V

14 de enero del 2013

He cogido el diario de mi hermana antes de ir a la universidad, ella solo escribía historias, no hay ni una línea que exponga sus pensamientos o su cotidianidad. Aunque claro, es obvio que las historias se expresan por ella, lo malo es que me dan la sensación de que están incompletas, porque casi ninguna o ninguna, tiene un final. ¿Soñaba esto Leandra?

El profesor no llega a la primera hora y no tengo más clases hasta las seis de la tarde, decido ir a la biblioteca a pasar las horas leyendo algo, Tiberio no está enojado, está tan seguro de mí que cuando me ve me recibe con un beso que esquivo y me cuenta lo mucho que me extraño anoche, aunque no entiendo en que le beneficia mi compañía con mi humor.

Al cabo de una hora me dice que va a la cafetería y yo propongo alcanzarlo en un rato. Quizá sea buen momento para leer otro de los cuentos de mi hermana, aunque me doy cuenta de que no son apropiados para leer antes de almorzar. No son extrañas ni plagadas de seres anormales, hablan de situaciones reales, como fotografías de palabras. Eso es lo que no entiendo, ¿Por qué veía a la humanidad con tanta saña?

Un olor fétido me desconcentra, ¡puaj!, debe haber alguna rata envenenada en las estanterías ¿Dónde está la señora J. esta tarde? No la he visto al entrar. Me levanto de la silla y abandono indecisa la mesa más apartada, mi favorita. Entonces me fijo ¿Por qué esta todo desordenado? Llego hasta el escritorio de la Señora J.  Y lo encuentro revuelto, hay algo negro entre las solapas de una serie de libros. ¿Cómo puede ser tan descuidada?

– ¿Señora Justiniano?

Alguien se queja, un escalofrió me hace estremecer, el sonido es gutural, casi inhumano. La llamo de nuevo y todo sucede con rapidez.

La señora J.  O lo que queda de ella se abalanza sobre mí, le faltan pedazos carne en los brazos, hombros, y piernas, el vestido que lleva esta hecho jirones y sus ojos brotados están arrugados y gelatinosos, lo peor es la carne mortecina con moscas y gusanos dándose su festín mientras los agarres de sus manos antes temblorosas me atraen hacia ella, doblada de dolor. La empujo con una patada en el estómago, pero solo se tambalea y no me suelta, quiere morderme puedo oler su aliento asqueroso sobre mí y la golpeo con la enciclopedia del mostrador.

Maldito bicho de mierda. Mierda. Mierda… he matado a la señora J. con un libro. Una enciclopedia. Estoy confusa, ¿qué pasa?, puedo ver sus sesos viscosos desperdigados en el suelo y la pared, ¿en qué mundo vivo? Jael despierta. No, no estoy dormida he matado a la señora J. mis manos tiemblan y dejo caer la enciclopedia.  Tal vez debería limpiar mis huellas digitales de ella. Vuelvo a mi rincón preferido, me limpio la sangre coagulada de mis manos con la chompa.

Esto es irreal. Soy una asesina. Levanto el diario de mi hermana y leo.

Continúa la historia…

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