Historias de la guerra

Éste relato, ya lo había publicado. 

https://wordpress.com/post/lapoesademisovarios.wordpress.com/261

Hace poco la comunidad http://leeclaroscuro.com/ se puso en contacto conmigo para pedirme autorización de publicar mi texto y además tuvieron la delicadeza de editame. 

Agradezco mucho éstas iniciativas que promueven el imaginario de las personas que estamos tratando de ingresar a este mundo, pues es una forma de llegar a más lectores. 

Espero que sea de su agrado.

Historias de la guerra

 

Doña Consuelo batió el chocolate interrumpiendo la conversación mientras vertía gradualmente la leche en la chocolatera. Aunque apenas eran las tres de la tarde y el cielo encapotado junto con la humedad del ambiente las había reunido en la cocina para resguardarse del clima en busca del calor.

Mercedes tejía con sus nerviosos dedos de araña un interminable suéter y de vez en cuando echaba breves miradas a su celular que perdía la señal por el clima. Ramona parecía tener “un día de esos” y observaba atenta los movimientos de “las bichas”; unas lagartijas traslúcidas que cazaban insectos en el techo y que de vez cuando bombardeaban de excremento la estancia. Lucía, detrás de su computadora portátil, trataba de hacer un mapa conceptual, tarea de la universidad, pero su mente parecía divagar difusa en los recovecos de una mala situación reciente.

Doña Consuelo que siempre tenía una opinión sobre cualquier tema o un tema del que opinar, recordó sin venir a cuento:

“Cuando los tiempos de la violencia, no hace muchos años para olvidar, ni tan pocos para no contar, llegó a una de las fincas vecinas una pareja de casados con varios hijos. El hombre era ya mayor, tendría unos cincuenta y cuatro años o estaría por llegar ellos. Recuerdo que era de un vozarrón fuerte y una mirada arrogante, pero que trataba con cierta dulzura empalagosa a su mujer, poniéndonos los pelos de punta.

Tres de los niños que tenían no eran hijos de ella, los otros cuatro sí, todos eran varones, incluso el que venía en camino. Por alguna razón, quizá por chismosa o porque mi madre tenía algo que hacer en el pueblo, un día hablando y hablando con el dueño de la tienda en donde comprobamos la remesa los domingos; mi madre se enteró que no solo era la tercera esposa del recién llegado, sino que las dos anteriores habían desaparecido misteriosamente.

̶ Ojalá ésta no corra la misma suerte. ̶ Cuenta mi mamá que el tendero suspiró mientras exhalaba una bocanada de humo de su tabaco.”

Doña Consuelo sirvió sin ceremonia las cuatro tazas de chocolate caliente y dividió en porciones iguales un pan que se hallaba en el centro de la mesa. Mercedes sacó de la nevera un pedazo de cuajada que sumergió en su taza y reanudó su labor. Doña Consuelo se sentó en la cabecera de la pequeña mesa rectangular y sorbió ruidosamente la bebida caliente.

Lucía sonrió acomodándose los lentes, Doña Consuelo disfrutaba contar historias de su vida, pero más disfrutaba generar expectativas. La mujer era bajita, compacta, de hombros anchos y cabeza muy redonda. Aunque no era muy mayor, estaba en una etapa indefinida de la vida y llevaba la experiencia en una mirada cansina, a veces opacada por una risa aguda que soltaba de sopetón haciendo sobresaltar a sus interlocutores. Después de untar una porción del pan en el chocolate y de saborearlo con fruición, continuo:

“Pasado algún tiempo, yo ya tendría mi primer hijo cuando la zona fue ocupada por la guerrilla y su ley era la única ley que se podía respetar. Si alguien se robaba una gallina, o dos borrachos se peleaban en la cantina, o tal persona no podía pagar un adeuda…. ellos intervenían para solucionar o en muchos casos castigar.

La justicia no podía tomarse por manos propias y mucho menos se podía dar parte a la policía o el ejército nacional. Ellos eran la ley, y pobre del que no respetara esa simple orden. No era cuestión de estar o no estar de acuerdo.

Un día cualquiera el señor éste del que les hablo, llegó donde el comandante y denunció a su mujer por abandono, el hijueputa tenía vara con ellos porque algunos de sus hijos se habían unido a la milicia, no en esa misma zona, pero si en la misma guerrilla.

El comandante puso enseguida dos hombres a buscarla y después de unos días, llegaron con la noticia de que el sábado la habían visto bailando con un tipo del pueblo (así, así y asa) y que después habían salido juntos. Nada más.

̶ Hermano, su mujer se fue con el amante. No hay más que hacer. ̶ determinó el jefe guerrillero alzándose de hombros y lo despachó del campamento.

Las cosas se quedaron así por un tiempo, solo mi madre seguía con la intriga y un día que el mismo comandante bajó a cobrar su respectiva vacuna, entre tinto y tinto le preguntó, mi mamá, por el caso de “aquel vecino con la mujer desaparecida” y el guerrillero entre risas le contó lo que él mismo había mandado averiguar.

