XXIII

Jael se ríe burlonamente viéndome desangrar, saca de mi estómago el machete que siempre lleva atado a la cintura y tras el arma, en completo desorden brotan mis tripas viscosas y tibias. Despierto.

Mañana tendremos un largo día, y no puedo dormir por los nervios.

—Gabriel, despierta, ¡Escucho algo! —Marcela a mi lado se levanta pesadamente. Trato de escuchar, pero solo hay silencio. Me pongo de pie y voy a la puerta, Mar tras de ella se sorprende al verme y antes de que le pregunte que hace ahí me hace una seña para que me calle y señala a la oscuridad. Hay algo dentro.

Jael aparece de repente del punto que ha señalado su amiga, tiene la mirada vacía y se queda parada frente a nosotros.

—¿Qué pasa? — Pregunto dando un paso hacia ella, pero Mar me detiene—Es Jael—Digo confundido.

—Soy Jael—Repite ella mirándome sin verme—¿Qué pasa?

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