XXIV

—No, no es ella, mírale los ojos Gabriel. Algo tiene.

Mar tiembla y veo que sus uñas se ponen blancas al apretar mi brazo con dureza. Pero eso es todo, Jael parece tener convulsiones y sus enormes ojos se ponen en blanco, se eleva sobre sí misma y cae con un seco golpe en el piso. Puedo ver un hilillo de sangre brotando por la comisura de sus labios, me acerco aun cuando Mar trata de detenerme nuevamente y tomo su cabeza entre mis manos. Entonces ella vuelve abrir sus ojos desorbitadamente y balbucea algo incomprensible.

Rebeca que se ha asomado a la puerta, corre hacia la cocina y trae segundos después un vaso con agua, pero Jael sigue convulsionando en mis brazos tratando de comunicarse con nosotros. Mar se queda estática en su sitio, entiendo que esté asustada. Yo también he visto la fortaleza en Jael.

—Hay… hay que matarla—Digo por fin, horrorizado. —Éste podría ser el proceso de conversión. Mar, por favor, dime que estás de acuerdo. Ella no quiere vivir así.

Pero Mar no reacciona, solo deja que sus lágrimas fluyan mientras su cuerpo agarrotado persiste en la misma posición. Rebeca huye a nuestra habitación antes de que yo le pregunte y me quedo mirando el rostro verdoso de mi amiga que por fin se queda en calma y respira con regularidad, aun con los ojos abiertos enfrentando mi mirada atemorizada.

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