̶ La vieja se fugó con uno más joven, según nos confirmaron en el pueblo. ̶ ”

Doña Consuelo entrecerró los ojos mirando fijamente al vacío.

“Mi mamá se quedó callada un rato y luego volvió a tocar el tema preguntando como era el mentado amante a lo que el comandante respondió con la descripción que le habían dado sus subalternos, al oírlo mi mamá me mandó a llamar y me lo describió nuevamente a mí.

̶ ¿Conoces a alguien con esta descripción? ̶

̶ Sí señora, ese es Jetas el hijo de don Gustavo que lleva ya unos meses en la cama porque el toro lo tumbo en las corridas de San Martín. ̶

Mamá volvió a mirar fijamente a los ojos del comandante

̶ La mujer está muerta. ¿Dónde está enterrada? no lo sé, pero está en esa finca. La descripción que me da del dizque amante es la del ahijado de mi marido y a todos nos consta su convalecencia porque no fue hasta hace muy poco tiempo que recobró los recuerdos. No es la primera vez que a ese señor “se le pierde” la mujer. Es la tercera vez. Don Marciano el de los abarrotes me comentó en algún momento, que ya otras dos veces le ha pasado lo mismo y es por ello que tuvo que venirse de su tierra hace ya algunos años. Don Marciano es comerciante, se entera de las cosas, y yo aseguro que esa señora no abandonó jamás esa finca. Vaya, revise, investigue. Ella sigue ahí. ̶

Recuerdo que mamá cada vez que veía al comandante guerrillero le preguntaba por su vecina. Quizá por eso se decidió a buscarla. Puso alguno de sus hombres en la tarea y fue entonces cuando descubrieron que uno de los trabajadores del malparido ese, había hecho un hueco gigante, ancho y profundo donde echaban todos los desperdicios orgánicos”

̶ ¿Estaba allí? ̶ preguntó Mercedes apartando de sí la taza vacía.

̶ Espera ̶ dijo Doña consuelo y continuó: “Una tarde como a mediodía, el pueblo se llenó de guerrilleras. Todas esas mujeres marcharon con sus fusiles hasta la finca del tipo. Haga de cuentas unas doscientas mujeres, el único varón era el comandante.

Lo sacaron de la hamaca donde dormía la siesta y los escoltaron hasta el dichoso hueco que ya tenía maleza por encima y le ordenaron cavar.

̶ Así como la metió, la saca. ̶ El marica lloraba que no sabía de qué hablaban

̶ No se preocupe entonces mi señor, que, si no encontramos nada, mejor para usted. Tranquilo. ̶

El hombre cavó hasta que se cansó y enfrentó a las guerreras.

̶ No más, hijas de puta, no más. ¡Mátenme, pero yo, ya no cavo más, Mátenme! .̶

Pero el comandante intervino

̶ ¿Matarlo? ¿Cómo se le ocurre? Matarlo a usted es ensuciarse las manos, usted sáquela para darle cristiana sepultura. Ninguna madre merece desaparecer así. Aquí nadie lo va a matar, usted va a morir de viejo, solo y repudiado. ̶

El tipo cavó y cavó, todo el día. Empezaba a anochecer cuando finalmente sacó los restos de la que había sido su tercera mujer. Nadie le ayudó a sacarlos, nadie le ayudó a llevarlo hasta la casa, nadie le ayudó a organizarlos; nadie le ayudo, pero las guerrilleras estuvieron con él todo el tiempo. Cuando hubo terminado de acomodar el cadáver, lo sacaron, y lo golpearon hasta dejarlo una sola pulpa de carne sanguinolenta, todas y cada una de las guerreras se dieron el gusto de golpearlo. Luego se fueron, y con él se quedó solo una que le sanó las heridas físicas.

Por ahí anda aún. No abandonó nunca el pueblo porque esa fue la orden que le dieron, se remontó en la finca y no volvió a hacer contacto con nadie, excepto uno de sus hijos que de vez en cuando lo visitaba.”

Doña consuelo calló. Mercedes abrió la boca para contar una historia parecida o quizá para preguntar algo, pero el grito agudo de Ramona seguido de un plop las hizo levantar de sus sillas: Una de las lagartijas traslúcidas había caído en el centro de la mesa.

 

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Saluditos

¡Hola a todos!
Antes que nada quiero ofrecer mi eterno agradecimiento a quienes por mensaje privado o público han tenido la cortesía de señalarme los puntos a mejorar en mi escritura. Son, como ya lo he dicho antes, muy importante para mi sus opiniones que me ayudan a mejorar.

Aprecio de corazón, sus comentarios y aunque tengo  545 seguidores, los 16 o 20 que me leen fielmente me enorgullecen, pues de alguna manera siento que invado un pequeño espacio de su día.

Durante ésta semana, y quizá la otra, no estaré publicando nada. Por asuntos laborales tendré el tiempo muy copado. (Solo dejo programada una entrada para el 30 de agosto)

Aún así corregiré los textos que me han pedido que revise y aprovecharé para poner en práctica algunos consejos y trucos que he recibido el día de hoy en el Facebook de la poesía de mis ovarios.

No siendo más, les deseo a todos un bello comienzo de semana, ya nos pondremos al día.

