Historias de la guerra

Éste relato, ya lo había publicado. 

https://wordpress.com/post/lapoesademisovarios.wordpress.com/261

Hace poco la comunidad http://leeclaroscuro.com/ se puso en contacto conmigo para pedirme autorización de publicar mi texto y además tuvieron la delicadeza de editame. 

Agradezco mucho éstas iniciativas que promueven el imaginario de las personas que estamos tratando de ingresar a este mundo, pues es una forma de llegar a más lectores. 

Espero que sea de su agrado.

Historias de la guerra

 

Doña Consuelo batió el chocolate interrumpiendo la conversación mientras vertía gradualmente la leche en la chocolatera. Aunque apenas eran las tres de la tarde y el cielo encapotado junto con la humedad del ambiente las había reunido en la cocina para resguardarse del clima en busca del calor.

Mercedes tejía con sus nerviosos dedos de araña un interminable suéter y de vez en cuando echaba breves miradas a su celular que perdía la señal por el clima. Ramona parecía tener “un día de esos” y observaba atenta los movimientos de “las bichas”; unas lagartijas traslúcidas que cazaban insectos en el techo y que de vez cuando bombardeaban de excremento la estancia. Lucía, detrás de su computadora portátil, trataba de hacer un mapa conceptual, tarea de la universidad, pero su mente parecía divagar difusa en los recovecos de una mala situación reciente.

Doña Consuelo que siempre tenía una opinión sobre cualquier tema o un tema del que opinar, recordó sin venir a cuento:

“Cuando los tiempos de la violencia, no hace muchos años para olvidar, ni tan pocos para no contar, llegó a una de las fincas vecinas una pareja de casados con varios hijos. El hombre era ya mayor, tendría unos cincuenta y cuatro años o estaría por llegar ellos. Recuerdo que era de un vozarrón fuerte y una mirada arrogante, pero que trataba con cierta dulzura empalagosa a su mujer, poniéndonos los pelos de punta.

Tres de los niños que tenían no eran hijos de ella, los otros cuatro sí, todos eran varones, incluso el que venía en camino. Por alguna razón, quizá por chismosa o porque mi madre tenía algo que hacer en el pueblo, un día hablando y hablando con el dueño de la tienda en donde comprobamos la remesa los domingos; mi madre se enteró que no solo era la tercera esposa del recién llegado, sino que las dos anteriores habían desaparecido misteriosamente.

̶ Ojalá ésta no corra la misma suerte. ̶ Cuenta mi mamá que el tendero suspiró mientras exhalaba una bocanada de humo de su tabaco.”

Doña Consuelo sirvió sin ceremonia las cuatro tazas de chocolate caliente y dividió en porciones iguales un pan que se hallaba en el centro de la mesa. Mercedes sacó de la nevera un pedazo de cuajada que sumergió en su taza y reanudó su labor. Doña Consuelo se sentó en la cabecera de la pequeña mesa rectangular y sorbió ruidosamente la bebida caliente.

Lucía sonrió acomodándose los lentes, Doña Consuelo disfrutaba contar historias de su vida, pero más disfrutaba generar expectativas. La mujer era bajita, compacta, de hombros anchos y cabeza muy redonda. Aunque no era muy mayor, estaba en una etapa indefinida de la vida y llevaba la experiencia en una mirada cansina, a veces opacada por una risa aguda que soltaba de sopetón haciendo sobresaltar a sus interlocutores. Después de untar una porción del pan en el chocolate y de saborearlo con fruición, continuo:

“Pasado algún tiempo, yo ya tendría mi primer hijo cuando la zona fue ocupada por la guerrilla y su ley era la única ley que se podía respetar. Si alguien se robaba una gallina, o dos borrachos se peleaban en la cantina, o tal persona no podía pagar un adeuda…. ellos intervenían para solucionar o en muchos casos castigar.

La justicia no podía tomarse por manos propias y mucho menos se podía dar parte a la policía o el ejército nacional. Ellos eran la ley, y pobre del que no respetara esa simple orden. No era cuestión de estar o no estar de acuerdo.

Un día cualquiera el señor éste del que les hablo, llegó donde el comandante y denunció a su mujer por abandono, el hijueputa tenía vara con ellos porque algunos de sus hijos se habían unido a la milicia, no en esa misma zona, pero si en la misma guerrilla.

El comandante puso enseguida dos hombres a buscarla y después de unos días, llegaron con la noticia de que el sábado la habían visto bailando con un tipo del pueblo (así, así y asa) y que después habían salido juntos. Nada más.

̶ Hermano, su mujer se fue con el amante. No hay más que hacer. ̶ determinó el jefe guerrillero alzándose de hombros y lo despachó del campamento.

