Delirio

Fue en un hostal de Perú,
era verano y los turistas iban y venían.
Yo estaba ahí, estancada en aquella ciudad de contrastes y sabores,
temblando de frío, por un invierno personal que traia entre los huesos.
El recorrido de La Paz a Lima, había sido una especie de calvario.
A mi derecha iban dos africanos que alternaban entre su idioma y el inglés. Uno de ellos no pudo evitar notar mi estado y preguntarme ¿Qué pasa mujer?. Pero ni mi voz ni mi rostro tenían ganas de responder.
A mi izquierda, un chileno nervioso comía papas fritas como si no hubiese un mañana.
Y así me quería sentir yo.
Sentir que no hay mañanas, ni despertares, ni recuerdos que olvidar.
Cuando el autobús hizo por fin una parada en un restaurante de carretera, la brisa del mar me saludo juguetona y luche a muerte con mi naturaleza de ave: quise dejar equipaje y seguridad, para huir lejos del destino al que me dirigía; lejos de mi, lejos de ellos, lejos de ella.
Pero mi Libertad racional venció como pocas veces lo logra y retorne al autobús en el momento acordado.
En alguna época de mi vida, quizá cuando era una adolescente “valeverguista” dejar atrás el asfalto mientras escuchaba a Sui Generis o a Bob Dylan, era de esas cosas que me parecían sacadas de películas norteamericanas y por supuesto, me parecía un forma romántica de ver la vida.
Pero ahora mi realidad era otra: No estaba dejando parte de mi atrás, ni estaba llevándome.
Simplemente, el cuerpo vacío que iba allí, entre dos africanos y un argentino, era un cuerpo vacío. Un recipiente usado y arrojado a la deriva del mar y de la resignación.
Estuve dos semanas en el hostal, recuperando la calidez de mi piel, tratando de darle fuerzas a mi cuerpo gastado y cansado. Solo quería dormir.
Podía notar las miradas extrañadas de los empleados del lugar. Supongo que un ave herida jamás había llegado a pedir posada en sus dominios.
Recuerdo que hacia mucho frio, yo había vomitado las sábanas durante la noche anterior y me daba vergüenza decirle al personal del hostal, así que me quede dentro de la habitación todo el dia.
Una asiática se me acercó, supongo que había sido mi compañera de habitación la primera semana, dijo algo en su idioma sonriendo, me dio una rosa roja y se fue.

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