Naomi y el reo

La primera vez que vio a Naomi, Él se dio cuenta que nunca la olvidaría. La flacucha y pecosa mujer lo miró directo a los ojos al tiempo que mostraba una delicada sonrisa en sus sonrosados labios. Naomi era bella.

Él estaba herido, apenas había podido huir de un enfrentamiento armado. El ejército nacional encontró la manera de emboscarlo en lo más profundo de la selva y el horror se desató. Él, que solo era un médico, no cargaba nunca armas y fue uno de los primeros en caer herido. Sin embargo la herida de bala no fue mortal porque el proyectil se había incrustado en su clavícula. Solo tuvo el ánimo suficiente para tirarse rió abajo y asirse a un tronco que flotaba a la deriva.

Escuchó un cuchicheo cerca de su oído y abrió los ojos desorbitados. Una mujer joven de larga cabellera azabache le sonreía con las manos estiradas sobre la herida sin tocarla. “solo es una oración. Para que dejes de sangrar. Estamos lejos del pueblo, pero en nuestro equipo viene una médica. ¿Entiende lo que le digo?” ella sonreía como si el hecho de ayudar a alguien fuera suficiente motivo para estar feliz. “Mi nombre es Naomi. Soy misionera.” Él trató de hablar confundido, en algún momento de la noche o día anterior creyó morir y ahora se encontraba en medio de la nada, con una mujer sanándolo. “Florecita” susurró Él tratando de sonreír en medio de su confusión.

Naomi. Aun años después, el único recuerdo que mantenía aun puro y a detalle era a Naomi. El pelo de Naomi. Los labios de Naomi. La mirada de Naomi. La dulzura de Naomi.

El camino parecía no llegar a ningún lugar, no llevaba trece kilómetros recorridos cuando sus piernas flaquearon vencidas, derrumbándose en la pedregosa carretera; al borde de una roca plana y recalentada por el asfixiante sol del mediodía. Florecita ya no estaba acostumbrado a recorrer grandes distancias y sentía el esfuerzo descomunal de sus pulmones en búsqueda de oxigeno mientras goterones de sudor serpenteaban sobre sus facciones. Inhalo entrecortadas bocanadas de aire para recomponerse y una vez más, volvió al camino. Pero no terminó de dar el tercer paso cuando el cuerpo como modo de protesta lo obligo a abrir desmesuradamente la boca para expulsar su propia bilis.

El sabor acre en su lengua pastosa produjo nuevas arcadas que solo botaron una saliva espesa que se dejó resbalar por la barbilla y luego limpio con el reverso de la camisa. Una vez más, se planteó la idea de regresar a su celda de castigo.

Durante sus años de encierro aprendió a controlar los impulsos de su cuerpo, adquirió un matiz sombrío en su rostro de adolescente perdido y adopto la expresión huidiza de los roedores, como si no se encontrará en paz dentro de su propio cuerpo. El doctor de ideas firmes y convicciones claras había desaparecido para siempre y en cambio solo se encontraba el despojo de un pasado clandestino. Era un grano de arena del desierto, perdido en una tormenta lejos de su hogar.

Se reconfortó recordando la neblina de la mañana que cubría los cafetales, las hojas verdes que escondían los pequeños y jugosos frutos rojos; la tierra humedecida por el roció matutino y la campanilla invitándoles al hogar para descansar y alimentarse. Extrañó al niño que fue. Pensó con tristeza en el árbol de chicharras sonando en la lejanía, en el resplandor sensual de la luna iluminando los caminos y trochas, y que él lograba ver desde el filo de la montaña donde vivía, dibujando figuras libidinosas y abstractas en las formas cotidianas de sus días.

Creció viendo a su padre trabajar la tierra, consentir sus plantas y animales, cosechar el fruto de su esfuerzo y rebuscarse la manera de mantener con estudios y bien alimentado a sus quince hijos. Hubo noches que pasó en vela decidiendo con su mujer que hacer con el siguiente hijo, mandando a los mayores a buscarse la vida en ciudad, de sirvientas, de albañiles, de agricultores, de cocineras. Pero no era suficiente. Y él lo veía como un círculo vicioso del que era imposible salir.

Durante años, se dedicó a sus estudios, se esforzó por estar siempre entre los mejores y cerca de sus educadores, pronto se convirtió en uno de los estudiantes de referencia de la universidad. Florecita terminó por llamar la atención tanto de hospitales privados como de revolucionarios estudiantes inconformes con el sistema.

Dicen que la vida siempre nos da dos caminos a elegir, Florecita tuvo que optar entre ser un campesino aburguesado sin deudas o vivir en la clandestinidad de la revolución que se fraguaba entre cuchicheos por los salones de la universidad, las bohemias cafeterías de la ciudad y el propio corazón descontento de sus condiscípulos. No le fue difícil elegir.

La noche se hizo su amiga, las reuniones en garajes, las palabras claves, los mensajes encriptados, las manifestaciones, las propias opiniones, los discursos. El país entero era una revolución. Una rebelión gestada por la gente joven de la época, doliente de su propia realidad, consciente de las diferencias de las clases sociales, del trabajo campesino, del acaparamiento del producto y la materia prima en las grandes ciudades, el alza de precios, impuestos, valores. No supo en que momento empezó a indignarle, en qué punto exacto percibió las discrepancias de la sociedad y empezó a analizar el sistema instaurado, pero a medida que se sumergía en este mundo clandestino más ganas tenía de levantar la voz para ser escuchado.

Al terminar la universidad había pasado más noches en el calabozo por revoltoso que en el hospital haciendo las prácticas del internado médico. Sus calificaciones eran perfectas pero se le pidió recoger el cartón del diploma en horas de la mañana y no participar de la ceremonia. “compañero, ¡es el miedo de los burgueses a que dejes escuchar tu voz delante de sus borregos recién graduados y listos para el matadero de espíritu que es nuestro sistema!”

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