La mascota y la hermana

Amaneceres (Entrada previa)

—Maggie despierta, traigo algo para ti — Me llamo Margarita, odio que me digan Maggie, como el caldo en cubitos.

—¿Qué quieres? —Gruño asomándome a la ventana. Mi hermana menor sonríe saludándome…casi que emocionada.

Suspiro malhumorada, por fin he podido dormir. Y soñaba, aunque ya no recuerdo de que se trataba, sé que era algo agradable…por la sensación de tristeza que me produce despertar. A veces pasa.

—¡Abre, por favor! —Grita dando pequeños saltitos—¡Traigo algo para ti!

Bajo las escaleras arrastrando los pies, saludo a mis vecinos que seguramente llegan o salen a almorzar y abro la puerta de mala gana.

—Te di una llave—Saludo sin evitar mirar una sospechosa caja que lleva en las manos.

—Vamos, subamos, tengo clases en una hora. Mamá te manda saludos.

Así es ella, un ventarrón. Un arcoíris de sonrisas y saltitos rosados que sonríe como si supiera algún secreto que los demás no.

La sigo devuelta al apartamento.

—¡Qué asco!, huele como si no hubieras limpiado en un mes.

—No he limpiado en un mes—Refunfuño sentándome en la única silla que no está llena de objetos—¿Qué mierda es eso? —Exclamo sobresaltada cuando un maullido estridente sale de la caja.

—No creo que sea un perro—Sonríe ella destapándola y dejando salir una maraña de pelos grises.

—¿En serio? —La miro cansinamente—No quiero un animal, por favor llévatelo.

—Ooh, Margarita mamá no me deja tenerlo. Te lo suplico, adóptalo… o por lo menos cuídalo hasta que le encuentre un lugar.  Limpiaré el apartamento todos los sábados, lo prometo.

Mi hermana.

Cuando yo tenía seis años, era hija única, me gustaba. Aunque mamá era un poco sobreprotectora, era delicioso no tener que compartir su afecto. Si, delicioso. Casi podía saborearlo.

Pero cuando nació, no pude evitar enamorarme de ese ratoncito amarillo y arrugado que sonreía como un anciano mueco. La amé en seguida… y exigí más hermanos desde entonces, aunque mamá no accedió.

—Limpiarás los sábados, traerás comida para Chuchurrumí (se llamará así), le enseñarás a dejar sus opiniones en su caja de arena (la cual comprarás tú). Usa tu tonta llave. Déjame dormir.

—Te amo—Brincó ella aplaudiendo emocionada más de la cuenta, como siempre—Aunque seas rara y no tengas amigos.

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