Besos

V.

VIII

Lunes

10 de marzo, 14

…Por otro lado en pleno corazón de América del Sur un agente infeccioso se esparce con rapidez catastrófica. Lo que se creía un simple brote de rabia canina, se ha transformando en una amenaza mundial que recluye en cuarentena a los habitantes del país. La enfermedad es mortal y aun no se ha podido determinar el origen. Las autoridades declaran que el aislamiento continuara hasta nuevo aviso.

los países vecinos no se han hecho esperar ante el llamado de auxilio y aunque el cierre de fronteras es un hecho, no dejan de enviar paquetes con víveres y medicinas, a la vez que reúnen a sus mejores científicos para la creación de una vacuna que evita la propagación de esta enfermedad…

Jueves

26 de julio, 14

…la intervención de países europeos. Se prevé que ochenta y cinco por ciento de la población ha sido infectada a la vez que los países colindantes piden cumbre en las Naciones Unidas para ver qué tipo de decisiones han de tomar ya que empiezan a hacerse más frecuentes los ataques en las fronteras.

Domingo

16 de julio, 14

…La lista de países afectados en el territorio sudamericano sigue creciendo irreversiblemente, pese a los informes optimistas de algunos especialistas que trabajaban en el caso hasta hace apenas dos semanas. Ninguna autoridad se pronuncia al respecto. Mientras tanto Centro América se mantiene en alerta roja debido al inminente avance de…

Jueves

30 de noviembre, 14

VII

“Muchos admitirán la verdad, otros preferirán cegarse y darse la espalda en ellos, otros se adaptaran como alimañas y quizá algunos combatirán a la nueva era del ser humano. Pero ante todo la realidad prevalecerá, la verdad, lo tangible, los hechos. Y nadie puede refutarlo. Humanos corrientes, únanse a mi causa, YO soy quien alza la voz para hacer el llamado que nos ayudara a dar el siguiente paso a la evolución. Olviden las vanas creencias y quemen los falsos libros de la religión que nos nubla la vista y enceguece nuestro juicio. YO, me libere y acepte la verdad única. Y ahora estoy ante ustedes diciendo: TENGO LA CURA QUE HARÁ PREVALECER A LA HUMANIDAD. Escuchen. Yo soy la Voz, el Instrumento de Bondye.”  Ángel está satisfecho con los grafittis multicolores que adornan las calles en las principales ciudades de Sudamérica. Ahora lo comprenderían.

La nueva raza se abre paso para prevalecer sobre los humanos débiles y mejorar la especie. “Somos lo herederos de la tierra”-piensa entrecerrando los ojos, con la boca llena de saliva como deseando un delicioso manjar. Estaba satisfecho con él mismo, pues sabía que sería recompensado cuando las masas entendieran sus esfuerzos. Sus Espíritus habían hablado y Ángel había escuchado.

Su madre que fue una gran mambo, le enseñó todo lo que tenía que aprender y fue mucho antes de su nacimiento cuando los Loas le vaticinaron a ella, que de su vientre nacería el Hougan más poderoso que forjaría las bases del camino al acercamiento de la perfección. Cerró los ojos complacido, estaba cansado, había bailado toda la noche comunicándose con los Dioses que estaban satisfechos con sus logros.

-Gracias Bondye. – musitó sin dejar de sonreír. Tenía que prepararse para la ceremonia y a pesar de su cansancio, se levantó del suelo donde descansaba y lavo su cuerpo con agua del Orinoco que frente a él bullía escandaloso.

Para llenar de ánimo su alma, Ángel cantaba entre dientes: Cogollo de toronjil/ cuando me aumenten las penas/ las flores de mi jardín/ han de ser mis enfermeras/…

Tomó el jabón de tierra, que le habían enseñado a hacer los indígenas, y lo esparció por todo su cuerpo, para después sacárselo con la corriente de agua que le devolvía la vitalidad a su torrente sanguíneo. Se sentía purificado. El agua era una bendición llevándose sus inmundicias terrenales junto a los malos espíritus que se adherían a su cuerpo cuando pasaba por lugares sagrados que habían sido profanado por blancos. Tomó un limón que friccionó en su piel, para limpiarse el cuerpo físico.

Más tarde encendió una fogata en la orilla, junto a dos enormes rocas planas y quemó en las llamas un ramo de violetas africanas con un pellizco de canela, para purificar el espacio donde yacería aquella noche. Puso a hervir una mezcla de jengibre, helecho, cardo, salvia, romero, gotas de limón y angélica; mientras esparcía el humo de las hierbas a su alrededor. recitó algunas oraciones mezcladas entre el catolicismo y alguna lengua africana que sonaba como música y era agradable para los pájaros que se acercaron a ver el acontecimiento, acoplándose a los cánticos con su trinar.

Dibujo el veve para el ritual de Papa Legba y al cabo de unos minutos, se elevó varios centímetros del suelo cuando los espíritus acariciaron su piel mientras bailaba en agradecimiento de su toque. Paso un trago largo de ron con pequeños ajís rojos en honor al Baron Samedi y escuchó los tambores de sus sirvientes que por fin salían de sus guaridas, convertidos en el futuro.

