El reo

La claridad de la mañana encegueció sus ojos acostumbrados a la penumbra de la celda que con el tiempo y la cotidianidad había terminado por llamar hogar, parpadeó repetidamente para adaptarse nuevamente y aspiró a conciencia el aire puro que serpenteó por la puerta abierta y golpeó sus pulmones enmohecidos. Cuando pudo volver a abrir los ojos le pareció que todo era diferente, Los arboles más altos, el pasto más verde, el cielo más azul, el sol más brillante, las voces menos claras…observó con tristeza el nuevo mundo que se alzaba ante él, y atravesó el corredor que lo encaminaba a la libertad que en otros tiempos había ansiado tanto.
Caminó con  torpeza, arrastrando los pies derrotados que  pesaban cientos de años pese a su reciente medio siglo, sin atreverse a levantar la vista del suelo polvoriento, lanzando breves miradas que delataban su vana esperanza de ser esperado por algún rostro sonriente a la salida del penal. Con el sentimiento bovino de ser arrastrado a un destino irrevocable, sin fuerzas para oponerse.
Con dificultad trago la arcada que arremetió repentinamente desde la boca de su estómago y terminó de revolverle las vísceras; permaneció parado sin saber qué hacer, esperando que algo o alguien le indicara el siguiente paso que le convenía dar.  Después de cuarenta y tres minutos se atrevió a levantar el rostro, desafiante, y se dio cuenta que estaba solo, con las manos en los bolsillos e indeciso. Tuvo la imagen fugaz de volver sobre sus pasos y recluirse una vez más en su pequeño mundo, donde no había tanta luz para enceguecerlo y miró con cierto patetismo la puerta de hierro, resguardada por dos policías militares a su entrada y se dio cuenta lo desprotegido que estaría sin ellos.
Tras vacilar nuevamente, dejó escapar un suspiro de mala resignación y emprendió el camino sin rumbo de aquel paraje de perros sarnosos y pestilencia de ciudad grande; por la garganta le subió un escozor sediento y apresuró la marcha por el mismo sendero que lo había traído junto a otros, en calidad de detenidos preventivos, con las esperanzas a flor de piel sin la más ligera sospecha de que pasaría treinta y dos cumpleaños sin memoria del tiempo.
Tendría diecisiete años cuando salió de los cafetales, sin más pertenencias que un machete panzón, rumbo a la ciudad con la idea de conquistar el mundo y regresar airoso a los brazos de la mujer que le había roto el corazón. No había cambiado nada desde entonces, seguía teniendo la misma traza de esqueleto y pellejo con que había partido, la voz seca se le había enronquecido por la falta de uso y su mirada de niño maravillado se  había transformado espejo de su cansancio moral. Se demoró un año más en regresar a su tierra que había abandonado antes de cumplir los doce, con los bolsillos vacíos y los demonios de los suburbios que le abrían de corear hasta el día de su muerte