Las cosas se quedaron así por un tiempo, solo mi madre seguía con la intriga y un día que el mismo comandante bajó a cobrar su respectiva vacuna, entre tinto y tinto le preguntó, mi mamá, por el caso de “aquel vecino con la mujer desaparecida” y el guerrillero entre risas le contó lo que él mismo había mandado averiguar.

̶ La vieja se fugó con uno más joven, según nos confirmaron en el pueblo. ̶ ”

Doña Consuelo entrecerró los ojos mirando fijamente al vacío.

“Mi mamá se quedó callada un rato y luego volvió a tocar el tema preguntando como era el mentado amante a lo que el comandante respondió con la descripción que le habían dado sus subalternos, al oírlo mi mamá me mandó a llamar y me lo describió nuevamente a mí.

̶ ¿Conoces a alguien con esta descripción? ̶

̶ Sí señora, ese es Jetas el hijo de don Gustavo que lleva ya unos meses en la cama porque el toro lo tumbo en las corridas de San Martín. ̶

Mamá volvió a mirar fijamente a los ojos del comandante

̶ La mujer está muerta. ¿Dónde está enterrada? no lo sé, pero está en esa finca. La descripción que me da del dizque amante es la del ahijado de mi marido y a todos nos consta su convalecencia porque no fue hasta hace muy poco tiempo que recobró los recuerdos. No es la primera vez que a ese señor “se le pierde” la mujer. Es la tercera vez. Don Marciano el de los abarrotes me comentó en algún momento, que ya otras dos veces le ha pasado lo mismo y es por ello que tuvo que venirse de su tierra hace ya algunos años. Don Marciano es comerciante, se entera de las cosas, y yo aseguro que esa señora no abandonó jamás esa finca. Vaya, revise, investigue. Ella sigue ahí. ̶

Recuerdo que mamá cada vez que veía al comandante guerrillero le preguntaba por su vecina. Quizá por eso se decidió a buscarla. Puso alguno de sus hombres en la tarea y fue entonces cuando descubrieron que uno de los trabajadores del malparido ese, había hecho un hueco gigante, ancho y profundo donde echaban todos los desperdicios orgánicos”

̶ ¿Estaba allí? ̶ preguntó Mercedes apartando de sí la taza vacía.

̶ Espera ̶ dijo Doña consuelo y continuó: “Una tarde como a mediodía, el pueblo se llenó de guerrilleras. Todas esas mujeres marcharon con sus fusiles hasta la finca del tipo. Haga de cuentas unas doscientas mujeres, el único varón era el comandante.

Lo sacaron de la hamaca donde dormía la siesta y los escoltaron hasta el dichoso hueco que ya tenía maleza por encima y le ordenaron cavar.

̶ Así como la metió, la saca. ̶ El marica lloraba que no sabía de qué hablaban

̶ No se preocupe entonces mi señor, que, si no encontramos nada, mejor para usted. Tranquilo. ̶

El hombre cavó hasta que se cansó y enfrentó a las guerreras.

̶ No más, hijas de puta, no más. ¡Mátenme, pero yo, ya no cavo más, Mátenme! .̶

Pero el comandante intervino

̶ ¿Matarlo? ¿Cómo se le ocurre? Matarlo a usted es ensuciarse las manos, usted sáquela para darle cristiana sepultura. Ninguna madre merece desaparecer así. Aquí nadie lo va a matar, usted va a morir de viejo, solo y repudiado. ̶

El tipo cavó y cavó, todo el día. Empezaba a anochecer cuando finalmente sacó los restos de la que había sido su tercera mujer. Nadie le ayudó a sacarlos, nadie le ayudó a llevarlo hasta la casa, nadie le ayudó a organizarlos; nadie le ayudo, pero las guerrilleras estuvieron con él todo el tiempo. Cuando hubo terminado de acomodar el cadáver, lo sacaron, y lo golpearon hasta dejarlo una sola pulpa de carne sanguinolenta, todas y cada una de las guerreras se dieron el gusto de golpearlo. Luego se fueron, y con él se quedó solo una que le sanó las heridas físicas.

Por ahí anda aún. No abandonó nunca el pueblo porque esa fue la orden que le dieron, se remontó en la finca y no volvió a hacer contacto con nadie, excepto uno de sus hijos que de vez en cuando lo visitaba.”

Doña consuelo calló. Mercedes abrió la boca para contar una historia parecida o quizá para preguntar algo, pero el grito agudo de Ramona seguido de un plop las hizo levantar de sus sillas: Una de las lagartijas traslúcidas había caído en el centro de la mesa.

 

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