Tomó el gallo negro que tenía entre las rocas, cortó su cabeza y bebió su sangre mientras aun revoloteaba. En seguida Mamam Brigitte anunció su presencia con mariposas que se posaron sobre Ángel y acompañaron su danza con el batir de sus alas..

Entonces llegaron los zombis, montados por el nzambi, arrastrándose como serpientes por el suelo, apareciendo de todos lados del espeso follaje de la selva, tocando los tambores, y otros trayendo con ellos ofrendas de arroz, frijoles, café y ron.

El crepúsculo cayó sobre sus cabezas con un suave rubor de regocijo al presenciar la escena, y Ángel prometió con la voz de sus deidades:

-Yo liberaré nuestro pueblo de quienes nos oprimen. Usaré sus cuerpos como armas de batallas, pero daré la libertad a quienes combatan con furor por lo que nos pertenece. Como Mackandal por mis antepasados, ustedes por su descendencia. ¡América será liberada de la peste que le aqueja!. Pero aquel que se atreva a traicionarnos, verá el rostro de Kriminel- Prometió Ángel con la voz de sus deidades.

Continúa la historia…

VI

-¿aló?- aún sigo temblorosa en la biblioteca, han pasado treinta minutos y nadie ha entrado, tal vez debería huir, pero debo enfrentar la situación.

-¿Jael, estas bien? Te oyes extraña.Soy Gabriel, llamaba para saber si querías acompañarme hoy…disculpa si llamo en mal momento.

Cuelgo. Gabriel. No lo pienso y voy corriendo a su casa. Llego en quince minutos, más o menos… tengo manía con calcular el tiempo cuando estoy nerviosa.

Tomo a pequeños sorbos una infusión de manzanilla mientras él me observa expectante. No le he dicho nada, tal vez no debería estar acá, ¿Qué hacer? Son muchos pensamientos a la vez. Mordisqueo distraídamente la piel de la manzana verde que él me ofrece, es muy amable este chico, aun no me dice porque no sale nunca…

Le muestro el diario de mi hermana y leo en voz alta la historia de Lourdes, Gabriel me escucha con los ojos entrecerrados y un halo de tristeza en su expresión me recuerda la mirada anciana de Leandra. Me detengo durante unos segundos y me pide que continúe. Cuando termino el relato, he decidido quedarme con él.

Continúa la historia…

La chiva

Tengo una sensación de vértigo en el estómago.

Desde la ventanilla de la chiva que me conduce por la serpenteante carretera aun sin pavimentar del pequeño pueblo en el que crecí. Las mismas montañas que tiempo atrás abandone con alivio de fugitiva, ahora me dan la impresión de darme la bienvenida con el verde más chillón de la selva chocoana.

Veinte años atrás, prófuga del destino de esposa y mujer de hogar, partí sin mirar atrás, con la maleta cargada de sueños e ideales, con la intención de no volver hasta lograr cada uno de ellos.

Al mirar al horizonte se alza frente a mí una de las montañas emblemáticas de nuestras leyendas, desde lejos y por efectos del sol y sus rocas, se la ve brillar como si fuera de oro.

Es medio día, cuando la neblina cubre todo a nuestro alrededor sin ningún aviso y todos nos ponemos maquinalmente el abrigo. La chiva se detiene en una posada para que podamos almorzar y estirar las piernas después de dos horas y media de viaje. Yo también bajo, pero no entro a la posada, solo enciendo un cigarrillo y tomo un sorbo de agua mineral que llevo en el bolso de mano. Es como si el tiempo se hubiera detenido y las cosas se negaran a cambiar, incluso el acento que no escucho desde hace dos décadas y que alguna vez tuve, regresa a mi como si nunca lo hubiese perdido.

El olor a café negro y empanada frita embarga el aire selvático y suspiro con nostalgia dándole una calada profunda a mi cigarrillo, un par de mujeres con piernas varicosas me miran con curiosidad cuando regresan a la chiva y yo le sonrió cohibida. No estoy segura de conocerlas.

Cuando termino de fumar, piso el filtro y subo pesadamente al quinto asiento compartido de la chiva que lleva tras de sí una carga de chontaduro crudo que despide un olor característico que me hace revolver aún más el estómago.

Durante el trayecto al siguiente pueblo, escucho las conversaciones de los demás pasajeros que de alguna manera parecen conocerse entre todos, se saludan, se quejan de sus dolencias y problemas, cuentan chismes de los que no están presentes y de vez en cuando alguno que otro me lanza miradas a hurtadillas. De vez en cuando un bebé gimotea cansado de estar en la misma posición y la criatura pasa de mano en mano, llegando incluso hasta donde el chofer que le pasa un caramelo para que se entretenga.

Me pregunto que estaría haciendo yo, si hubiese permanecido junto a los míos ¿tendría hijos? ¿Asistiría cada martes a bendecir el agua en la iglesia y cada domingo a agradecer una semana más de vida? Sonrió mientras me reprendo por ser tan ingenua y seguir soñando con hubieras y tal vez.

