microondas. Marca veinticuatro grados centígrados. Su casa es fresca, nunca entra el sol por la ventana. Mientras esté a dentro, podrá evadir el calor sofocante de la ciudad que aún bosteza a esa hora del día. No tiene sueño y nunca duerme antes de las diez de la mañana.

Alejandro es barman de un club nocturno, el mas concurrido de la ciudad: un lugar donde los más variopintos personajes encontraban refugio para expresar libremente sus personalidades, o entrar en el personaje que sus máscaras les permitían proyectar. Todos en busca de algo: AMOR. Carnal o real, les traía sin cuidado. No se hacen tanto drama. Todos jóvenes. No como él, que tiene cuarenta y seis años. Cuarenta y seis y aun no encuentra el amor. Lo ha buscado toda su vida, en las miradas ansiosas de amantes ocasionales y la mirada escurridiza con la que terminaron sus tres ex esposas al divorciarse de él, en diferentes etapas de su vida.

Finalmente, después del té de manzanilla que lo ayudaba a relajarse, se recostó en el sofá y pudo dormir.

Cerca de las seis de la tarde, abrió los ojos con desgano.

“Otro día”, pensó mirando las manchas de humedad en el techo. Afuera el día que había comenzado muchas horas antes empezaba a culminar y el sonido de los roncos autobuses y los perros ladrando terminaron por despejarlo. Se levantó con lentitud de abuelo y aún sentado en el sofá-cama, arrastró sus pesados pies buscando las chinelas plásticas, todavía con los ojos cerrados, saboreando la hiel en su lengua y la sensación de estar vacío por dentro lo atacó nuevamente, obligándole a abrir los ojos al tiempo que inconscientemente se sobaba el estómago.

Caminó lentamente, abochornado: estaba viejo, sentía el mundo sobre sus hombros. Incapaz de continuar.

“Tengo cemento en las piernas” pensó sentándose mientras espera el auto bus. “tengo tapizado el corazón” había dicho una noche, después de hacer el amor. Ambos miraron la oscuridad en silencio, cuando despertó, ella ya no estaba. Se había marchado. Para no regresar. Su nombre era Flor. De ojos pequeños, cabello rubio y zapatos de tacón. A veces feliz, a veces triste. Nunca igual, siempre tan cambiante. ¿Pero cuando había sucedido? ¿Ayer, hace un año? ¿Dónde estaba la flor de mirada gris y espinas puntiagudas? ¿Había sucedido o la había imaginado?

No fue hasta que estuvo sentado en el minibús cuando se dio cuenta que aquella pesadez del cuerpo, la producía la multitud a su alrededor, los olores corporales, el tufo a coca masticada del chófer, los comerciantes con sus carros de fritangas, tripas y anticuchos, ofreciéndolos por la ventanilla; el par de niños sucios cantando alabanzas a cambio de monedas; los pasajeros parloteando, riñendo con el conductor por no parar en el lugar adecuado, bebés llorando, el caos musical de la radio y la juventud popular… Se sintió asqueado, bajó dos cuadras antes del “Estornudo de gato”, su trabajo, y las recorrió tratando de no visualizar la procedencia física de su desazón.  ¡Si pudiera huir! Como cuando tenía dieciséis años, simplemente empacó sus pertenencias en una valija de madera que perteneció a su abuelo y se fue. Se fue tan lejos como sus piernas le permitieron y solo regreso treinta años después cuando las heridas de la niñez por fin cicatrizaron. ¿Por qué resultaba tan difícil perdonar?

“Una canción. Una canción que me llene el alma, una canción que se pueda calificar como el himno de alguien; el mío. Una canción que sutilmente invada el corazón, y te sumerja en una especie de realidad alterna, donde eres y no eres tú” concluyó finalmente entrando al boliche de fachada negra y ventanas fosforescentes que anunciaban la apertura del local.

Espontaneidad

Sofía aun no cumplía diecisiete años cuando conoció a Flor. Se conocieron por casualidad en el baño de una gasolinera.Sofía bajó del un jeep de sus padres a lavarse el rostro después de una acalorada discusión. Iba descalza y llevaba un vestido blanco. Sus pies estaban tan negros que podría decirse que tenía una especie de capa “protectora” a su alrededor.

Sofía dejó que el agua fría la refrescara. Iba de viaje con su familia a las cataratas del Valle donde pasarían el fin de semana, eso le gustaba. La naturaleza.

Cuando levantó la mirada y la posó en el espejo que no solo reflejaba su rostro de cachetes prominentes sino también la mirada fría de un rostro pálido y sonriente que la observaba irónicamente.

-Hola.- Dijo el reflejo traslúcido y Sofía se atragantó con el agua que acababa de beber produciendo un ataque de tos.

