Dulces y chocolates

Charla en el sofá (entrada anterior)

Despierto atolondrada, hay algo tibio en mi estómago: Chuchurrumí está enroscado en mi estómago y para no despertarlo me quedo mirando el techo. Hago lo que puedo, pero después de unos minutos mi cuerpo se impacienta y termino bajándolo al piso, lo que provoca una mirada enfurruñada del animal que se estira sobre sus patas y vuelve a enroscarse en mis pantuflas.

Voy a la cocina y saco pan, le unto mermelada de uchuva. Voy a abrir la nevera para sacar un poco de leche, y veo algo diferente en la puerta de ésta. Con marcador negro, en mayúsculas alguien ha garabateado: LO ESENCIAL ES INVISIBLE A LOS OJOS. A.S.E, y más abajo, entre paréntesis: Te espero ésta noche en la casa cultural del centro.

Como aún sigo algo atolondrada me meto bajo el agua fría de la ducha y me quedo así, dejándola caer sobre mí.

Como es sábado, mi hermana ha quedado en venir a limpiar y ver a su pequeña mascota, salgo rápido vestida como puedo para evitar encontrarme con ella. Realmente no me apetece verla.

No importa nunca la hora así que no llevo reloj, pero de un momento a otro me asalta afán por saberla y me reprendo a mí misma al descubrir que la ansiedad es porque de alguna forma quiero verte esta noche.

Al pasar frente a la catedral veo que apenas son las cuatro de la tarde y me meto a uno de los cafés de moda y saco el libro que llevo en la cartera. Pero por más que lo intento y por mucho que lo lea, no logro entender de qué se trata. Pido varios mates en el transcurso de tres horas y salgo a la calle en cuando todo se oscurece.

—¡Princesa! —Grita alguien tomándome el hombro—Hija, por fin, tengo algo que decirte.

—Hola madre—En realidad es una mujer que se ha encariñado conmigo, en sus alucinaciones cree ser una reina a la que han despojado de su reino y a mí. Si, ella cree que es mi madre. Incluso compra dulces y chocolates para dármelos.

—No me llames así en público, hay periodistas en todos lados, pensarán que eres muy informal. —Sonríe ella con cariño y me ofrece una bolsita plástica—No has venido mucho estos días, pensé que te habían vuelto a encerrar en los calabozos. Pórtate bien ¿Quieres? No hagas sufrir a mamá.

Ladeo la cabeza un poco irritada y no puedo evitar pensar en el pasado de aquella mujer. ¿Qué le había pasado para terminar vagando por las calles de la ciudad imaginando reinos e hijas perdidas? Veo la enorme gabardina caqui que siempre lleva puesta, aun en verano y le doy un beso en la mejilla. Huele bien.

—Me gusta que todos sepan que eres mi madre—Es la única persona con la que no me obligo a ser amable—Gracias por los dulces.

Ella se aleja dando pequeños saltitos y a mí me provoca ir a abrazarla, pero prefiero evitar encariñarme más de la cuenta con alguien que puede desaparecer de un momento a otro.

Son las siete y media, camino algo insegura hacia la casa cultural y me quedo en la vereda del frente observando a las personas que entran y salen. Caigo en cuenta, entonces, de la ropa que llevo: unos pequeños shorts que alguna vez fueron mis vaqueros favoritos, una polera negra con el logo de flema una banda punk argentina, mis botas de cuero y una chaqueta verde. El cabello lo llevo en un moño desordenado que amenaza con soltarse en cualquier momento.

No puedo evitar reírme fuerte. Me gusta desentonar y a veces llego a pensar que inconscientemente lo hago apropósito. Cruzo la calle y entro con las manos en los bolsillos.

 

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