Mi  destino son mis pies, me digo bostezando y antes de cerrar la boca me doy cuenta que una mujer negra, alta y muy delgada me observa desde el penúltimo asiento con los ojos entrecerrados. Me toma unos segundo reconocer, su cabello blanco perfectamente recogido en una coleta negra y su piel llena de erupciones protuberantes, al sonreír esta vez, deje que se me marcaran los hoyuelos de las mejillas al recordar a la mítica bruja apodada cuero de sapo que nos bañaba en insultos cuando le gritábamos el sobrenombre y pasábamos corriendo por su casa. Ella asiente en reconocimiento y termina de cerrar los ojos para dar paso a una serie de ronquidos.

Éramos pequeños y no teníamos respeto por nuestros mayores, aunque estos fueran cada día a la casa de mi madre a comprar pan, leche y huevo, tomarse el tintico de la visita y quejarse de nuestras travesuras. En el fondo creo que lo disfrutaban, yo era la menor de tres y me sucedían otras tres, en total siete hermanas y éramos las revoltosas del pueblo.

Nacimos y crecimos en la misma casa que mi madre, mi abuela, mi bisabuela y mi tatarabuelo Fidel, quien la construyó a base de guadua y sudor, por las fotos lo veo como un hombre de sonrisa fácil y muy guapo, de mandíbula cuadrada, dientes perfectos y un brillo especial en sus ojos grises, casi verdosos.

Dicen que un día el tata Fidel, sin avisar a nadie de su familia se levantó de su cama aún más temprano de lo habitual, y emprendió su camino cruzando potreros y arrastrando a su mula vieja rumbo a Risaralda, sin decirle a nadie que era lo que buscaba, paso por Cartago, evadió Pereira hasta que llego a La Virginia, donde compró una india esclava cuatro años menor que él. El nombre la esclava era Angélica, la madre de mi bisabuela y a quien el Tata liberó y reclamó en matrimonio.

Como su familia se oponía a la locura del tata, este simplemente le pidió a Francesco Giovanni, el Italiano que fundo nuestro pueblo que le donara tierras comprometiéndose a pagarlas en cuando pudiera y creo su propia hacienda donde se dedicó a la siembra de caña de azúcar.

Años después el señor Giovanni regreso a su país natal y mi tata se las arregló para mandarle cada centavo del préstamo.

-¿eres familia de las Taborda? – la pregunta del millón me digo a mi misma alzando la mirada a la mujer del asiento delante de mí que no ha resistido la curiosidad y de repente me doy cuenta que toda la chiva, incluyendo en conductor y el vallenato de Jorge Celedón han quedado sumergidos en un repentino silencio.

-Soy hija de Doña Matilde- musito sonrojándome, supongo que se preguntaran ¿acaso eran siete? Yo apenas tenía dieciséis cuando me fui y no espero ser reconocida. Al menos era mi esperanza.

-¡oh! ¡Pero si eres idéntica a ella!- interviene otra persona un poco más al fondo, detrás de uno de los racimos de chontaduro- ¿Virginia, era tu nombre?, no, no espera que me acuerdo, si apenas fue ayer cuando andabas por ahí con tus hermanas dándole guerra a tus padres, con la panza llena de bichos y el pelo rubio por el sol y el agua del rio, si hasta parecían peces…

-Marcia- interrumpe el conductor haciéndome un guiño- su nombre es Marcia ¿no?

Asiento aliviada, en realidad mi nombre es Marciana, no Ana Marcia, ni Marci Ana, Marciana, como un E.T, hay madres que llaman a sus hijas Agustina, Julia, Abril, Maya… y yo nací en marzo. Supongo que le faltaba algo de imaginación o tal vez le sobraba, quien sabe, prefiero no indagar.

-pero claro como no nos dimos cuenta antes, ¿te acuerdas de mí?-pregunta la primera mujer-solíamos lavar ropa en el rio cuando nuestras madres no podían los fines de semana.

-claro- claro que no- caramba, tanto tiempo, como ha cambiado todo.

-siento mucho lo de tu padre, al menos tuvo una muerte normal, ya sabes con las cosas como están, nadie llega a los noventa y tres hoy en día.

Suspiro y doy un sorbo a mi botella de agua mineral, realmente no sé qué responder. Tengo opiniones diferentes sobre la muerte y creo que nadie debería vivir tanto. Le sonrió a todos, deseando poder decir ¡uy, disculpa, tengo algo muy importante que hacer y lo había olvidado! Pero supongo que ese tipo de cosas no son factibles en una chiva donde los siete asientos son compartidos con otras ocho personas.

Sin embargo, antes de que tenga algo que responder para evadir la atención, nos detenemos en el primer pueblo, donde algunos se bajan dando gritos efusivos de despedidas y recibiendo sus mercaderías y remesas que los ayudantes del chofer les pasan desde el techo, incluyendo un rollizo cerdo que lanza chillidos agudos.

Diez minutos después empieza la marcha otra vez, con pasajeros nuevos y algún que otro asiento vacío, me pongo los auriculares y masoquistamente pongo la Canción de las simples cosas de Mercedes Sosa y me finjo dormida.

