Lourdes

El veintisiete de octubre de mil novecientos sesenta y uno, poco después del mediodía, a la hora de la siesta cuando el calor se hacía insufrible y los gatos se asomaban en los tejados espantándose la modorra para aprovechar las cocinas vacías, Lourdes Mamani con las piernas abiertas, pujaba  sobre la cama de sábanas blancas manchadas de sangre y sudor, cerúlea por el esfuerzo de las contracciones, escuchaba el primer lloriqueo de su décimo hijo mientras se debatía entre la vida y la muerte por la pérdida de sangre producto del cuchillo de carnicero que trató de entrar por su entrepierna, tres horas antes.

La criatura amarillenta, de cuatro libras y media, berreaba entre sus brazos incapaces de llevársela al pecho para alimentarlo porque estaba segura de que algo se le había desgarrado por dentro y no tenía fuerzas ni para limpiarse los gruesos goterones de lágrimas amargas que recorrian sus mejillas, mirando disgustada el fruto maldito de su vientre.

Era una mujer fuerte de piernas gruesas y caderas anchas, de manos suaves y ceño resentido, que acababa de cumplir treinta años y se sentía tan gastada como una anciana centenaria. Pensó en el futuro del pequeño ser en sus brazos y sintió que una mano de dedos como el granito le apretaba el corazón, retiró al recién nacido de su lado y lo entregó a la enfermera que se lo devolvió con firmeza porque no entendía como una madre podría despreciar a su propio hijo, pero ella había cerrado los ojos y resoplaba con los labios temblorosos.

Lourdes había nacido en Sapanani, en una pequeña casa de adobe y bosta, perdida dentro de un bosque de eucalipto. Solía pastorear las ovejas de sus padres y recordaba con tristeza el viento frio de la montaña tacándoles los cachetes sonrosados con sus afilados dedos, era tan pequeña que se perdía entre las cabezas lanudas de sus animales con los cuales, hacia sus necesidades sin pudor, donde le atacaba la urgencia, con un pequeño cayado que servía para espantar alimañas ponzoñosas y regañar a los corderos traviesos que se escapaban de su límite.

Recordaba vagamente a su familia, tenía una abuela que esquilaba lana para tejer y andaba siempre con un bultito de coca en la comisura de los labios, era muy arrugada y encorvada, de vez en cuando solía desaparecer todo el fin de semana, para ser encontrada los martes en las chicherías vecinas.

De sus padres casi no se acordaba, rara vez los evocaba por añoranza, prefería evitar el último recuerdo en que ambos la habían llevado a la ciudad en un camión de construcción que solían utilizar como transporte. Era la primera vez que ella dejaba las altas montañas cochabambinas y estaba maravillada con la algarabía de la ciudad, le impresionaron las casas altas que tocaban el cielo, los automóviles que proliferaban en todas las direcciones, resonando agudamente cuando se amontonaban.

No podía creer que las niñas estuvieran vestidas de pantalón, y que algunas mujeres llevaran el cabello corto, sin trenzar y a veces más claro que el suyo. Era la locura y ella, que iba sujeta de la mano de su padre, señalaba a su hermanito que aun colgaba en el aguayo de su madre cada cosa nueva que descubría abriendo mucho los ojos y emitiendo pequeños grititos de impresión.

La sorpresa más grande fue cuando entraron a una de aquellas casas y una señora de cabello corto y amarillo, las recibió sonriente, les dio té y pan sin dejar de alabar la belleza de Lourdes a quien le agradó en seguida y se dejó conducir a otra habitación donde un bebe calvo y regordete dormía sonriendo. La mujer que le había pedido que la llamara tía, le preguntó si quería cuidar un rato a su guagua mientras ella y sus padres hablaban y durante un rato estuvo admirando los juguetes del pequeño. Pronto se aburrió de verlo dormir y cansada de esperar, salió de la habitación sin encontrar rastro de su familia.

La nueva tía, estaba en la cocina preparando un biberón de leche en polvo para su hijo y Lourdes con la mirada desenfocada y voz trémula preguntó por sus papás, años más tarde lo describiría como un golpe de realidad que la dejó sin aire durante días, y sin sacar ninguna lagrima escuchó como la tía, que ahora prefería que le llamase Señora, le explicaba que ahora ese era su hogar y que si se portaba bien y cuidaba al bebé, ella le daría bonitos vestidos y la llevaría a una escuela para que aprendiera las cosas básicas. Tenía, entonces ocho años recién cumplidos y usaba una hermosa pollera azul marino de gamuza y una blusa blanca con encaje en los bordes, su cabello era tan largo y espeso que las dos trenzas que colgaban a cada lado de su cabeza, parecían a punto de reventar.

Poco después la señora llevó a Lourdes consigo a otra ciudad más grande que la anterior y que la hacía sentir perdida por su falta de montañas y el calor que le obligaba a usar pantalones delgados y bañarse con frecuencia.

Lourdes estaba asustada como nunca, pero no lo demostró ni cuando al cumplir once años el esposo de la señora le levantó la falda del pijama, metió su serpiente en sus partes íntimas y la hizo delirar de fiebre y dolor por dos días, ni cuando en Rio de Janeiro, el niño que empezaba a dar sus primeros pasos se perdió en la multitud de veraneantes y horas después un policía del lugar lo encontró llorando en la playa.

Se adaptó fácil a su nueva vida, aunque odiaba ir al colegio donde los profesores le gritaban y amenazaban a punta de reglazos para que se aprendiera las tablas de multiplicar y, a multiplicar, pero ella sabía que su destino era como el de muchas otras como ella, casarse y tener hijos, ser una buena esposa y madre, y no veía la hora en que Jacobo, el bebé de la señora creciera para poder marcharse y enamorarse del príncipe de las películas que solía ver en sus ratos libres.

