Una historia para Halloween (III)

El sábado no había mejorado la condición climatológica, la neblina comenzaba a volverse espesa y el frío de la noche anterior le provocó tantos calambres, que todavía sentía cierto dolor en los músculos. Mientras esperaba en la parada de autobuses, frotó sus manos enguantadas en busca de calor. Odiaba el invierno.

El paisaje gris de la ciudad que se extendía a su alrededor, le parecía descorazonador, aun las casas que de alguna manera intentaban resaltar con colores alegres parecía que con los días iban adquiriendo un tono grisáceo. El frío era un cáncer.

Aun el transporte público era embargado por un hedor a personas cansadas, a trabajos odiados y a hormonas adolescentes, las ventanas cerradas que evitaban que el aire circulara era una tortura a sus fosas nasales y el roce con las demás personas era demasiado incómodo.

Al bajar del autobús el frío chocó contra su rostro que enseguida enfrió sus orejas desnudas y la nariz se le enrojeció.

Carla lo espera con sus enormes ojos cafés en la entrada y sin decir nada tomó la maleta donde cargaba la ropa para los días que estaría junto al doctor. Hasta el momento no se había formado ninguna impresión sobre su trabajo o jefe. No le quedaba otra cosa que realmente darse a conocer y de cierta forma era algo positivo que se le hubiera pedido que se quedara algunos días con él.

—Esta noche se quedará en casa del doctor. Enviaré su equipaje. Por el momento diríjase al laboratorio.

 

Julio asintió y sin decir palabra hizo lo que se le ordenaba. El profesor estaba enfrascado en una conversación telefónica. Observó como este se desenvolvía fácilmente en el idioma en que lo hacía… tal vez alemán, tal vez ruso. Y aprovechó para ponerse el guardapolvo, desinfectar sus manos y ponerse los guantes de látex.

Se acercó a la jaula de los roedores. De alguna manera le fascinaba ver como los animales también tenían rasgos de personalidad que generalmente pasaba desapercibidos. Una de las ratas corría frenéticamente de un lado a otro, otra se llenaba los cachetes con semillas de girasol y aunque parecía que no entraría una más, ella simplemente hacía el espacio necesario y continuaba en su labor. Otra dormía y otra observaba desde un punto alto a las demás. El brillo rojo de sus ojos parecía estar analizando la situación y cuando la que corría frenéticamente se le acercó por casualidad, Julio tuvo la sensación de que el ratón adquiría una mirada desaprobatoria y que el chillido ronco que emitió no era algo común.

 

—¿Cómo se siente usted? — La voz del doctor le hizo sobresaltar.

—Doctor. Buenos días, muy bien, gracias ¿En qué le puedo ayudar hoy?

—¿No me escuchó usted ayer? En nada. Quédese por ahí, donde lo pueda ver. Luce cansado.

Julio sonrió. Sólo podía obedecer.

 

 

 

Al finalizar el día, Julio se sentía más cansado, pese a que no había hecho nada. No solo los músculos de las piernas le dolían, si no que podía sentir que su temperatura había aumentado. Posiblemente se resfriaría, pensó que era un mal momento para hacerlo, pues no quería ser un estorbo para el profesor.

El reloj marcaba las ocho de la noche, reprimió un bostezo y se acomodó en el sillón. No pudo evitarlo, se durmió en un parpadeo descuidado.

Anuncios

2 thoughts on “Una historia para Halloween (III)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s