Adioses

Lo único que dijo fue un comentario sobre la inseguridad pública del país. Había muerto el novio de su infancia, esa infancia que compartimos.

Los cuatro.

Temiéndole a la bruja de su madre que se quería llevar a Diana lejos de nosotros. Y ahora que había muerto, el alma de la bruja estaba dentro de ella, fría, vacía.

Mis padres nos dejaban hacer lo que quisiésemos, siempre y cuando estuviéramos bajo la línea de observación de ambos. Solíamos reunirnos con frecuencia en mi casa, después de la escuela e incluso jugábamos en los terrenos del hogar de Ramón.

Ramón era huérfano. Vivía en un orfanato, hoy estamos en su funeral.

El viento agitaba las ramas del árbol de mandarina que estaba en el patio de la casa hogar, en una de cuyas ramas me mecía, al vaivén de la brisa que arrastraba las historias que me hubiese gustado protagonizar. Llevaba bastante tiempo ahí, sin pensar en nada más que en cómo era acariciada por los dedos invisibles del viento y la sal marina, al mismo tiempo que los rayos del sol trataban de darle un poco de color a mi pálida piel.

Habíamos plantando aquel árbol, encima del cadáver de nuestra mascota, un pastor alemán que había fallecido de viejo pocos días antes de cumplir mis nueve años. Parecíamos tan pequeños, sin embargo, comprendíamos el dolor del luto y la muerte; y ninguno necesito más consuelo que el ver crecer y dar frutos a aquel árbol que fue nuestra primera creación.

Soy muy pequeña, tengo seis años aproximadamente. Es víspera de navidad y visitamos a los otros niños del orfanato. Viven en una institución mágica. Se trata de un palacio, escondido entre las montañas, a pocos kilómetros del mar. Se Puede oír desde las ventanas del comedor el soplo salado del viento.

Yo estoy mirando el mar, al borde un pequeño barranco lleno de vegetación. A mi lado, un árbol que recién he plantado. Un árbol de mandarinas, mi cítrico preferido. Observo en silencio el cielo nocturno que proyecta la osa mayor y la tatúa en mi corazón de niña feliz.

Pepe se sienta a mi lado izquierdo:

—Hola me llamo José, pero me dicen todos Pepe.

—Hola—Respondo sorprendida de compartir palabras con alguien mayor— ¿Vives aquí? ¿Dónde están tus papas?

Él tiene seis años más que yo, pero se ha quedado en una perpetua infancia, piensa como un niño de mi edad. Es que a mi edad se le acabo la infancia.  Yo aún ignoraba cosas como el concepto de realidad.

—No tengo padres, pero tengo dos hermanos. ¿Tú tienes alguno?

—No. Mi madre dice que todos ustedes son mis hermanos.

Pepe me abraza, está acostumbrado a ser el hermano mayor. Ese es otro concepto que jamás comprendí.

Camino lentamente sobre la vereda del cementerio que me conduce a la nueva morada de Ramón. Es una proyección de mi mente, él está a miles de kilómetros, nunca tendré la oportunidad de despedirme formalmente.

Tengo unas ganas intensas de llorar, por aquellos momentos perdidos en la memoria, pero me concentro en los que los años no han querido arrinconar.

Entonces yo solo era una chiquilla pequeña, quemada por el sol, de ojos saltones, adoradora del mango verde con pimienta y cabello revoltoso, que siempre vivía metida en problemas por mi anarquía prematura, con ellos.

 

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11 thoughts on “Adioses

  1. Me encanta, llenas el aire de magia con tus sencillas palabras. Se crea una atmósfera, una ensoñación que acaba envolviéndote. Lo he disfrutado mucho.

    Gracias.

    “Observo en silencio el cielo nocturno que proyecta la osa mayor y la tatúa en mi corazón de niña feliz.”

    Es precioso.

    Le gusta a 2 personas

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