Flor también se sorprendió al entrar al baño y encontrarse con la figura gris de Sofía que tomaba agua de la llave y gruñía imperceptiblemente.Observo mientras tosía, los ojos grises de Sofía estaban cubiertos por varias mechas de su cabello ensortijado que caían salvajemente a su alrededor y estaban empeñados de lágrimas.

Esperó pacientemente a qué el ataque de tos terminara, luego la tomó de la mano y salieron corriendo sin decir nada. Sofía se preguntó que tan real podía ser ese instante, dándose cuenta que realmente no le importaba ni la realidad ni el destino al que se dirigía. Cualquier cosa era mejor. Flor tampoco supo a donde, solo se dejo llevar por el impulso, se subieron al primer camión que les paró y se marcharon.

 

Marcela

Marcela salto en su skate sobre el bulto sangrante de la calle. Al principio pensó en un perro muerto, luego divisó los pies descalzos y pensó en un vagabundo. Después vio sus ojos abiertos y un hilillo sangre que fluía de su frente. Los ojos negros y sin vida la observaban desde el asfalto donde empezaba a aglomerarse la gente más que a socorrer a ver el daño causado. Nadie llama a una ambulancia. Ya la dan por muerta. A Marcela no le importa. Sabe que está muerta y que jamás había visto tanta alegría en los ojos de nadie.

Recoge su skate y se aleja del lugar. Su padre está de visita. Por eso ha salido de su casa. Él huye de los recuerdos ponzoñosos. De las historia de amor que lo hacen sentir miserable y los suspiros mal disimulados que utiliza cuando nadie le pregunta como está.

Marcela piensa en la muerta. ¿Qué había estado haciendo por ahí descalza? ¿Que planeaba para esa noche? ¿Quién la extrañaría?. También piensa en su propia muerte ¿la extrañaría alguien?, piensa en la muerte de su padre ¿lo extrañaría ella?.

La muerte. Tan sencilla, tan sincera y tan temida. No le importaba mucho que encontraría más allá, sino más bien como sería el momento, ¿sentiría miedo o placer? ¿En sus ojos quedaría marcado el último sentimiento  que dejara salir de su corazón?

Morir a los veintidós años era algo que entristecía a los más viejos. “En pleno apogeo de su vida” dirían algunos sacudiendo la cabeza con tristeza. Pura mierda. Morir a los veintidós era lo justo. Le gustaba la muerte. Jugar con ella. Recoger gatos callejeros y los mataba a golpes con sus propias manos. Por eso siempre estaba arañada y con motas de sangre.

Le gusta verlos morir, escupiendo sangre con los ojos dilatados, observando su propia muerte.

NADIE PUEDE HABLAR SIN EXPERIMENTARLA” garabateo en la pared. “¿las drogas o la muerte?” preguntó alguien saliendo de las penumbras. “Hola Isaías”  respondió ella sin mirarlo y guardando los aerosoles. “hola Marcela” responde el sonriéndole. Tiene una sonrisa bella. Al menos eso cree Marcela y se sonroja al verlo directo a los ojos. Se sientan sobre la vereda en silencio.

Ella enciendo un cigarro. Le gusta fumar en silencio.

Isaías no tiene nada que decir. ”me gustan tus silencios” murmura ella apagando el cigarro antes de llegar a la mitad. “espero a Bárbara” contesta Isaías. “¿Bárbara?” “mi pareja” explica el mirando con curiosidad la expresión huraña de Marcela. “he oído sobre ella” dice está al cabo de unos segundos. “¿la amas?” “si”. Esta vez el silencio es molesto.

el amor esta ligado con la muerte, solo los amantes que pierden trágicamente a su pareja lo comprenden. No se puede tomar a la ligera ninguna pretensión de amor. Decir te amo, es esperar en silencio la muerte.” Comenta ella encendiendo otro cigarrillo.

la muerte es solo un paso a la inmortalidad” responde el cruzando las piernas. “para asegurarla hacemos promesas de amor”

“los mortales somos demasiados ilusos creyendo que el amor existe.” Contraatacó ella poniéndose de pie. “el amor no es mas que la alegoría a las pasiones humanas.”

me da asco la palabra humanidad” responde Isaías parándose también.

Ella frunce el ceño, no es algo que el diga con frecuencia. No es algo que el realmente sienta. “estoy muriendo” piensa ella y sonríe.  Isaías no la mira. No le asquea la humanidad. A Bárbara, su diosa de marfil, le asquea.

Marcela se va sin despedirse. Camina lentamente, ondeando sus frágiles caderas huesudas. Sin mirar atrás, se pierde en la noche sin estrellas que cubre sus cabezas. No sabe a dónde va, ni le interesa saberlo, tomara alguna droga, pasara por algún bar, terminará teniendo sexo en el baño de algún bar y regresara a casa sin ningún sentimiento cerniéndose en su interior vacío. Ha oído tantas veces a su padre hablar de amor que ha olvidado su verdadero significado ¿acaso tiene alguno?