IX

Sábado

27 de diciembre

 

 

Estamos solos.

Gabriel me mira aterrado, ya ni siquiera nos mienten con el avance de las vacunas, tarde o temprano seremos cuerpos putrefactos que vagan con los ojos vidriosos por la ciudad. Yo también tengo miedo.

—Tenemos que salir de aquí— digo de repente, sabiendo que es mejor morirse de hambre que salir.

Gabriel no contesta.

Si me voy él viene, eso lo sé, pero la cuestión es a donde ir. ¿Hay acaso un lugar libre de infección? Ni siquiera tenemos salida marítima para escapar a flote, esto es irreal.

Gabriel trae un mapa y me señala Tierra del Fuego, el sur del sur, sé que lo ha pensado antes pero aún no decide como llegaremos; las «personas» allá fuera son agresivas.

«Esto es cuestión de supervivencia» me digo tratando de calmar mi corazón desbocado y él tiene una idea:

—Tenemos que reunirnos con otros supervivientes, mientras más seamos, mejor. Es necesario incursionar en supermercados para tener recursos…— No puedo dejar de pensar lo idiota que suena. Poner un pie afuera es morir, o mejor dicho, vivir consumidos dando tumbos. Dudo que encontremos otros supervivientes, estamos solos y eso es porque no hemos salido en todo este tiempo. Los recursos que teníamos nos han alcanzado debido a mi escasa alimentación y a su abastecida alacena, pero ya no nos queda mucho. Aún así, no pienso resistirme. Le pido que me deje pensar, que algo se nos va ocurrir de un momento a otro, que necesito la cabeza fría porque estoy nerviosa.

Gabriel sonríe condescendiente. Me gusta su sonrisa de labios delgados. Me pregunta si quiero que ponga música y yo le digo que no. Entonces toma el diario de mi hermana y lee en silencio. Mientras lo hace, me doy cuenta lo derrotista que fue Leandra, porque cada vez que leo sus narraciones me encuentro preguntándome si merecemos este mundo. Tal vez ya es tiempo de darle la supremacía a una nueva especie.

Bueno, no es momento de distraerme, tenemos que salir de este lugar. Me alegro que Leandra haya muerto antes de toda esta porquería. Imagina, la pobre en este caos enloquecería.

Dejo de divagar espantando mis pensamientos con un sacudón de cabeza que me hace doler el cuello entumecido por la rigidez del encierro y me pongo manos a las obras ¿Qué es estrictamente necesario? Me quedo parada con la mochila estudiantil calculando mis opciones.

Supongo que el agua es lo primordial y algunas barritas de granola. ¿Ropa?, bueno, tal vez un par de bragas y una chamarra para las noches. ¡Ah! Y una linterna, pero no encuentro ninguna cerca, y bragas no tengo porque no estoy en casa así que me conformo con tres calzoncillos que robo del cajón de Gabriel sin que se dé cuenta y le pido la chamarra que me da sin problemas. Pero no hay ninguna linterna en casa. Maldito siglo XXI y sus celulares con linterna, también nos conformaremos con ellos hasta encontrar algún lugar para saquear, o hasta que se acaben las baterías de los teléfonos…

Que estúpida soy, si no veo a Gabriel escogiendo entre varios cuchillos de cocina, no me doy cuenta que en realidad eso es lo primordial, ¿Dónde deje mi sentido de supervivencia?

Pronto amanecerá y tenemos que aprovechar la luz del día para salir…en realidad no estamos seguros, pero intuimos que solo salen de noche. ¿No es gracioso como relacionamos la noche con las cosas malas? Otra vez empiezo a divagar, y me cuestiono hasta los suspiros de impaciencia que brotan ahogados de mi garganta, como si con ellos la luz solar se apresuraría. Gabriel parece tranquilo me sonríe y me da ánimos, pero sé que tiene tanto miedo como yo. ¿Qué hora es?

—Cinco veinticinco— Le respondo a mi pensamiento viendo el reloj que llevo en la muñeca.

—Falta poco— Me tranquiliza él poniendo su mano en mi hombro que se eriza.

—Sí. ¿Crees que no estén? — Tengo mucho miedo.

—Yo supongo que descansaran.

—Están muerto dudo que sientan cansancio…— No puedo evitar sonar malhumorada—¿Crees que encontremos otros… vivos?

