II

La vibración de mi teléfono móvil me sobresalta y al ver el identificador de llamadas le cuelgo a Tiberio y lo apago.

-Realmente, pequeño imbécil, aprende a perder- espeto al celular y lo guardo en el bolsillo delantero de mis pantalones.

Varias personas hacen el intento de acercarse e invitarme una copa, pero mis miradas hostiles les hacen cambiar de opinión. Después del quinto tipejo cargoso que me llama engreída, abandono el local y camino por las calles vacías y mal alumbradas que reflejan la desorganización social de nuestras vidas fielmente reflejadas en los basureros vacíos y las aceras llenas de cigarrillos, latas de cerveza, condones usados, mierdas humanas en los rincones, niños encartonados para protegerse del frio incipiente de junio, platos plásticos de comida en las aceras y un gigantesco etcétera que continua varias cuadras más allá de mi ubicación. Nunca había logrado fijarme en eso, pero evidentemente, ahí estaban y a la sazón, recuerdo a Leandra leyendo el periódico de papá diciendo que “los periodistas cumplían el sagrado deber de desinformarnos con malas investigaciones” y dando ejemplos al azar que debatía con mi padre que terminaba por perder la paciencia.

Su última disputa fue a causa de los supuestos pagos excesivos que la alcaldía daba a quienes se encargaban de limpiar la ciudad durante la noche y comparándolos con los elfos domésticos de Harry Potter que estaban ahí para hacer sus deberes en la oscuridad, sin que los viéramos y eran fácilmente olvidados apenas despuntaba el alba, cuando empezaba la rutina de los ciudadanos que dejaban una nueva y gigantesca oleada de porquería en las calles.

Mi madre, que siempre fue diplomática y prefería no escuchar a papá y a mi hermana discutir “lo que una niña de trece años no debía estar pensando”, sobre todo por que sus “ataques verbales” no tenían razón ni son, le pedía a Leandra que diera una solución lógica y ella respondía sin que le temblara la voz que en vez de alimentar gratuitamente a los presos y compadecerse de sus precarias condiciones, debían ponerlos a trabajar para la sociedad que había sido víctima de sus fechorías.

Yo la miraba tratando de comprender lo que su impúber cabecita podría estar maquinando cada segundo, sin comprender porque comparaba elfos domésticos con empleados pagados y sin entender sus extrañas preocupaciones por aquella sociedad que no era la nuestra.

Y viene a mi mente otro flash-back de Lucia, la madre de Camila, preguntándole a madre por mí y Leandra, y mi orgullo al escucharla contestar que Leandra estaba en una etapa rebelde, que no quería que nadie la entendiera y que ojala las cosas fueran como conmigo a su edad que discutía con mi padre por diferencias de convicciones y de pronto me encuentro pensando que las únicas discusiones que tenía con mis padres era sobre mis horarios, mis salidas con mis amigos, mi novio, y el esmalte negro.

Camino por las calles desiertas de la ciudad que parecen resguárdame en sus brazos difamados mientras yo cavilo sobre mi hermana “la rebelde”, mi pequeña hermana de trece años que apenas hace dos días enterré a la sombra de un árbol de Toborochi.

Inconscientemente me llevo la mano al bolsillo del pantalón donde tengo la nota de mi hermana que dejó en mi habitación poco antes…de morir y un escalofrió recorre mi columna cuando recuerdo mi voz seca leyéndolo ante todos, después de releerlo muchas veces antes, con la esperanza de entender a Leandra. Releo las palabras escritas con su caligrafía larga e imprecisa.

Continúa la historia…

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