El camino es aún más tortuoso ahora y vamos dando botes los que estamos en los asientos centrales, uno de los ayudantes se da cuenta que estoy despierta y ágilmente pasa de un asiento a otro hasta que alcanza el mío y me pregunta si quiero subir al techo y antes de que me arrepienta, también me aferro a la baranda y con la mochila al hombro me ayudan a subir.

La brisa en el rostro me relaja y dejo que mi cabello que apenas empieza a tocar los hombros, juguetee con el viento. Cierro los ojos y me siento transportada a mi niñez, es como tener diez años una vez más y estar madrugando para asistir a la primaria, como no pagábamos pasaje, el chofer nos dejaba colgarnos de la parte de atrás de la chiva donde habían acomodado una tabla a modo de asiento.

Finalmente cuando abro los ojos, me encuentro en lo más alto y puedo divisar la totalidad del pequeño pueblo de techos rojos y casas de colores, que recibe el nombre de La Italia en honor a la patria del fundador. Mi corazón late desbocado al sentirme tan cerca de todo y me mordisqueo fuertemente el labio superior. Uno de los ayudantes me pregunta si estoy bien y reconozco en el a uno de los niños que cuando me fui apenas aprendía a caminar. Sonrió nuevamente para hacerle saber que estoy bien y el nota mi nerviosismo y me devuelve la sonrisa, que se me antoja un poco burlona.

Al pasar por el cementerio puedo ver lo mucho que ha crecido y me pregunto cuántos conocidos están ahora sepultados ahí.

Cuando tenía once años, mama decidió que yo sabía lo suficiente y que ya era hora de que aprendiera al igual que mis hermanas mayores, a llevar un hogar. Papá no estaba de acuerdo, pero cedió no muy convencido porque sabía que era mejor no hacer problemas por ello, al fin y al cabo, entre mujeres nos entendíamos y aunque por entonces yo lo califique de machista, poco después me di cuenta que si no tienes más opción para sobrevivir, te casas. La necesidad tiene cara de perro, decía mi abuela.

La abuela. Aun la recuerdo con su olor a fogón de leña y chocolate batido, balanceándose en la mecedora mientras nos contaba cuentos, su cara arrugada cambiaba  con cada voz, cada historia más fantástica que la anterior.

 

 

 

Fotografías

¡Hola! Quiero hacerles la invitación de emitir un voto a las siguientes fotografías en los links que dejo a continuación.

http://concurso.jarritos.com.mx/detalle/10473

http://concurso.jarritos.com.mx/detalle/10483

Son de Javier Ibarra, un mexicano con el que forje una amistad de hace ya varios años gracias a una sala de chat de Yahoo. Apoyemos a los artistas independientes =)

 

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V

14 de enero del 2013

He cogido el diario de mi hermana antes de ir a la universidad, ella solo escribía historias, no hay ni una línea que exponga sus pensamientos o su cotidianidad. Aunque claro, es obvio que las historias se expresan por ella, lo malo es que me dan la sensación de que están incompletas, porque casi ninguna o ninguna, tiene un final. ¿Soñaba esto Leandra?

El profesor no llega a la primera hora y no tengo más clases hasta las seis de la tarde, decido ir a la biblioteca a pasar las horas leyendo algo, Tiberio no está enojado, está tan seguro de mí que cuando me ve me recibe con un beso que esquivo y me cuenta lo mucho que me extraño anoche, aunque no entiendo en que le beneficia mi compañía con mi humor.

Al cabo de una hora me dice que va a la cafetería y yo propongo alcanzarlo en un rato. Quizá sea buen momento para leer otro de los cuentos de mi hermana, aunque me doy cuenta de que no son apropiados para leer antes de almorzar. No son extrañas ni plagadas de seres anormales, hablan de situaciones reales, como fotografías de palabras. Eso es lo que no entiendo, ¿Por qué veía a la humanidad con tanta saña?

Un olor fétido me desconcentra, ¡puaj!, debe haber alguna rata envenenada en las estanterías ¿Dónde está la señora J. esta tarde? No la he visto al entrar. Me levanto de la silla y abandono indecisa la mesa más apartada, mi favorita. Entonces me fijo ¿Por qué esta todo desordenado? Llego hasta el escritorio de la Señora J.  Y lo encuentro revuelto, hay algo negro entre las solapas de una serie de libros. ¿Cómo puede ser tan descuidada?

– ¿Señora Justiniano?

Alguien se queja, un escalofrió me hace estremecer, el sonido es gutural, casi inhumano. La llamo de nuevo y todo sucede con rapidez.

La señora J.  O lo que queda de ella se abalanza sobre mí, le faltan pedazos carne en los brazos, hombros, y piernas, el vestido que lleva esta hecho jirones y sus ojos brotados están arrugados y gelatinosos, lo peor es la carne mortecina con moscas y gusanos dándose su festín mientras los agarres de sus manos antes temblorosas me atraen hacia ella, doblada de dolor. La empujo con una patada en el estómago, pero solo se tambalea y no me suelta, quiere morderme puedo oler su aliento asqueroso sobre mí y la golpeo con la enciclopedia del mostrador.