—Tengo la misma pregunta— Ahora soy yo la que sonríe detectando un dejo cansino en su voz. Creo que yo también sueno igual, pero él aparta la mirada de mis ojos como sintiéndose culpable ¿será posible? Pobre chico, lejos de su familia. Espero que los míos no hayan sufrido tanto, la verdad es que no sabría qué hacer si me los encuentro, eso es lo que más temo…

—Ya hay luz, vamos. — Me levanto como empujada por un resorte, le tomo de la mano derecha y con la izquierda empuño un afilado cuchillo para carne, lo bastante grande como para hacerme sentir protegida. Afuera el sol apenas está saliendo, el cielo esta de color vino tinto y la luna menguante sigue presente en él. Poco a poco se va despejando dándole paso a un celeste ceniciento con puñaladas anaranjadas a lo largo del horizonte.

 

Caminamos con mucha precaución en un principio, pero a medida avanzamos nos damos cuenta que no hay nadie ni vigilándonos ni persiguiéndonos, aprieto con fuerza la mano compañera y me siento aliviada de estar a su lado.

—¿A dónde vamos? — Susurro sin detenerme

—No lo sé. Primero a buscar un supermercado, solo tenemos tus granolas y un par de latas de durazno.

Me dan ganas de cantar, pero me avergüenza hacerlo en público así que canto mentalmente mientras caminamos sin prisa por la avenida, pasando por el parque urbano.

—¿Crees que debamos ir al centro de la ciudad? — Me quedo callada tratando de poner lógica a mi respuesta. Es difícil pensar con cabeza fría cuando sensaciones contradictorias de miedo, felicidad y preocupación recorren mi cuerpo alborotado. «¿Debemos ir? Hay muchos ¿Y si…? »

 

Pero dejo de pensar en seguida, abro los ojos desmesuradamente y siento mis piernas flaquear, ellos se acercan a nosotros, salen desde una de las entradas de parque urbano. Nos estaban acechando todo el tiempo y no tenemos salidas, las dos calles están bloqueadas por horrendos muertos vivientes que se desplazan seguros hacia nosotros con su piel cetrina y sus ojos vacíos y marchitos.

—¡Corre! — Le grito soltándome de su mano, pero él también se ha dado cuenta que no tenemos salida y son demasiados, más o menos quince para cada uno, si nos deshacemos de ellos a un ritmo de uno por segundo….

Aprieto la empuñadura de plástico blanco de mi cuchillo y me detengo a esperarlos, no moriré sin dar guerra. No seré uno de ellos.

—¡Jael detrás! — Me doy la vuelta con brusquedad y siento las uñas afiladas de uno de ellos rasgándome la cara, pero se retira con rapidez cuando me ve tratando de darle un puñete. Soy muy lenta. Busco a Gabriel con la mirada. ¿Dónde está? Mierda, debe estar muerto y yo también lo estaré dentro de poco. Lanzo puñaladas al aire sin ver los objetivos, pero con el propósito de que no se acerquen demasiado a mí.

«¡Aaaaaaah!» Grito cuando siento que mi arma se atasca en uno de ellos y lo retuerzo para soltarlo, esperando que sientan dolor. Lo saco con rapidez y continúo blandiéndolo a diestra y siniestra indiscriminadamente. Y de pronto un ronroneo profundo, como de gato grande se acerca a nosotros y hace retroceder a los monstruos con su mirada sin vida.

 

Caigo al suelo y me siento sobre mi empeine, poniendo el dorso sobre mis rodillas y me cubro la cabeza con los brazos justo a tiempo para que una ráfaga furiosa de muerte se deslice encima mío. Tardo un rato en darme cuenta que ya no se escucha nada y levanto el rostro para encontrarme ante la mirada burlona de una chica afro.

 

—¿Necesitas invitación querida? —Se burla tendiéndome la mano.

—¿Dónde está Gabriel? — Me levanto buscándolo una vez más, pero no está.

Su mochila está en el suelo y yo tanteo la mía que aún sigue colgando de mi espalda.

—¿El chico? Muerto supongo, búscalo entre los caídos si quieres, pero te sugiero que subas, pronto vendrán más, el Hougan debe estar furioso. Vamos.

 

Hecho un último vistazo a los cuerpos mal olientes que aún se retuercen agonizantes… ¿puede morir algo que ya está muerto? y ¿Hougan?

Gabriel no está, pero decido irme, no quiero enfrentarme a una nueva… ¿manada?, de repente me siento cansada. Me subo sin rechistar a la motocicleta, una Honda, de carreras de obstáculos y aun aferrándome a la mochila de él, me dejo llevar por mi salvadora.

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