Aunque a veces trataba de recordar el rostro de su padre, no podía más que evocar las facciones pálidas de labios morados y ojos perdidos del cadáver de su padre. Era  muy pequeño cuando lo vio por última  vez vivo, despidiéndose de él con una palmada en el hombro y recomendándole con la mirada firme que se comportara bien, porque de él, único hijo varón de su numerosa familia, dependían todos. Con la gran carga de la responsabilidad, se subió a la chiva preguntándose a donde iría y como sabría donde bajarse y partió sin mirar atrás, a la plantación de café donde perdería la cordura de su entrepierna.
Solo estuvo un año en la ciudad, pero fue suficiente para perder el rumbo de sus aspiraciones que se desvanecieron ante la frialdad del cemento y el envilecimiento de su gente que lo contagiaron sus prisas, fobias, humillaciones y dependencias.
Lo acusaron del asesinato de su padre, porque nadie recordaba que éste tuviera un hijo y  los campesinos no confiaron en la palabra de un forastero que misteriosamente había sido el primero en hallar el cuerpo. Con la promesa de un juicio que se fue postergando a pesar de los esfuerzos que decía hacer su abogado para que la justicia pusiera fin a la infamia, fue recluido en una celda compartida, en una prisión de supuesta seguridad máxima, donde al entrar había tenido que pagar a otros prisioneros por el derecho de piso y protección. Como los años pasaban y no se presentaba ningún adelanto en su caso puesto que el abogado veraneaba en Punta Cana con su familia, él fue conducido  a una celda de castigo para dar espacio a nuevos reclusos.
En la oscuridad de la celda, infestada de garrapatas, humedad y sombras, fue olvidado por el oficial de turno que trasladaron poco después y recién cuando a punto de morir, empezó a alucinar y a gritar, los otros oficiales entre burlas y empellones lo llevaron a la enfermería del penal, lo curaron y alimentaron y cuando se hubo repuesto, lo regresaron a la celda con la promesa de un próximo juicio y una buena alimentación.
Meses después ante la desesperanza, resignado a su fin, se dedicó a la tarea de criar los caracoles que resbalaban por la minúscula ventana que escasamente dejaba pasar un solitario rayo de sol, domesticó ratones que después lo alimentarían con avena, quesos y pan blanco que robaban de la cocina de los oficiales.
Por la poca ventilación de sus cuatro paredes, el olor de sus excrementos terminó por asediarlo pero los guardias no reaccionaron hasta que las inmundicias empezaron a colarse por las rendijas de la puerta y entonces fue llevado nuevamente a la enfermería donde lo desparasitaron y asearon, renovando una vez más la promesa de la pronta libertad para ser nuevamente recluido en el mismo pabellón de castigo, en la misma celda, con sus ratas royéndole los sueños al dormir.

El camino parecía no llevarle a ningún lugar, aun no había caminado ni cuatro kilómetros pero estaba exhausto, sus piernas flaquearon vencidas y se derrumbó en la carretera pedregosa, sobre una roca plana que le bordeaba. No estaba acostumbrado a moverse grandes distancias y podía sentir el esfuerzo descomunal de sus pulmones que lo hacían sudar como si hubiese corrido  una maratón de cinco horas seguidas. Inhaló entrecortadas bocanadas de aire para darse ánimo y se dispuso a continuar, obligándose a ponerse de pie, pero no dio tres pasos cuando flaqueó de nuevo y vomitó la bilis abriendo desmesuradamente la boca. El sabor acre en su lengua pastosa produjo nuevas arcadas que solo botaron una saliva espesa que dejó resbalar por su barbilla y luego limpió con el reverso de su camiseta. Una vez más se planteó la idea de regresar.
Durante sus años de encierro había aprendido a controlar los impulsos de su cuerpo, adquirió un matiz sombrío en su rostro de adolescente y adoptó la expresión huidiza de las ratas en sus ojos que le daban un aire de no hallarse en paz dentro de su cuerpo.

Se reconfortó recordando la neblina de la mañana que cubría los cafetales, las hojas verdes que escondían las pequeñas semillas rojas, la tierra húmeda, y la campanilla que indicaba la hora del almuerzo; aprendió a querer su trabajo de peón mal pagado y añoraba la tristeza de las noches que apagaban la vida de la finca que solo era iluminaba por el resplandor agónico de la luna. Se había terminado de criar con los otros trabajadores que lo llevaron donde su primera puta y le enseñaron a apostar en el billar, como correspondía a los machos que pasaban sin gesto el aguardiente.
En la cintura llevaba un pequeño machete enfundado que utilizaba para rozar los terrenos en desuso, matar culebras desprevenidas y cortar caña para los caballos de feria que el hijo mayor del patrón domaba y que a fuerza de fuete aprendían trucos de exhibición para ser vendidos a corredores y circos ambulantes. En sus ratos libres cortejaba a las hijas del patrón o visitaba prostíbulos donde lo obligaban a bañarse antes de hacer cualquier cosa. Creció sin gracia, larguirucho, con el rostro apagado e ideas adquiridas de conversaciones ajenas, en los billares en que se gastaba el jornal cada fin de semana.

Cuando su panza exaltada dejo de hervir, se quedó tumbado a la orilla del camino con la intención de dejarse morir en aquel paraje sin nombre y cerró los ojos tratando de volver a su mundo de tinieblas. El sol del medio día le perforo la cabeza que latía incesantemente sobre su lecho de tierra árida y rocas despeñadas. Trato de incorporarse e inmediatamente sintió que su cuerpo volvía a desplomarse sobre sus pies.

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