Maldito bicho de mierda. Mierda. Mierda… he matado a la señora J. con un libro. Una enciclopedia. Estoy confusa, ¿qué pasa?, puedo ver sus sesos viscosos desperdigados en el suelo y la pared, ¿en qué mundo vivo? Jael despierta. No, no estoy dormida he matado a la señora J. mis manos tiemblan y dejo caer la enciclopedia.  Tal vez debería limpiar mis huellas digitales de ella. Vuelvo a mi rincón preferido, me limpio la sangre coagulada de mis manos con la chompa.

Esto es irreal. Soy una asesina. Levanto el diario de mi hermana y leo.

Continúa la historia…

IV

Me levanto y veo las fotografías familiares del chico, una joven mujer viste pollera en algunas, pero son polleras de carnaval, no recuerdo como se llaman, pero me gusta ver como las ondean cuando recorren las avenidas haciendo las entradas universitarias en febrero. No entiendo cómo pueden aguantar tantos kilómetros en continuo movimiento de caderas y lo que es más asombroso aún, en tacones.

-Es mi madre, hace veinte años, en Cochabamba cuando estudiaba.

-Qué guapa es, envidio sus trenzas largas.

– ¿Vienes? El televisor está en la otra habitación.

Me pregunto qué harán sus padres en España, me siento en una hamaca en medio de una sala equipada con un amplio televisor y un revoltijo de video juegos en la mesa en la que se apoya.

-Estoy calentando pipocas en el micro hondas. Son con mantequilla espero que no estés haciendo dieta- sonríe

¿Por qué sonríe tanto? Empieza a asustarme

– ¿Qué vamos a ver? – ya sé que yo saque el tema de la comida, pero no es mi tema de conversación favorito.

-Puedes escoger.

Mi teléfono vuelve a sonar. Estúpido aparato.

-Jael, porque no contestas, estamos en Malinche ¿quieres venir?

– No me sentía bien, nos vemos después- contestó rápidamente y cuelgo.

– ¿Tu novio?

-Fuimos al teatro anoche- explico alzándome de hombros “si estuviera en casa estaría quejándome con mi hermana de las impresiones del día” pienso para mí y vuelvo a sentir una punzada en el estómago. Siento que en realidad no me apetece ver ninguna película.

– ¿Qué presentaban?

– Cats

Nos quedamos en silencio un rato.

– ¿Por qué no sales nunca?

Ël abre mucho los ojos y vuelve ríe

-Eres muy melancólica para ser tan preguntona, además no me has dicho tu nombre.

Entonces me doy cuenta que el silencio anterior no fue tan malo, ni siquiera incómodo y veo a este desconocido con cariño, sin nada que lo ameríte, nos miramos sin poder reprimir las risas..

-Me llamo Jael, no te burles y no es nombre de hombre, de hecho, es hebreo y significa arisca como una cabra de monte o eso dice mamá.

Alza las cejas que se juntan en el nacimiento de su nariz, y va rápidamente a la cocina al escuchar el “ti ti ti” del micro hondas anunciando que ya han pasado los dos minutos de las palomitas de maíz. Cuando regresa las trae en un bol y me pregunta si ya elegí la película.

-Escoge tú, yo no tengo muchas ganas de ver nada, pero te acompaño, no tengo nada mejor para hacer… excepto estar en la casa de un desconocido que me acogió cuando estaba desmayada.

Me ofrece el bol y saco una palomita que empiezo a roer mientras él, pone across of the universe. Un punto a su favor, pienso aliviada, Tiberio hubiera puesto alguna de american pie… por enésima vez. ¿No tiene más imaginación? Los últimos días han sido enervantes y él no ha sido de gran ayuda, estoy harta de sus fiestecitas bohemias, puede meterse su Rubén Darío y Balzac por donde desee. ¿Por qué no puede vivir en el ahora? De repente me cansa desempolvar el pasado, justo ahora está sucediendo la historia mientras Tiberio y sus amigos releen libros antiguos.

“Pues a mí me parecen casi casi ridículos intentando ser literatos de café. Solo saben teoría, y admito que la manejan bien, pero eso no les quita lo patético.” Bendita Leandra, ¿Quién le había dado permiso para entender al mundo mejor que yo, su hermana mayor?

Pego un brinco.

– ¿y la nota?

Gabriel me mira sorprendido

-Tenía una nota en mis manos, la estaba leyendo cuando vi una luz…creo que me asuste…

¿Por qué estoy reaccionando recién?

-Se la habrá llevado el viento Jael, las luces fueron las de mi auto, porque cruzaste la calle sin fijarte. Cuando bajé ya estabas en el suelo y no había ningún papel.

Y de nuevo: mierda.

Me vuelvo a sentar, ahora más triste, le explicó que era de mi hermana, que recién murió, que se suicidó y mamá dice que es culpa de la televisión y mis amigas dicen que de algún amor. Pero no es así porque mi hermana solo veía las noticias y lloraba, como cuando pasaron la noticia del tipo que violó a una bebé de siete meses. Porque no entendía como nos podíamos destruir entre nosotros.

