El pueblo

 

 

Comienza la tarde a refrescar y los trabajadores de las fincas a llevar sus pesados costales cargados de los maduros granos de café. Entre risas y chanzas se encuentran frente a la báscula que les indica el peso, mientras el administrador anota en su cuaderno. El olor del agua de panela llega hasta ellos y algunos se apuran a lavarse las manos, hambrientos, y otros acercan sus sucios costales para terminar rápido.

El mes de agosto es frio, pero muy esperado, por el buen clima y las lluvias que ayudan a florecer los cafetales. Durante los meses previos han limpiado, abonado y cuidado de las plagas las plantaciones para poder tener un fruto de buena calidad. Y octubre finalmente ha transformado las blancas florecillas y las ha convertido en substanciosos frutos rojos que serán lavados, pelados, y puestos a secar el sol para finalmente venderlos a mayoristas que a su vez se encargarán de transportarlos a su destino final: fábricas que exportan el delicioso café colombiano.

En cuanto llegan a la casa del alimentador de la finca se sientan famélicos, en butacas de madera frente a una larga mesa que surge de la chambrana y cumple la función de mesa. Cómo es lunes, la cocinera les sirve un humeante sancocho de res acompañado de pequeñas arepas de maíz molido, medio aguacate, una generosa porción de arroz y agua de panela.

—Usted cómo siempre de linda con nosotros, esas manos que se las bendiga Dios—Don Ismael, el más anciano de los peones reunidos, siempre tiene flores para Martha. La cocinera responde con una sonrisa amplia y se sienta a un lado de su marido, que también es el administrador de la finca.

—Don Ismael respete, que a Santiago no le gusta mucho los lambones—Responde con inquina uno de los comensales dando su sonoro sorbo a su dulce bebida.

—Es cómo una hija—Contesta indiferente Don Ismael que hecha trocitos del aguacate dentro del sancocho y aparta la carne sobre el arroz.

—Más le vale Ismael—Se burla Santiago dándole un beso a su mujer permanece callada y observa el reloj, pues espera que sus hijos lleguen pronto de la casa de la vecina donde han ido a hacer las tareas de la escuela.

Cuando ya todos se han ido, la mayor de las niñas lava los platos con rapidez, mientras la otra barre el piso que ha quedado lleno de granos de arroz. La madre aún está afuera hablando con la vecina que las ha traído.

—Mamá imagínese que Lorencita ya tuvo bebé.

—Cómo le parece ¿ah? — Doña Martha acaba de entrar a la cocina—No mija, pobre muchacha, yo sólo espero que ustedes no me salgan con esas sorpresitas. Ahora, por lo menos esperemos que el papá del niño le responda, aunque sea con los pañales.

—Jum, pues dicen que el niño se parece a Alejandro Blandón, que nada que ver con el muchacho que ella dice que es el papá.

—Muchacha sinvergüenza, eso le pasa por culi pronta. Y en cualquier momento le chantan el siguiente hijo.

Mientras las hijas se le siguen contando a su madre las novedades que han recogido en la casa de la vecina, ésta misma camina en la oscuridad a grandes zancadas, pero con firmeza, pues conoce de memoria cada recoveco de la vereda donde ha crecido y de la cual no ha salido por más de un día.

«Descarada—Piensa para sí bajando por el deshecho que se dirige a su casa de madera, que se ve a lo lejos y donde dos solitarias velas alumbran el corredor—Si no le traigo a las culi-cagadas esas me las deja ahí cómo la otra vez. ¿Acaso yo le mando a mis hijos toda la tarde? Hay algunas madres que no saben para qué es que están.

Cómo si no tuviera suficiente trabajo, cómo si ellas fueran las únicas que tienen oficios y quehaceres en sus casas. Pero dígales algo, y termina una ganándose enemigos gratis.

En cualquier momento un accidente y claro las muchachitas en la casa, cómo si no tuvieran una mamá. No les da vergüenza… descarada»

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