Una historia para Halloween (II)

Una historia para Halloween (I)

En la universidad todos hablaban del Doctor Sanguijuela como un ser maligno y egoísta que disfruta de reprobar ensayos y tesis, pavonearse de su superioridad intelectual y estar presente en su aula sólo para realizar los exámenes. Eran pocos los que sobrevivían a sus clases y pese a todo era muy popular entre alumnos y profesores ya que cursar su materia era un privilegio, y más aún aprobarla, sus aportes a la institución, como dije antes, eran valiosos y el estado donaba constantemente recursos para el avance y desarrollo de la misma.

No se le conocía familia alguna y todo lo referente a su vida personal era completo misterio, la única persona que lograba sentirse sinceramente cómoda cerca de él, era su secretaria que parecía no tener mucho que decir sobre si misma o sobre el profesor. Ella también formaba parte del misterio.

Le habían apodado Doctor Sanguijuela porque con frecuencia su inmaculado guardapolvo blanco tenía motitas de sangre de los animales con los que realizaba sus experimentos. Los demás docentes siempre estaban puestos a servirles e incluso no veían inconveniente en realizar mandados para semejante genio. Aun cuando a veces había pequeños brotes de envidia que el ignoraba olímpicamente pues consideraba aquel sentimiento como algo banal y puramente humano. Él estaba por encima de aquella estupidez. Sobre todo, ahora que estaba a punto de lograrlo, que tenía en sus manos los resultados perfectos de su arduo trabajo. Incluso relegó su labor como docente a un sustituto provisional y se enfrascó durante meses en la fase de prueba.

Los primeros sujetos, ratones blancos, perecieron rápida y dolorosamente los primeros días. Llegó a desanimarse un poco, pero continúo cuando por accidente su pequeño minino bebió del té con leche que solía darle de alimento a los roedores. No supo inmediatamente si era la leche o la condición molecular del gato en cuestión, así que después de analizar su sangre y heces por varias semanas, realizó una necropsia que arrojaría los resultados más inesperados: Aquel día, su secretaria, había cambiado el té de frutos rojos por té común.

Mandó a comprar hojas secas de árbol de té en una tienda naturista y hojas frescas en un invernadero. Para medio día de aquel último soleado de noviembre, tenía potenciado y aislado cada uno de los compuestos químicos del bendito producto.

Fue una navidad adelantada… si celebrara la navidad.

Para enero el suero creado era demasiado perfecto, lo había logrado.

Lo único que restaba, era conseguir el sujeto de prueba perfecto.

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