Suspiro  después de vomitarlo todo y en silencio terminamos de ver la película que me gusta mucho. Me siento agradecida con los silencios agradables de este desconocido que, al despedirme, me dice siente mucho la pérdida de mi hermana porque que piensa que ella era de esas pocas personas capaces cambiar al mundo.

Continúa la historia…

III

– Mierda. – Digo al abrir los ojos, mierda repito cuando me doy cuenta que no reconozco donde estoy. Es una sala llena de cuadros con fotografías, estoy en un sillón de cuero marrón, en realidad es un juego de muebles de cuero alrededor de una mesita pequeña de cristal, con una botella plástica de alcohol, algodón, y un líquido rojo, casi anaranjado.

-Ya despertaste. Me asuste bastante. Aunque supongo que más te asustaste tú.

Detrás de mí, con un vaso de agua, un chico de mirada dura me habla lacónico, mientras se aproxima a mí y me tiende el vaso. No puedo reprimir la sonrisa burlona mientras pienso que no soy tan estúpida como para cooperar en mi propio secuestro y admiro sin disimulo el brillo de sus ojos en reacción a mi mala disposición.

-Tengo un garaje bastante grande donde podría esconderte para que no supieras donde estas… y algún par de jeringas por si quiero inyectar algo…- dice casualmente dejando el vaso sobre la mesita de cristal- pero no es mi intención, te desmayaste frente a mí y no supe a donde llevarte.

¿Me desmaye? Puede que sí, no he comido nada desde la mañana. De repente me siento boba tirada en el sillón de cuero y me levanto con brusquedad, la cabeza me da vueltas y cierro los ojos momentáneamente. Mis padres deben estar preocupados, salí de casa sin avisar.

Frunzo el ceño antes de volver a abrir los ojos y encontrarme con la mirada curiosa de mi “secuestrador”, pero ahora sonrió tímidamente.

-Un hospital no estaría mal, tienes suerte que sea pacifista, pude haberte matado- utilizo el mismo tono de él y alcanzo el vaso con agua que esta fría y refresca mi garganta. – Gracias…

-Gabriel. -Completa él, sin sonreír.

Me siento incomoda porque me siento débil para levantarme, pero es necesario que me vaya. Además, tengo mucha hambre. Saco mi móvil de uno de mis infalibles bolsillos ocultos en mi chaqueta.

-Gracias por ayudarme, no he comido nada después de un vaso de leche en la mañana, ¿podrías llamar un taxi por favor? Yo estoy sin crédito.

-Claro, puedo invitarte algo, estoy seguro que tengo pizza fría de anoche en el refrigerador- Por fin sonríe levantándose y saliendo de la habitación antes de que yo proteste. Bueno, supongo que no está mal…

– ¿Podrías calentar a pizza? – levanto la voz y también me sonrió pensando en lo extraño de la situación. No creo que mamá y papá digan algo si llego muy tarde, de todas maneras, hace tiempo que dejaron de preocuparse por mis escapadas nocturnas.

Reviso las llamadas perdidas del teléfono, diecisiete, todas de Tiberio. Realmente me entristece todo el rollo con él, cuatro años de noviazgo y he terminado por verlo más como un hermano. ¿Acaso ya no se da cuenta lo poco que me importa? Cuan diferentes éramos en aquella época, si hasta me parece que ha pasado muchísimo tiempo desde entonces. Tanto que ni me esfuerzo en recordarlo.

– ¿Te duele algo?

Sonrió genuinamente pensando en la cara de asco que debo tener al pensar en Tiberio, ay no, como puedo decir asco, tal vez exasperación.

-Estoy bien Gabriel.

Recibo el pedazo de pizza y separo las aceitunas y el vaso de soda lo dejo a un lado.

– ¿Vives solo?

-Un poco- vuelve a sonreír- tengo una un par de gatos.

Odio los malditos gatos.

– ¿Y tus padres?

-A ellos los tengo encerrados en la cochera- otra sonrisa

-Vaya que gracioso- aparto el queso con tomate de la masa y hago una bolita.

-Viven en España, con mi hermana- explica con seriedad, más interesado en mi juego con el queso.

Es normal, casi todos los padres de quienes conozco viven en el extranjero. Con mi familia es al revés, nosotros somos los inmigrantes.

-Yo también tengo una hermana- respondo sin pensar y meto la bolita de queso en mi boca-  tenia -mi voz se quiebra y el no hace preguntas. Me cae bien Gabriel.

– ¿Tienes que ir a casa pronto? Podemos ver una peli…no lo consideres una cita, casi nunca tengo visitas y rara vez salgo de casa, solo conduzco al supermercado y al banco-suena como una disculpa y yo acepto, estoy consciente de lo extraña que es la situación, pero es una excusa de desaparecer de mi vida.

Él se levanta con rapidez y desaparece por otra puerta. Vaya, la casa es grande, yo tampoco saldría si tuviera una casa así de grande. Nosotros vivimos en un apartamento en el piso número ocho de un edificio céntrico. Ay, de pronto me doy cuenta que no tengo idea de donde estoy, pero no le pregunto.

Continúa la historia…