Alejandro

Alejandro enciende el televisor sin volumen, son las siete de la mañana y acaba de llegar de su trabajo y el frío que invadía la noche se le estaba adhiriendo a los huesos frágiles que había heredado de su madre.

Enciende la estufa y renueva el agua de la tetera para prepararse té y se sienta a escuchar la ciudad que apenas despierta de la noche del jueves. “Hará calor” se anuncia a si mismo observando el termostato que cuelga en su cocina, al lado del microondas. Marca veinticuatro grados centígrados. Su casa es fresca, nunca entra el sol por la ventana. Mientras esté a dentro, podrá evadir el calor sofocante de la ciudad que aún bosteza a esa hora del día. No tiene sueño y nunca duerme antes de las diez de la mañana.

Alejandro es barman de un club nocturno, el mas concurrido de la ciudad: un lugar donde los más variopintos personajes encontraban refugio para expresar libremente sus personalidades, o entrar en el personaje que sus máscaras les permitían proyectar. Todos en busca de algo: AMOR. Carnal o real, les traía sin cuidado. No se hacen tanto drama. Todos jóvenes. No como él, que tiene cuarenta y seis años. Cuarenta y seis y aun no encuentra el amor. Lo ha buscado toda su vida, en las miradas ansiosas de amantes ocasionales y la mirada escurridiza con la que terminaron sus tres ex esposas al divorciarse de él, en diferentes etapas de su vida.

Finalmente, después del té de manzanilla que lo ayudaba a relajarse, se recostó en el sofá y pudo dormir.

Cerca de las seis de la tarde, abrió los ojos con desgano.

“Otro día”, pensó mirando las manchas de humedad en el techo. Afuera el día que había comenzado muchas horas antes empezaba a culminar y el sonido de los roncos autobuses y los perros ladrando terminaron por despejarlo. Se levantó con lentitud de abuelo y aún sentado en el sofá-cama, arrastró sus pesados pies buscando las chinelas plásticas, todavía con los ojos cerrados, saboreando la hiel en su lengua y la sensación de estar vacío por dentro lo atacó nuevamente, obligándole a abrir los ojos al tiempo que inconscientemente se sobaba el estómago.

Caminó lentamente, abochornado: estaba viejo, sentía el mundo sobre sus hombros. Incapaz de continuar.

“Tengo cemento en las piernas” pensó sentándose mientras espera el auto bus. “tengo tapizado el corazón” había dicho una noche, después de hacer el amor. Ambos miraron la oscuridad en silencio, cuando despertó, ella ya no estaba. Se había marchado. Para no regresar. Su nombre era Flor. De ojos pequeños, cabello rubio y zapatos de tacón. A veces feliz, a veces triste. Nunca igual, siempre tan cambiante. ¿Pero cuando había sucedido? ¿Ayer, hace un año? ¿Dónde estaba la flor de mirada gris y espinas puntiagudas? ¿Había sucedido o la había imaginado?

No fue hasta que estuvo sentado en el minibús cuando se dio cuenta que aquella pesadez del cuerpo, la producía la multitud a su alrededor, los olores corporales, el tufo a coca masticada del chófer, los comerciantes con sus carros de fritangas, tripas y anticuchos, ofreciéndolos por la ventanilla; el par de niños sucios cantando alabanzas a cambio de monedas; los pasajeros parloteando, riñendo con el conductor por no parar en el lugar adecuado, bebés llorando, el caos musical de la radio y la juventud popular… Se sintió asqueado, bajó dos cuadras antes del “Estornudo de gato”, su trabajo, y las recorrió tratando de no visualizar la procedencia física de su desazón.  ¡Si pudiera huir! Como cuando tenía dieciséis años, simplemente empacó sus pertenencias en una valija de madera que perteneció a su abuelo y se fue. Se fue tan lejos como sus piernas le permitieron y solo regreso treinta años después cuando las heridas de la niñez por fin cicatrizaron. ¿Por qué resultaba tan difícil perdonar?

“Una canción. Una canción que me llene el alma, una canción que se pueda calificar como el himno de alguien; el mío. Una canción que sutilmente invada el corazón, y te sumerja en una especie de realidad alterna, donde eres y no eres tú” concluyó finalmente entrando al boliche de fachada negra y ventanas fosforescentes que anunciaban la apertura del local.

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