Junto con Lourdes, servía en la casa María, una negra yungueña que se encargaba de la cocina y la limpieza de la casa, a la que nunca dejaba entrar ni una mota de mugre. María era grande y generosa, la trataba como si fuera hija suya y los julios de heladas y agostos de ventiscas solía acunarla en sus brazos, acariciándole el pelo que le había cortado por la infestación de piojos enormes que no morían ni con kerosén.

Quedó embarazada a los quince años y sin mirarla a los ojos le confesó a su patrona que el hijo era de su esposo que todas las noches reptaba a su habitación, la doña enfurecida por el descaro y la difamación, arremetió contra Lourdes a bofetadas y la llevó donde su médico personal para que le realizara un aborto.

Mucho tiempo después Lourdes estaría convencida de que ese bebé no nacido había estado ahí para salvarla de la servidumbre, pero por aquel entonces lo vio como una abominación cuando se encontró en la calle con sus escasas pertenencias buscando sin resultado trabajo y a punto de prostituirse, asediada por el hambre, el cansancio y la necesidad.

Pero no era ese su destino, y una tarde de invierno se subió al auto bus que le llevaría la fatalidad disfrazada de conductor, con una sonrisa blanca y olor a tierra húmeda. Pedro la enamoró con coqueteos burdos que ella en su desesperación entrevió como galanteos de príncipe y tres meses más tarde esperaba su segundo hijo, del que Pedro dudaría hasta el momento del nacimiento cuando no cabía duda del parecido con el padre, quien a regañadientes le quitó el título de concubina a Lourdes y sin más trámites la llevó a vivir a un pequeño apartamento donde ella criaba gallinas y cerdos para la venta, medio por el cual solventaría por mucho tiempo los gastos de ambos, pues si Pedro no estaba sin trabajo o suspendido de la línea de autobuses, estaba endeudado hasta las pestañas en las cantinas o billares.

La primera golpiza fue cuando ella le advirtió que debían ahorrar porque se hallaba otra vez en cinta y estaba convencida de que se trataba de gemelos, Pedro asustado por la capacidad reproductiva de su mujer la lanzó contra la pared sin consideración y le sacó a patadas dos moluscos sanguinolentos mientras ella se retorcía de dolor y a gritos pedía clemencia; cuando dos vecinas intentaron ayudarla, ella les pidió con voz altanera que no se atrevieran a meterse en sus asuntos porque nada más eran problemas de pareja, pero para nadie fue un secreto los aullidos nocturnos, los ojos morados, los brazos enyesados, los otros seis bebes abortados, las ambulancias en su puerta, su mirada podrida, su cuerpo maltrecho, sus hijos mal alimentados, las borracheras semanales de él y sus apariciones violentas que eran cada vez más frecuentes, y las personas empezaron a cambiarse de vereda cuando ellos pasaban, mientras los vecinos cotilleaban de los intentos infructíferos del defensor del pueblo para ayudarle con la crianza de los nacidos vivos.

El día siguiente después del último parto, Lourdes llegó a su casa por medios propios, llevando en los brazos a su hijo, caminando con cuidado para no lastimarse los puntos de las heridas y entró en la casucha de alquiler donde el techo goteaba y los niños mocosos y afiebrados la recibieron famélicos y con la noticia de que su padre se había ido y los había dejado desde el día anterior solos en casa; con un suspiro de resignación, colocó una olla arrugada en la pequeña cocina de gas y se sentó a alimentar a la nueva criatura que aún no tenía nombre, mientras observaba a sus tres hijos mayores jugar con la tierra del piso de la cocina llena de cagantina de pollo.

A la luz de la única vela que tenía, preparó té de canela para compartir entre los tres infantes, añadió cuatro cucharadas soperas de azucar por cabeza para camuflar el amargo sabor del cianuro para ratas y sirvió una taza colmada por cada uno. Para ella, doble dosis, la cruda amargura final envuelta en un vaso de agua sucia.

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17 thoughts on “Lourdes

  1. Es el retrato de la sorda desesperación de una mujer que se precipita rodando por una escalera, peldaño a peldaño hasta recibir el golpe fatal. Me ha gustado mucho, aunque la frase final rechina un poco¿ A ver que te parece?:
    Tazas y un té de canela para compartir entre los tres infantes, anade cuatro cucharadas soperas de azucar por cabeza, una taza colmada por cada cual, disfrazas el amargo sabor del cianuro para ratas y para ella, doble dosis, la cruda amargura final envuelta en un vaso de agua sucia.
    O algo así.
    Aunque cada cual debe encontrar su propio estilo y el relato me parece estupendo. Casi parece que lo has conocido de primera mano.
    Un beso.
    El asesor puso contradicción en lugar de contracción, se ve que debe ser hombre.

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  2. En ocasiones, el almendro que ahora me presta su sombra se complace en gastar alguna broma y mezcla entre las dulces un fruto especialmente amargo.
    ¡¡Diantres, voto a brios que si no fuera por vuesa presencia en la mesa me despredía de su sabor a salivazos en lugar de ocultarme tras el paño las lagrimas de mi desesperación. Agua por dios, para pasar ese trago, con azucar por favor, que la lengua se me traba y me falta el aire!!. Jajaja.

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    1. Una niña nunca debería tener esos recuerdos. Soy padre. Aún así creo que haces muy bien en escribir sobre ellos.Me gusta escribir. Este relato destila sinceridad de sentimientos. Y ese es un añadido original que pocos escritores poseen.Un beso.

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  3. Es triste que una historia como la de Lourdes sea tan actual hoy como en tiempo de mis abuelos, y más terrible que todavía haya mujeres que se acepten la violencia como parte de los problemas de pareja…
    Es gran y fuerte historia bien contada. Saludos!!

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