I

-Estoy bien- pienso examinándome el cuerpo a sabiendas que no hay nada malo en mí, tengo los ojos cerrados sopesando la integridad de cada parte frágil que poseo -estoy bien- me repito y abro los ojos después de un leve parpadeo.

Tiberio y yo salimos desde hace cinco años y nos llevábamos bien aún, casi como dos hermanos…casi, porque de hecho me llevaba mal con Leandra. Tiberio es dos años mayor que yo y siempre ha sido mi vecino. Hasta ahí coincidimos perfectamente, el resto de nuestras características físicas, desde su piel sonrosada, su nariz aguileña, sus ojos verdosos y sus grandes orejas difieren con mi piel de negra, mis ojos marrones, mi nariz ñata y mis pequeñas orejas. Yo soy más alta que él, de porte delgado y fino, con la espalda demasiado recta y el cabello ondulado cayendo en desorden por mi espalda. Son mis orígenes caribeños claro, mis padres emigraron de Brasil cuando apenas estaban recién casados y cuatro años después nací yo.

Acabamos de salir del teatro y claramente estoy decepcionada, el público ha ovacionado la obra y los actores han sido amistosamente felicitados por sus interpretaciones. Yo me las arreglo para desaparecer del brazo posesivo de Tiberio, que me presenta con entusiasmo a muchos de sus compañeros, y me alejo por la calle Colón tratando de tomar algún taxi decente que me lleve a casa; pero pronto me doy cuenta que no es lo que quiero.

Me siento en uno de los descansos de una boutique de ropa femenina que antes había sido una discoteca y dejo correr una estúpida lágrima que recorre mi mejilla sin que yo haga nada para impedirlo.

Estoy enfadada, pero no sé porque, creo que tal vez estoy un poco desencantada con mis recientes descubrimientos. Trato de no pensar en ello, pero es difícil mantener la mente ocupada en otra cosa que no sea Leandra, mi hermana menor. Y aunque intento de comprender la razón de su corta vida, me doy cuenta que estoy en un laberinto sin salida, ella siempre fue criptica y difícil de entender, aunque estoy segura que yo jamás me preocupe por ponerme en sus zapatos…

Aparto la mirada de la calle desolada y me encuentro con el rostro preocupado de Camila

– ¿Jael, estás bien? ¿Te llevo a casa? – Pregunta tendiéndome la mano izquierda.

-Estoy bien- logro murmurar dándome la vuelta y dejando a la inoportuna Camila atrás.

Yo no soy así…yo no era así, pero ahora sí.

Entro al primer bar abierto que encuentro y me siento en la barra, pido una cerveza que no bebo, mientras solo escucho la música que hace vibrar la masa a mi alrededor. Es la primera vez que salgo en mucho tiempo, desde que Leandra desapareció. Pero no podría decir que salgo por placer, más bien diría que por necesidad, harta de ver los ojos hinchados de mamá y escuchar los susurros de papá para no molestarla. De repente mi casa parece un hospital sin enfermos. Me rio, tal vez si estemos enfermos, y mucho.

Continúa la historia …

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